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domingo, 7 de marzo de 2010

Tras la sonrisa (IV)



Las filas de los pasajeros que estaban facturando, iban desapareciendo poco a poco, y los últimos taxis llegaban de forma apresurada, dejando a sus clientes, que, histéricos, gritaban entre sí, y corrían, sin poder cargar las pesadas maletas. Juan era de esos hombres que pasan desapercibidos, de los que están para hacer bulto o acompañar a “alguien”. En realidad era una especie de “nadie”, que por casualidad tenía nombre, aunque, éste era como el tercer apellido de su esposa. Parecía estar luchando con la pesada y vieja maleta, que intentaba escapar, quizás acomplejada por no tener ruedas como las demás. Mientras tanto, Victoria Eugenia de todos los Santos, lo golpeaba, con su abanico, sin dejar de gritarle lo incompetente que era y los malos augurios que le esperaban. Juan y los burros de su pueblo se diferenciaban en la camisa de manga larga con cuadros verdes y los pantalones grises que llevaba, sin embargo, el trato recibido no era muy distinto.

Victoria Eugenia era una respetable dama de un pequeño pueblo de Ávila. Su distinguida familia era una de las más antiguas del lugar. Su casa, situada en el centro del pueblo, estaba llena de fotografías antiguas. Su abuelo fue un héroe de la División Azul, que aún era recordado por aquella estampita de Hitler, enmarcada en un portarretrato de plata, que trajo de la II Guerra Mundial. Su otro abuelo murió como un mártir en la Guerra Civil, por culpa de un avión soviético que asustó a la vaca que ordeñaba, quedando literalmente aplastado. La foto de su padre quedaba sobre la alacena. Era un famoso poeta que recitaba sus romanceros a sus clientes, cuando venían a recoger o dejar los zapatos. Junto a él una larga fila de fotos de bodas, bautizos y comuniones, entre la que destacaba la de su querida y admirada tía María Luisa Fernanda de Jesús, maestra de escuela, desde que dejó la Sección Femenina.

Victoria Eugenia se fue quedando sin amigas con el transcurrir de los años. La mayoría de ellas, tras casarse, se iban a vivir a la capital o a Madrid. Ella no encontró al hombre adecuado para ser su príncipe consorte y, cuando se dio cuenta, nadie estaba a su lado. Temerosa de quedarse solterona, no lo dudó y se casó con ese “Nadie” que estaba a su lado, es decir con Juan.

El mes antes, estuvo visitando a casi todo el vecindario para despedirse y explicar con todo lujo de detalles el viaje que iban a realizar. Marta y su hijo más pequeño se quedaría en Barcelona, en casa de su amiga Cristina, cuyos hijos siempre veraneaban en el pueblo, alojándose en su casa. A Victoria Eugenia no le gustaba su comportamiento tan moderno, pero se llevaban realmente bien con sus hijos, que disfrutaban de la compañía de jóvenes tan escasos en el pueblo.

Cuando el sudoroso Juan, arrastraba la maleta, sufriendo los azotes de Victoria Eugenia, como si estuviese subiendo al Monte Calvario y no a un crucero de placer, alguien tocó el hombro de la distinguida dama.
-¿Victoria! –Preguntó ante la desconcertada dama -¡Pero que sorpresa!
(CONTINUARÁ)

sábado, 20 de febrero de 2010

Mi abuelo Antonio (IV) (último)


Los que nacimos en el tardofranquismo, y descubrimos la adolescencia en la Transición democrática, fuimos sorprendidos por un estallido de sensaciones y emociones agridulces después de años vagando en tardes tibias. Las nuevas ideas nos inundaron, sin poder abarcar tantos cambios. Las imágenes se superponían, acribillándonos a bocajarro. Como un terremoto los “buenos” se precipitaron desde los altares y ya nada sería como antes. Nos rebelamos, cada hogar se convirtió en una guerra civil, y surgieron cementerios de ideas caducas para reinventar todos nuestros recuerdos.

Mi abuelo rebozaba de felicidad cuando leyó aquella carta. Casi un año más tarde reapareció mi tío Ramón, llegó en los últimos convoyes que lograron escapar de un frente que se desplomaba, la guerra se perdía, pero eso ya daba igual. Cuando llegó definitívamente, fue recibido como un héroe, también, se convirtió en un salvador. El dinero que trajo se empleó en medicinas que alargaron la vida de Isabel. Mi tío Ramón trajo muchos regalos, que fueron repartidos entre sus hermanos, sobre todo los más pequeños. Isabel murió tres años más tarde. Mi tío Ramón pasó de ser un héroe a un gran jugador de fútbol, hasta que un grave accidente lo dejó paralítico para siempre.

