viernes, 12 de junio de 2009

Tras la sonrisa (I)

La ciudad dormida despertaba perezosamente, encandilada por los primeros rayos del amanecer, que se reflejaban en el puerto. Los grandes edificios parecían estirarse, alargando sus sombras sobre los demás, como si tropezaran unos con otros. Un trueno ensordecedor inundó todo el espacio. El reactor, cada vez más diminuto, terminó por desaparecer, perforando las altas nubes, que parecían cansadas para proseguir el viaje. Algunos coches, deambulaban perdidos en medio de la resaca. Los de color negro parecían más activos, recogiendo a las diminutas personas que se movían torpemente sobre las aceras, intentando sortear las mesas y sillas de las terrazas que estaban esparcidas por ellas. Las calles sudaban, empapadas por las cubas de la limpieza, en medio de un ambiente cargado de humedad cuando ya el calor empezaba a apretar. Las motos parecían avispas incordiando con su molesto zumbido que revoloteaban alrededor de las glorietas y rotondas. El gran hormiguero se resistía a ponerse en píe ese domingo de verano.

El taconeo nervioso y apresurado invitaba a trasnochadores y madrugadores curiosos de las alturas a seguir su rastro. Las dos jóvenes uniformadas, con pantalones piratas y camisetas blancas, arrastraban grandes maletas, como si fueran sus mascotas. De repente una de ellas, moviendo sus manos, gritó insistentemente hasta que el taxi paró. El fornido taxista metió rápidamente las mascotas en el maletero como si hubiese ensayado la escena cien veces. Tres golpes secos de las puertas precedieron a la carrera vertiginosa ramblas abajo. Como si de una carrera se tratase otros coches negros se iban sumando saliendo de otras calles en dirección al puerto. La procesión iba haciéndose más larga, a medida que se acercaban a la dársena exterior. Las grandes grúas, que se inclinaban respetuosamente a su paso, dejaban ver entre sus huesos los grandes barcos del fondo. A medida que el cortejo se acercaban, los barcos parecían que crecían sobresaliendo por encima de los edificios del alrededor. Al enfilar el largo muelle, la comitiva pasaba revista a los engalanados protagonistas, que parecían mirar de reojo a la minúscula hilera de taxis que iban aterrizando en la parada para dejar los pasajeros con sus mascotas.

El gentío se agolpaba junto al edificio acristalado, mirando hacia lo alto, como tratando de adivinar en las entrañas de qué barco se iban a aventurar a realizar su sueño, que los más pesimistas sospechaban que sería una pesadilla. De todo aquello iba surgiendo una gran manada desorientada que más allá se iba peinando en ordenadas filas a medida que las preguntas encontraban las respuestas correctas enfilándose hacia los mostradores del fondo donde iban desapareciendo las mascotas como por arte de magia. Llegados a ese punto, los cruceristas se relajaban y con risas nerviosas comentaban lo grande que era el barco, hasta que le indicaban que el verdadero quedaba tras el edificio, por donde apenas se asomaba una tímida chimenea. Las quejas se multiplicaban, sintiéndose éstos engañados y defraudados. Pronto el desánimo se olvidaba cuando los viajeros mas expertos explicaban las ventajas de un barco mas pequeño: Desde luego resultaría más familiar y convivirían menos idiomas entre la tripulación y el pasaje.

Tras las primeras preocupaciones, que parecían que iban a ser las últimas, fueron apareciendo miles de móviles y cámaras fotográficas de todos los tipos y tamaños con los que los argonautas retransmitían las últimas jugadas antes de quedar sin cobertura y los fotógrafos se empeñaban en inmortalizar tal trascendental acontecimiento. Poco a poco, y tras un periplo por escaleras, rampas y escalas, el Gran enano iba engulliendo a hombres, mujeres y niños, como si del mismísimo Crono se tratara, devorando a sus hijos.

