miércoles, 6 de junio de 2012

Alma de nariz




            El día en que nació, sus ojos le negaron la mirada; sus oídos lo enclaustraron en el silencio; su voz,  sin savia que lo hiciera crecer, se marchitó para siempre. Desde entonces, el olor del llanto o el aroma de la risa fueron su único cordón umbilical que lo mantenía unido al mundo. Los años pasaron entre las frías fragancias del invierno y  los resecos amaneceres del verano; entre las rebeldes esencias de primavera y la fetidez otoñal de lo caduco.  Así, su nariz se convirtió en su alma, donde se acumulaban sus sentidos, que daban forma a sus sensaciones, sus sentimientos, sus emociones. Husmeó mil lugares, con sus emanaciones tan particulares que los rondaban: la pestilencia del vicio y  la degradación; el hedor penetrante del egoísmo; pudo diferenciar donde se respiraba solidaridad y bondad de aquellos otros lugares que apestaban a maldad y codicia.
            El día que lo operaron, sin saber por qué ni para qué, despertó horrorizado al comprobar que no podía olfatear la luz ni oler los colores. Todo le pareció insípido y sólo cuando cerraba fuertemente los ojos podía encontrarse con sí mismo y entender su mundo tan diferente al que acababa de descubrir. Desquiciado, el suicidio lo acercó a la muerte y lo alejó definitivamente de una vida aún por disfrutar. Desde entonces, dicen, que su alma penitente ronda por las noches  los cementerios adornados con flores frescas, los asilos llenos de ternura, o cualquier hogar donde una tarta al horno se haya quemado. También cuentan que su espectro tiene forma de una nariz grande y feliz.