No recuerdo que edad tenía yo, cuando regresé del colegio en medio de pensamientos confusos, una ácida incertidumbre recorría mi cuerpo, me sentía defraudado, aquella imagen se reveló como una aparición que te escupe en el alma. Entonces lo entendí todo. Era un regalo, uno de esos regalos que trajo mi tío Ramón, y que fue a parar a la caja de galletas. Volví a coger la foto de mi abuelo Antonio, está vez desafiándolo con la mirada, en el reverso había algo escrito, no lo entendía, salvo aquellas palabras que había explicado el profesor: “Adolf Hitler

Sin saberlo, durante toda mi infancia estuve confundiendo aquel retrato de Adolf Hitler creyendo que era mi abuelo Antonio, ahora me avergüenzo de él, no sé como perdonarlo, pero sé que tengo que convivir con ello.

jueves, 18 de febrero de 2010

Mi abuelo Antonio (III)

Los años siguieron pasando, el tiempo, igual que la luz cambiaba las formas. Cuando dejé de ser niño, llegó el momento de que me explicaran algunas cosas, o las mismas, pero de otra manera. Mis padres, junto a los familiares que nos visitaban, se volvían hacia nosotros, sus hijos o sobrinos, para convertirnos en cómplices de sus secretos, que contaban entre risas y “fiestas”. Fueron en esos años cuando aprendimos a admirar y querer más a aquellos familiares y conocidos, que se mantenían casi como ausentes, marginados e imposibilitados por una vida que se volvía decadencia para ellos. Descubrimos, en ellos, a verdaderos héroes y heroínas, aventureros, artistas anónimos e ingeniosos personajes. Sin embargo, otros parecían renacer o revivir esos gloriosos momentos, y por un instante perdían la sordera, para no perderse un detalle de las conversaciones, que, siempre, empezaban contándose casi en silencio, para terminar en una explosión de carcajadas. Era cuando los personajes, aún vivos, terminaban desternillándose y casi revolcándose en los sillones, y sus artrosis, artritis, lumbalgias, cojeras y demás males salían despedidos por los aires. En esas reuniones familiares nos sentíamos más unidos que nunca, como si fuésemos en un mismo barco, aquellos lejanos ancestros los sentíamos como si nosotros fuéramos ellos. Los más jóvenes, en ocasiones interrumpíamos el relato, para buscar respuestas y, entonces, la historia tomaba otros derroteros, como si se tratara de un velero a merced de los vientos. Yo solía preguntar por él, más que por curiosidad, lo hacía para confirmar mis sospechas. Me fui enterando, poco a poco, de sus peripecias: como el joven majorero se fue labrando un porvenir, sin la ayuda de nadie, trabajando en los más variopintos oficios, hasta que se encontró trabajando en la construcción de carreteras, que iban hacia el interior, descubriendo las entrañas de la isla, y en esas entrañas también descubrió el amor, que fue creciendo en forma de una ristra de hijos. Una ristra que fue aumentando desde las islas hasta Venezuela y Cuba, para regresar posteriormente sin dejar de crecer. De todos ellos, Isabel, parecía una perla entre tantos frutos, una perla delicada, admirada por todos, con un brillo que se apagaba, con frecuencia, cuando la enfermedad se volvía cruel. Mi tío Ramón, en cambio, era una tormenta tropical en medio de la manigua. Nacido en Cuba, se crió en medio del campo, compartiendo correrías y travesuras con sus amigos mulatos, mayores que él, al que llamaban “guancito”. Mis abuelos no recordaban en que momento saltó de la cuna al campo, para seguir creciendo entre la maleza, como una fiera más. La historia de la familia se extendió por épocas luminosas, alegres, felices y divertidas, pero, también, llegaron tiempos tristes, de guerra y represión, de muertes, suicidios y desapariciones, que la memoria quiere olvidar y correr un tupido velo. Mi tío Ramón apenas tenía veinte años cuando se fue a la Guerra, fue voluntario, se alistó en la División Azul, destinada a ayudar a la Alemania hitleriana en el frente ruso. Mis abuelos parecían morir de tristeza cuando dejaron de tener noticias de él. Lo último que supieron es que estaba en el asedio de Leningrado. Mi abuelo quiso impedir su marcha, pero sabía que en aquella época de miseria el dinero que ganaría sería vital para curar la enfermedad de Isabel.

miércoles, 17 de febrero de 2010

Mi abuelo Antonio (II)