Los gritos de advertencia y de enfado de los mayores hacia los más pequeños, que insistían en perderse escaleras arriba, eran acompañados, en ocasiones, de un buen coscorrón o nalgada terapéutica. La sensación de peligro siempre estaba latente. Pocos conocían lo que se avecinaba y no terminaban de creerse lo que otros le habían contado meses atrás.

Andamana , la reina mala (II)

Ya no parecía ni fría, ni negra, ni dura, ni inmóvil. Sus gritos quebraron la noche, cuando ya aclaraba el día. Su larga cabellera rizada se agitaba, desordenadamente escondiendo un rostro tapado por las sombras, que iban desapareciendo. Sus manos, donde las venas se confundían con arrugas, coincidieron en la cara al encenderse la luz.
-¿Qué ocurre Señora?
¡Apaga la luz imbécil! –Respondió airadamente, mientras su cuerpo se retorcía, entre el asco y la furia.
Imbécil, era un ser rechoncho y bajito, con los ojos fuera de sus órbitas. El rojiblanco de su piel y sus canas caracterizaban la parte visible de su cuerpo, que sobresalía más allá de su cuello encorbatado. Posiblemente, ya no recordaba su nombre, simplemente era Imbécil. A sus sesenta y tantos años se apresuraba, cojeando, en llegar hasta la puerta. Tras cerrarla se oyó un suspiro. Al fin y al cabo había corrido mejor suerte que la anciana araña.
La mirada volvió a su sitio natural, reclamada por un lejano sonido. El claxon de la guagua, que iba contando las vueltas de la polvorienta carretera, que se precipitaba montaña a bajo. Las montañas ya sacaban sus colores, y la estela de polvo, como si de un meteorito se tratara, delataba a Ramón, el joven chofer y antiguo corredor de la escudería de Telde. Disfrutaba, deslizándose ladera abajo, como si estuviese haciendo surf. Sin embargo, el resto del pueblo soñaba con la tan anhelada nueva carretera. En menos de media hora se llegaría hasta La Candelaria ,y de ahí a Añaza solo quedaba un suspiro.
Aún, quedaría media hora para que la escandalosa guagua dejara de balar y de levantar polvo. Para cuando eso, ya el peine de púas y otros instrumentos habría desistido de arreglar aquella cabellera. Su larga bata había desaparecido; en su lugar: collares, un jersey negro y unas botas negras largas, que aprisionaban los pantalones estrechos, sujetados en la cintura por un gran cinturón. La atenta mirada del pastor parecía admirar aquella figura. Parecía una princesa, de hecho lo era y, además, era Guayresa, Consejera del Gran Tinerfe, Mencey de Canarias. El viejo pastor lamentaba, tras su admiración el trágico accidente, mientras la Guayresa Andamana se cubría su rostro con su antifaz de piel de cerdo.
El olor a café ya inundaba el despacho, cuando se oyó dos pausados golpes secos sobre la puerta ,como si el primero anunciase al segundo y el segundo a Imbécil.
-¡Pasa! –dijo Andama con una voz entre seca y amenazante.
-El secretario está aquí -dijo la cabeza rojiblanca pegada al extremo de la puerta entreabierta.
- Buenos días -dijo el secretario que mediaba los cuarenta años, apareciendo por detrás de Imbécil, mientras se ajustaba la corbata con una mano y agarraba el maletín con la otra.
- Humm -Fue la respuesta.
- ¿Qué me cuentas? –preguntó Andamana, sin hacer caso a los torpes comentarios aduladores del secretario que quería aparentar seguridad.
- Buenoo..-Titubeó -¿Bueno? –repitió interrogando Andamana para preguntar después- ¿Parece que quieres decir malo?
A medida que el secretario perdía la seguridad y ganaba nerviosismo, se afanaba en apretarse la corbata, ahora con las dos manos, como si quisiera ahogarse más de lo que estaba.
( CONTINUARÁ )