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sábado, 23 de enero de 2010

El bulto (III)

Cuando llegué a la cocina, maniatado por pensamientos confusos, la encontré de espalda, junto al fregadero haciendo no sé qué. Su silencio y su indiferencia a mi “Hola…”, que salió vacilante y tímido de mi boca, como queriendo decir: “te buscaba, pero no se que decirte”, me dejó abatido. Decepcionado me senté para no dejar de contemplarla. Su largo pelo ondulado, de color castaño, con reflejos más claros, se extendía sobre su camiseta azul, que a duras penas cubría sus culottes rojos. La camiseta disimulaba un cuerpo llenos de curvas que daban forma a aquella delgadez. Su morenas piernas parecían fuertes y contorneadas como un balaustre. Lo que quiera que estuviese haciendo con sus manos se reflejaba en su atractivo trasero, que parecía equilibrar los movimientos de sus miembros superiores. De repente, su cuerpo pareció temblar, como si hubiese recibido una descarga eléctrica. Pero era un temblor sensual y rítmico que se extendía desde su cabeza hasta los gruesos calcetines rojiazules. Cuando se volvió hacia mí, con su cabeza inclinada, me di cuenta que llevaba puesto unos auriculares, en el justo momento que al levantar la vista y mirarme dio un salto, precedido por un grito que me levantó de la silla. “¡Jolines, qué susto!”. Era un “jolines” catalán, gracioso y melodioso en aquella cara de ensueño. Su piel, suave y brillante, de morenez cálida, de donde sobresalían aquellos ojos, entre grandes pestañas y cejas pobladas, encerraban una boca más atractiva que sensual, en la que destacaba sus blancos dientes, como si fuera un collar de perlas. Sentí una sensación de ahogo que me inundaba totalmente y que me impedía decir el reglamentario “hola, ¿qué tal?”.
-¡Vaya, eres tú … Qué susto me has dado! –me dijo mientras se quitaba los cascos.
Yo intenté sonreír pero solo me salió una mueca de asco. “Per-per... perdona, ya te había saludado antes, pero no me oías –le respondí.
Bueno, no te preocupes Jose -dijo tranquilizándome. ¿Te apetece un café? –me preguntó.
“¡Sabía mi nombre!” Sin duda “ella” era mi “bulto”, “¡Por fin mi bulto tenía rostro!¡y era preciosa!”. ¿Pero cómo sabría su nombre? Desde luego no se lo iba a preguntar. Sin duda, lo de acostarnos juntos y luego preguntarle como se llamaba era un orden que alteraba el producto.

Seguimos hablando un rato. Ella me decía que esa noche fue inolvidable y que difícilmente se repetiría. Lo decía cerrando los ojos mientras su sonrisa se rendía. Yo parecía soñar.“ ¡Dios, que bella era!” Irradiaba un calor tierno y penetrante que lo llenaba todo. A medida que hablaba, sus manos removían el aire, para encontrarse en su larga cabellera, donde recogió su pelo, dejando desnudo su elegante cuello de cisne. No dejaba de hablar con su voz cálida y mediterránea. Ni siquiera el susurro de la cafetera la hizo callar. A medida que se acercaba con las tazas en sus manos el olor a café invadía mi alma entregada. Llegó hasta mí rozando su cuerpo mientras se agachaba. Yo no me percaté de que mis manos rodearon su cintura y cuando sorprendida me miró mis labios buscó los suyos. No recuerdo cuando tardé en darme cuenta que se alejaba de mí, como queriendo escapar. En silencio y dándome la espalda movía la cabeza como si no entendiera lo que estaba pasando. Inesperadamente la puerta que estaba dentro de la cocina se abrió y salió un hombre joven, alto y corpulento. Enlutado por su camisilla y calzoncillos, sus numerosos músculos se empeñaban en salir inútilmente. Me regaló un gesto, adornado con una sonrisa, antes de sorprender, de nuevo, a mi confuso bulto en un abrazo hermético, mientras la zarandeaba suavemente. Ella me miraba fijamente, sobre el hombro de aquel hombre como queriéndome decir algo. Sentí que pronto iba a perder el aire, como si me hundiera en arenas movedizas. El deseo de gritar aumentó cuando, sin esperarlo, se abrió la puerta de la cocina que daba al pasillo anunciando a Peggy.

Todos los que tienen mi edad conocen a Peggy. Aquella inglesita llenita, pelirroja y pecosa, de ojos pequeños; que no se quitaba nunca de encima aquel gran lazo rojo con lunares blancos de la cabeza; que conocimos en los textos de inglés de 6º de EGB. Ésta, además, parecía tener mala milk. Prepotente y malhumorada solo le faltaba como a Peggy el muellito detrás para parecerse a un cerdito gruñón. Lo peor de las ecuaciones es que cuando la solucionas no tienen vuelta atrás: Si X es igual a la novia del musculito; ¡Peggy es igual al “bulto”!. Cuando, desde el otro lado de la larga mesa, la vi “moviéndose” hacia mí, me levanté ligeramente para comprobar si se estaba arrastrando de rodillas. El blanco de su bata empalidecía aún más el rostro de la chica de Albión, acentuando ese carácter espectral Eso no fue lo peor: también hablaba: “¡Hello mis amigos!” Su voz parecía que estaba poseída por una mezcla de Joaquín Sabina y la Duquesa de Alba hablando en spidinglis. En esos momentos uno siempre tira de los sabios consejos. Mi padre repetía una y otra vez que “a lo hecho pecho”. No era cuestión de salir espantado como un cobarde, solo porque se acercara aquel extraño animalito. Cuando llegó a mi altura, antes que ella tomara la iniciativa, cerré los ojos y la besé en los labios, con la esperanza de que se transformara en una ranita, quizás mas graciosa y simpática. Era un acto de de orgullo y venganza hacia la chica X lo que quizás me hizo tomar esa decisión. Lo que no esperaba es que me impactara tanto, no el beso, sino la “hostia” que casi me desencaja la mandíbula. Mientras me retumbaba todo, observé que los ojos se le abrían, como si quisieran explotar en aquella encolerizada cara enrojecida, mientras escupía todo tipo de palabras inglesas, maldiciéndome a mí y a toda mi ascendencia hasta el 5º grado. Más allá, los dos espectadores, aún abrazados se agarraban con fuerza para no caer desternillados al suelo. Cuando la chica X recuperó la respiración exclamó –“¡Vaya con el Casanova!” -y siguió riendo sin parar. (CONTINUARÁ)