Me gustaba ese pasado empaquetado en la caja de galletas, la memoria colectiva de varias generaciones; el olor del papel amarillento, aquellos peinados y sus ropas, como posaban, sus expresiones graves, solemnes, a veces tristes, otras alegres. No era difícil distinguir la antigüedad de aquellos trozos de papeles, desde las más recientes a las más antiguas, como si me sumergiera en un pozo, recorriendo aquel pasado, cada vez más oscuro y misterioso: Aquellos chicos peludos y esmirriados, arracimados en la arena de la playa en torno al padre bigotudo y la madre “apañuelada”, la estampa típica de los años sesentas, donde bullía abundancia, después de tantas estrecheces, y una nueva luz vigilada se plasmaba en todas esas fotos; el banquete nupcial con sus protagonistas, algunos uniformados, con cierto aire de satisfacción, de cuyos ojos brillaban un cierto orgullo en medio de tanta sombra, la mesa sobria, con lo indispensable para rozar el nombre de banquete, posando como si fuera para un pintor, con esas posturas ensayadas, expresiones hieráticas, que, sin embargo, dejaban un rastro de preocupación, de tristeza, de resignación, que nos remitía a los años de la posguerra y la miseria. Los militares abundaban en las fotos de ésa época: abrazados, desfilando, en las escenas cotidianas del cuartel, en medio de camiones, barcos o aviones que parecían de juguetes. Sus rostros no parecían de verdaderos militares. A veces, daba la impresión de ser niños que jugaban a la guerra, con gestos muy expresivos, embrutecidos, que no se correspondían con ese mundo, y, sin embargo, parecían más cómodos cuando surgían en escenas costumbristas, en medio de las labores del campo, cargando huacales de plátanos o ceretos de tomates. En las fotografías más antiguas siempre destacaban por sus expresiones terribles, como si el fotógrafo previamente los hubiese horrorizados; por sus ropajes, frecuéntemente claros y ligeros como los de miles de emigrantes indianos; también, porque parecían que aún formaba parte de la naturaleza: los chiquillos descalzos, sus rostros quemados por un sol casi feudal, las casas de paredes descarnadas que se confundían con el paisaje…

Pero aquella foto de mi abuelo no se parecía a ninguna de ellas. Sus ojos, aquellos ojos me resultaban tan familiares, tenían un aspecto extrañamente aristocrático, casi soberbio, y a pesar de ese orgullo se presentía también cierta frustración, como una leve tristeza en el fondo de sus ojos. Me llamaba la atención aquellas botas altas, inusual en el resto de las fotografías, su elegante traje gris y aquella capa que sostenía sobre su brazo que le confería un aire realmente imponente, lejos de la imagen de un próspero campesino . Estaba seguro que era mi abuelo Antonio, y yo me sentía orgulloso de él. Siempre lo buscaba entre el resto de las fotografías, sin que me costase mucho esfuerzo, dado que su mayor tamaño posibilitaba que surgiera rápidamente al remover aquel mar de imágenes, como si apartara al resto para llegar hasta mí.

martes, 16 de febrero de 2010

Mi abuelo Antonio (I)



Tras las telarañas, el recuerdo se hace borroso, y las imágenes se deshacen en un ambiente turbio, casi incoloro, nos agobiamos intentando recomponerlas, pero se van desprendiendo, poco a poco, pegajosas, mientras el movimiento parece derretirse, sin que podamos hacer nada para evitarlo.

Sin embargo, a veces, como si de un claro del espeso bosque se tratase, vuelvo a encontrarme en el suelo de aquel salón, sacando de la caja de galleta aquellas fotografías tan antiguas, que dejan rastros de múltiples vivencias: fotos solemnes, bodas, bautizos; fotos de familia, padres, primos lejanos y tantos otros que esconden mil historias felices y desdichadas; fotos rotas por la mitad que recuerdan despedidas para siempre, fechas, firmas y letras derramadas que nos cuentan y confiesan cuando les preguntamos, como si fuera un interrogatorio. Un matasellos marca la cara de aquel hombre y leo “La Habana”; dos militares abrazados y leo “Regimiento del 52”; una familia enlutada con muchos hijos… La mayoría de esas personas que aparecían en las fotografías eran desconocidas para mí. Con el tiempo nos fuimos conociendo. Fui averiguando, inventado historias para cada una, incluso le daba nuevos nombres a esos personajes que se volvieron familiares, también entre ellos, haciéndolos partícipes de una misma historia.

Me habían contado que llegó hasta aquí con apenas 16 años, para vender una vaca, y ya nunca volvió a regresar a su isla; que había emigrado varias veces a Cuba, donde ganó algún dinero con mucho sacrificio, para luego perderlo sin ningún esfuerzo, durante la “moratoria” de los años treinta. Mi abuelo Antonio murió sin apenas rozar la vejez, cuando yo, aún, no había nacido. Creí verlo las primeras veces que abrí aquella caja. No se por qué me llamó la atención aquella fotografía, tenía algo que la diferenciaba de las demás.

A pesar del paso del tiempo, no me cansaba de visitar a esos personajes como si fuese una necesidad, una responsabilidad, quizás una deuda. Solía imaginar que eran como almas penitentes, que estaban purgando sus pecados, deseosos de ser escuchados, y entonces, yo, reía sin parar, sin darme cuenta que me observaban.
–“Este niño está tonto…” -Decían. Otras veces, me daba por pensar que hablaban a mis espaldas, en medio de su oscuridad.

sábado, 30 de enero de 2010

El bulto (V)

Ya se que soy pésimo con las matemáticas, nunca entendí las ecuaciones de segundo grado, ni la importancia que pudiese tener. Siempre creí que eran inútiles, y una majadería de los profesores, hasta ahora. La moneda seguía en el aire dando vueltas sin parar. Mis pasos temblorosos se preguntaban quién o qué podía ser aquello, mientras recordaba la imagen de Montse escapando de mis brazos. Al menos los cerditos, ranitas y fantasmas no entraban en la ruleta, o eso esperaba. Y mis pasos seguían llevándome con ellos, sin yo querer. El bulto parecía crecer y mi temor con él. No me atreví a tocar aquella cosa, irreconocible, empaquetada en mantas, como si fuese un regalo impredecible. Bordeé la cama, hasta el otro lado, sobre el que se recostaba, y adiviné un rostro que a duras penas sobresalía. Me acerqué, con cuidado, con miedo, temiendo algo, que a lo mejor ya sabía y lo miré: ¡¡era él!! Quiero decir: ¡era yo! ¡¿Cómo él podía ser yo?! Bueno, dejémonos de ecuaciones” –pensé.
Era joven para estar muerto. Nadie me había avisado. ¿Cuántas veces en la vida experimentamos algo por primera vez?; sin embargo, ésta era la primera vez que era la última. Lo miraba y me miraba, mirándolo a él. Inmóvil con los ojos abiertos, con una fúnebre palidez de sudor seco. “Pobre infeliz” –pensé. Sin darme cuenta, el ateo comenzó a rezar una oración y los ojos se le llenaron de lágrimas que nunca llegaban a caer sobre el suelo. “¡¡Me jode ser un fantasma, un espíritu, ni siquiera se oye una música de fondo como en Ghost!!” –Dije gritando y llorando de rabia. Un extraño ruido me sobresaltó, era como un quejido y el bulto giró para volver a quedar inmóvil boca arriba. Sus ojos, mis ojos, miraba aquel extraño cielo y de repente, algo me llamó la atención y mi mirada se dirigió a aquella luz estridente que había sobre la mesilla de noche: las 8:55, marcaba el reloj digital. Oí una voz: “Levántate Jose”. No sé como llegué río abajo hasta la cocina y me senté al lado de la gran mesa. Ella estaba allí de espaldas junto al fregadero haciendo no se qué.
-Vaya, parece que tuviste una buena noche –me dijo, burlona- Oye trae el pan y el periódico que está en la entrada, para que desayunes algo antes de ir al trabajo –me dijo
Tras el agotador periplo volví a la mesa y comí algo a duras penas: un tazón de leche con un sándwich de jamón y queso fue suficiente, mientras hojeaba el periódico deshojado. Busqué la primera página y la coloqué en su sitio, dándole unos estirones al aire, como si fuera la ropa recién recogida de la liña. ¡Y los …!, Eran mis amigos: Montse, su hermano y Catherine! ¡¡joderr!! Me levanté lleno de rabia y salí corriendo al trabajo.
Jose, termina de desayunar que aún es temprano! –Me gritó mi madre, antes de acercarse al periódico y leer, sobre la imagen de los dos jugadores entre el arbitro: El Barça, campeón de Europa tras derrotar al Manchester por 2-0.
-¡Que raro es este chico! –dijo mi madre, antes de volver a sus quehaceres sin entender nada.

viernes, 29 de enero de 2010

El bulto (IV)

Peggy estaba tan fuera de sí que la tomaba con todos los allí presentes.
Montse, no te rías que mí no tener gracia! –Le gritó, con su peculiar acento británico, a la chica X , haciéndole perder la incógnita.
-Perdona Catherine, es que no me esperaba tu reacción ante tal acto romántico – dijo Montse para volver a reír.
-Aaah, no…? ¿Tú que haber hecho si ser yo? –Le preguntó Catherine, sin esperar que la catalana se ruborizara.
-Puess…, no sé, a lo mejor estoy a tiempo de hacer lo mismo –Dijo con una mirada afilada y amenazante, pero con sonrisa divertida. A mí se me ponía una sonrisa de tímido corderito indefenso, a medida que Catherine se iba acercando hasta donde estaba yo.
- Uff, Jose que mal te veo, –Dijo Musculitos– no te imaginas de lo que es capaz de hacer mi hermana –añadió el enlutado hermano.
Aaaah es tu hermano! –Dije, casi gritando de alegría, y todos volvieron a explotar de risa. Mi reacción les resultaba absurda e inesperada. Montse celebró mi ocurrencia frotándome la cabeza con su puño como si estuviese lavando un trapo.
-Creo que voy a echarme un ratito, estas risas me han agotado –Dijo, mientras me guiñaba un ojo, y se fue por la puerta que daba al pasillo. Mi corazón palpitaba con fuerza, era como si hubiese recuperado aquel bulto de forma inesperada.
-Chico, no se que cojones te pasa. Lo de anoche parece que te ha afectado. Ni que fuera la primera vez… -Dijo Musculitos- Deberías darte una ducha fría –Concluyó.
-Si…, bueno, la verdad es que aún estoy fuera de juego –Acerté a contestarle.
-Bueno, tortolitos me voy a darme un baño, que si no se me hará tarde -Dijo el hermano de Montse, antes de salir de la cocina con una tostada en la mano.
No había entendido aquello de tortolitos “¿Sería una broma?” pensé. Sin embargo, al mirar a Catherine me vino un presentimiento. Su boca se había derretido en una extraña sonrisa y sus ojos se habían achinado aún más.
-Tú perdonarme, Jose, pero ya sabes que no gustarme que me besen en público –Dijo Catherine.
Quedé paralizado, indefenso, ante el beso británico, antes de que se marchara río arriba. Mi cabeza daba mil vueltas, intentando recomponer y entender los muchos datos que había que procesar, sin un ventilador interno que me refrescara.
Algunos minutos más, me ocuparon en comer algo, sin que mi mente ocupada me permitiera recordar qué. Necesitaba desconectar, desaparecer, invernar de todo aquel absurdo. Ya no entendía nada, ni siquiera como volví otra vez a la habitación. Cerré la puerta y suspiré pro fúndamente, en medio de la oscuridad, permaneciendo de pie y apoyado en la puerta durante algunos minutos. Al poco tiempo fue apareciendo imágenes a mi alrededor: el ropero, el Ché, la cama ,¡¡el bulto!! “¡joderrr!” –Grité en silencio. Cuántas veces los humanos quieren vivir en la ignorancia para que la verdad no les dañe, y cuántas veces la fortuna, en un cara o cruz, nos toca, para que nuestras vidas cambien para siempre. Respiré eternos silencios, hasta que oí una voz, más allá de la puerta “¡Montse, tu tener mi secador?” ¡Qué voz más angelical me pareció!, anunciadora de la buena suerte. Una nueva ecuación me daba un resultado esperanzador, pero el bulto no se movía. “¡¡Montseee!!” -volvía a gritar Catherine, y hasta yo quería despertar a gritos a ese bulto catalán, que se resistía a perder su “X”. “!Qué quieres pesadaa¡”, pero el bulto no se movía. Una losa como una lápida se me vino encima cuando Montse volvió a gritar “!Estoy en el bañooo¡”. (CONTINUARÁ)

sábado, 23 de enero de 2010

El bulto (III)

Cuando llegué a la cocina, maniatado por pensamientos confusos, la encontré de espalda, junto al fregadero haciendo no sé qué. Su silencio y su indiferencia a mi “Hola…”, que salió vacilante y tímido de mi boca, como queriendo decir: “te buscaba, pero no se que decirte”, me dejó abatido. Decepcionado me senté para no dejar de contemplarla. Su largo pelo ondulado, de color castaño, con reflejos más claros, se extendía sobre su camiseta azul, que a duras penas cubría sus culottes rojos. La camiseta disimulaba un cuerpo llenos de curvas que daban forma a aquella delgadez. Su morenas piernas parecían fuertes y contorneadas como un balaustre. Lo que quiera que estuviese haciendo con sus manos se reflejaba en su atractivo trasero, que parecía equilibrar los movimientos de sus miembros superiores. De repente, su cuerpo pareció temblar, como si hubiese recibido una descarga eléctrica. Pero era un temblor sensual y rítmico que se extendía desde su cabeza hasta los gruesos calcetines rojiazules. Cuando se volvió hacia mí, con su cabeza inclinada, me di cuenta que llevaba puesto unos auriculares, en el justo momento que al levantar la vista y mirarme dio un salto, precedido por un grito que me levantó de la silla. “¡Jolines, qué susto!”. Era un “jolines” catalán, gracioso y melodioso en aquella cara de ensueño. Su piel, suave y brillante, de morenez cálida, de donde sobresalían aquellos ojos, entre grandes pestañas y cejas pobladas, encerraban una boca más atractiva que sensual, en la que destacaba sus blancos dientes, como si fuera un collar de perlas. Sentí una sensación de ahogo que me inundaba totalmente y que me impedía decir el reglamentario “hola, ¿qué tal?”.
-¡Vaya, eres tú … Qué susto me has dado! –me dijo mientras se quitaba los cascos.
Yo intenté sonreír pero solo me salió una mueca de asco. “Per-per... perdona, ya te había saludado antes, pero no me oías –le respondí.
Bueno, no te preocupes Jose -dijo tranquilizándome. ¿Te apetece un café? –me preguntó.
“¡Sabía mi nombre!” Sin duda “ella” era mi “bulto”, “¡Por fin mi bulto tenía rostro!¡y era preciosa!”. ¿Pero cómo sabría su nombre? Desde luego no se lo iba a preguntar. Sin duda, lo de acostarnos juntos y luego preguntarle como se llamaba era un orden que alteraba el producto.

Seguimos hablando un rato. Ella me decía que esa noche fue inolvidable y que difícilmente se repetiría. Lo decía cerrando los ojos mientras su sonrisa se rendía. Yo parecía soñar.“ ¡Dios, que bella era!” Irradiaba un calor tierno y penetrante que lo llenaba todo. A medida que hablaba, sus manos removían el aire, para encontrarse en su larga cabellera, donde recogió su pelo, dejando desnudo su elegante cuello de cisne. No dejaba de hablar con su voz cálida y mediterránea. Ni siquiera el susurro de la cafetera la hizo callar. A medida que se acercaba con las tazas en sus manos el olor a café invadía mi alma entregada. Llegó hasta mí rozando su cuerpo mientras se agachaba. Yo no me percaté de que mis manos rodearon su cintura y cuando sorprendida me miró mis labios buscó los suyos. No recuerdo cuando tardé en darme cuenta que se alejaba de mí, como queriendo escapar. En silencio y dándome la espalda movía la cabeza como si no entendiera lo que estaba pasando. Inesperadamente la puerta que estaba dentro de la cocina se abrió y salió un hombre joven, alto y corpulento. Enlutado por su camisilla y calzoncillos, sus numerosos músculos se empeñaban en salir inútilmente. Me regaló un gesto, adornado con una sonrisa, antes de sorprender, de nuevo, a mi confuso bulto en un abrazo hermético, mientras la zarandeaba suavemente. Ella me miraba fijamente, sobre el hombro de aquel hombre como queriéndome decir algo. Sentí que pronto iba a perder el aire, como si me hundiera en arenas movedizas. El deseo de gritar aumentó cuando, sin esperarlo, se abrió la puerta de la cocina que daba al pasillo anunciando a Peggy.

Todos los que tienen mi edad conocen a Peggy. Aquella inglesita llenita, pelirroja y pecosa, de ojos pequeños; que no se quitaba nunca de encima aquel gran lazo rojo con lunares blancos de la cabeza; que conocimos en los textos de inglés de 6º de EGB. Ésta, además, parecía tener mala milk. Prepotente y malhumorada solo le faltaba como a Peggy el muellito detrás para parecerse a un cerdito gruñón. Lo peor de las ecuaciones es que cuando la solucionas no tienen vuelta atrás: Si X es igual a la novia del musculito; ¡Peggy es igual al “bulto”!. Cuando, desde el otro lado de la larga mesa, la vi “moviéndose” hacia mí, me levanté ligeramente para comprobar si se estaba arrastrando de rodillas. El blanco de su bata empalidecía aún más el rostro de la chica de Albión, acentuando ese carácter espectral Eso no fue lo peor: también hablaba: “¡Hello mis amigos!” Su voz parecía que estaba poseída por una mezcla de Joaquín Sabina y la Duquesa de Alba hablando en spidinglis. En esos momentos uno siempre tira de los sabios consejos. Mi padre repetía una y otra vez que “a lo hecho pecho”. No era cuestión de salir espantado como un cobarde, solo porque se acercara aquel extraño animalito. Cuando llegó a mi altura, antes que ella tomara la iniciativa, cerré los ojos y la besé en los labios, con la esperanza de que se transformara en una ranita, quizás mas graciosa y simpática. Era un acto de de orgullo y venganza hacia la chica X lo que quizás me hizo tomar esa decisión. Lo que no esperaba es que me impactara tanto, no el beso, sino la “hostia” que casi me desencaja la mandíbula. Mientras me retumbaba todo, observé que los ojos se le abrían, como si quisieran explotar en aquella encolerizada cara enrojecida, mientras escupía todo tipo de palabras inglesas, maldiciéndome a mí y a toda mi ascendencia hasta el 5º grado. Más allá, los dos espectadores, aún abrazados se agarraban con fuerza para no caer desternillados al suelo. Cuando la chica X recuperó la respiración exclamó –“¡Vaya con el Casanova!” -y siguió riendo sin parar. (CONTINUARÁ)

jueves, 21 de enero de 2010

El bulto (II)

Mientras avanzaba, sin saber por qué ni a dónde, como si fuera arrastrado aguas abajo, mis ojos se abrían de vez en cuando, deslumbrados por las grietas de luz que surgían de algunas ventanas. Nuevas arcadas me recordaron que teníamos que llegar a puerto lo antes posible, sin embargo, las numerosas puertas que había a lo largo del pasillo, y que parecían desdoblarse por momentos, no advertían al navegante de ser un destino seguro. ¿Qué oscuros secretos se ocultarían tras ellas? ¿Qué extraños seres serían sus moradores? En forma de fantasmal barco pirata, avanzaba inseguro, tropezando, de vez en cuando, con los témpanos de hielo, en forma de mesillas adosadas a la pared o de algún que otro objeto no identificado. Al final del pasillo, la puerta entreabierta invitaba a entrar. Al asomarme vi una amplia cocina, levemente iluminada por la luz de una ventana, y dentro de ella una discreta puerta que anunciaba ser el baño. Esperanzado me abalancé sobre ella y la abrí con cuidado. De la oscuridad surgió un tenue quejido, que precedió al rechinar de muelles de una cama, como protestando por la profanación de aquel lugar sagrado. Sorprendido, cerré rápidamente aquella puerta con disimulo. Dando unos pasos hacia atrás, atraqué en el poyo la de cocina, donde eché amarras para proveerme de un gran vaso de agua, que lejos de refrescarme acentuó la sensación de fatiga. Precipitadamente surqué aguas arriba, hasta la primera puerta de la izquierda, en la que pude comprobar, tras abrirla y entrar, que estaba a salvo. Una sonrisa de idiota se reflejó en el gran espejo sobre el lavamanos y tras mirar mis ojos resumí la situación con una sola palabra:”¡joderrr!”. La situación se antojaba grave. Como si fuera un médico forense que me hacía una autopsia, me palpaba las mejillas sin color, los párpados hinchados, estiraba aquellos ojos cuajados, para averiguar que extraño color era aquel, me tocaba la cabeza, como comprobando si faltaba un trozo, y mi lengua salió de aquella boca pegajosa como si no fuera mía. Por un momento creí que saldría al exterior, como si fuera un alienígena, envuelta en una especie de placenta indescriptible. Provocado ante tal espectáculo, corrí hasta la vasija, que empezó a llenarse de todo tipos de flemas y vómitos, que arrojaban datos interesantes para esclarecer los hechos del día de autos. Las muestras parecía una cata de vinos que, por su textura y color, se podía deducir que se trataba de un buen Ribera o quizás de un, no menos, buen vino de Tacoronte, acompañado de un solomillo Strogonoff, envuelto en salsa de queso de Cabrales.

Moribundo y extenuado, me senté sobre la tapa de la vasija, intentado recuperar fuerzas. Por momentos, sentía una cierta mejoría, como si hubiese sido purificado de tantos pecados cometidos. Paralizado mi cuerpo, mis ojos se entretuvieron curioseando todo aquel lugar: Un amplio baño con antiguos azulejos de un triste color celeste, que tenía un cierto aire festivo, por las toallas, mal colgadas del tubo de las cortinas plasticosas de la ducha, unas bragas de colorines que se sujetaban milagrósamente de un saliente, como si hubiese llovido del cielo, un chándal con una pata al revés … y en las altas esquinas las telarañas remataban el decorado. Parecían banderas y pancartas esparcidas a lo largo de un recinto deportivo.

Un, dos y tres … y me volví a levantar dirigiéndome hacia la puerta, aunque aún tendría que regresar para liberarme de aquel gran vaso de agua. Intentaba apuntar a aquella araña negra pintada en el interior del retrete, pero inmortal se mantenía ajena a la agresión. Desistí y me mantuve contemplando aquel chorro que se volvía espumoso como la cerveza cuando llegaba a su destino. El sonido, como un murmullo, resultaba relajante, y cuando dejé de mear seguía oyéndolo, como si fuera un eco, hasta que me di cuenta que ahora resultaba más lejano, como si saliera de la pared. Lo escuché hasta que alguien cerró el grifo al otro lado del baño, en la cocina. “¿Quién sería?” –me pregunté, y me acordé del bulto. Curiosidad, incertidumbre, inseguridad, excitación, confusión, temor…, eran palabras que se mezclaban en mi interior dando vueltas, cada vez más rápidamente, hasta perder el color. (CONTINUARÁ)

sábado, 28 de noviembre de 2009

Historias de nosotros


Dicen que después de todo aquello las cenizas cayeron cubriéndolo todo. Pasó mucho tiempo hasta que una tenue luz fue surgiendo en la oscuridad, que se fue haciendo cada vez más intensa, en medio del viento y el oleaje, rompiendo el techo plomizo, y dejando al descubierto un inmenso cielo azul, cubierto de noches estrelladas y amaneceres radiantes.

Las olas mecieron las semillas hasta que germinaron pariendo vida. Las raíces rompieron la piedra y en los bosques surgieron sonidos de las hojas, balanceadas por la brisa y del murmullo del agua, que pronto se fueron confundiendo con otros ruidos hasta que se oyeron los primeros gritos. Los simios se contaban viejas historias con sus miradas, desde que fueron expulsados del paraíso, y cuando descendieron, temerosos, comenzó la gran aventura.

Las áridas tierras se helaron y, en las acogedoras cuevas, ratas y cucarachas se convirtieron en convidados de aquellos seres. Cuando todo pasó volvieron los ríos, donde nacieron los dioses y los héroes, para protegernos. Sus milagros y hazañas fueron contados de boca en boca durante generaciones. Asia se moría de riqueza cuando sus hijas fueron raptadas, fue entonces cuando los escribas lo contaron todo en sus escritos.

Los hombres se pintaban la cara antes de morir en la lucha y sus mujeres parían más hijos para llorarlos. Las lágrimas recorrieron los valles azotados por los hombres de las llanuras y las cadenas se apoderaron de los esclavos. El amor se volvió pasión y deseo. Hombres y mujeres fueron perseguidos y ultrajados. El rencor y la venganza nacieron de la traición y el engaño, y nuevos puñales atravesaron las gargantas maldiciéndolos por sus infamias, infanticidios, parricidios, celos o envidias.

El infierno se abrió bajo sus pies para atormentar a los pecadores, a los ignorantes, a los que no tenían nada que perder. De él surgió la cruz y la espada para propagar la fe en el amor, el amor en la fe, la guerra santa. Los herejes perdieron la razón para volverse santos y los caballeros lucharon contra el mal, los dragones y los molinos de viento, mientras sus soñadas princesas se acostaban con reyes y papas. Nunca más se supo la verdad y los chorros de sangre se confundieron con los ríos de tinta, que inundaban los papeles, escupidos por plumas de todos los colores.

Ahora, dicen que todo eso fue mentira, que en realidad todos se volvieron esclavos que buscaban la libertad, la igualdad y la patria para crear nuevos esclavos. En las guerras se excavaron grandes fosas que sirvieron como tumbas lloradas por los románticos mientras los surrealistas se buscaban en los sueños y los expresionistas se horrorizaban al descubrir quienes éramos realmente. El mundo cambió, los bosques desaparecieron y el humo de las chimeneas cayó cubriéndolo todo en medio de esa sensación de hastío.

domingo, 15 de noviembre de 2009

Tics




Sus grandes ojos tenían un brillo especial. Un brillo que se prolongaba en el tiempo, cuando conoció a Jose hacía cinco años. Entonces, aún, los años no pesaban y la vida resultaba ligera. Mensi siempre había sido despistada, era una tradición familiar que se respetaba de generación en generación. Recordaba en la cocina, mientras ordenaba las tazas de café por colores, en ordenadas filas, como si se tratase de una jura de bandera y con las asas siempre hacia el exterior; aquel día en que conoció a quien sería su marido. Cuando habló con él por el móvil por primera vez no entendía como podía haber puesto su número, en vez de el de él en su billete electrónico. Sus labios dibujaban una cierta sonrisa que el tic nervioso trasformaba en una expresión de asco. La pulcritud de Jose es lo que más llamó la atención de la madre de Mensi cuando lo conoció: “Qué limpito parece ese chico”, a la vez que Mensi reía sin ningún tic. La silla parecía un ejecutivo espantapájaro, abrigada por la impecable chaqueta de moda, la corbata de rayas azules, los zapatos brillantes. Sus manos siempre repasaban su cuerpo para asegurarse de que todo estuviese en orden, a la vez que revisaba minuciosamente los cuadros del salón y el pasillo haciéndoles recuperar su milimétrico equilibrio. Nunca faltaba el beso sobre las mejillas de Mensi y los correspondientes a sus tres hijos que reposaban tiernamente en sus frentes a la hora de comer. La paz familiar se adornaba con las risas y anécdotas de la jornada. Jose siempre era el primero en levantarse para servirle el café a Mensi y se ponía a recogerlo todo, observado por aquellos ojos brillantes. Desde la cocina Jose oyó el ruido de la taza de café al caer al suelo, era cuando Mensi lo veía aparecer por la puerta del comedor, serio, estupefacto durante unos segundos hasta que rompía a gritar: “¡Pero tú eres imbécil! ¡no sabes hacer nada biien! ¡Inútil! ¡Serás hija de la gran puta!” Y por la noche, en la cama, mientras la lágrima descendía, se maldecía por ser tan despistada, por no haber puesto el número correcto.

viernes, 6 de noviembre de 2009

Recuerdos



Sabía que a su padre no le gustaba verlo llorar, era un hombre y los hombres no lloran. Sus lágrimas eran espesas, como la vida que dejaba su madre tras de sí. Una vida de silencios resignados tras cortinas, encerrada en una casa sin calor, tumba irrespirable sin flores. Los colores de sus ojos, azul y pardo, que tanto había llamado la atención en el pueblo, parecían, ahora, derretirse y descolorarse, inundando las pecas incrustadas en su blanca piel. Sus cuarenta dos años surcaban su rostro sembrando un odio entumecido por la frialdad de la vida que le cayó en suerte. Frente a él, un padre acostumbrado a serlo. De mirada certera, de gatillo fácil, orgulloso de matar moros en la Guerra de Marruecos, a los que contaba junto a las cabras que había desgollado sin diferenciar los unos de las otras. El Macho del Bailadero Hondo, moreno de cuerpo y alma, amaba más a los animales que a sus semejantes, al fin y al cabo, sus más de seiscientas cabras le daban un nombre respetado entre aquellas montañas, además de por su habilidad con el naife, que siempre lucía en su cinturón. Muchos no llegaron a terminar la partida y se encontraron perdidos en los charcos de ron y sangre sobre el uno de basto, pero sus crímenes de guerra y paz se sepultaban en silencios bajo el temor y el miedo, cuando las lágrimas temblorosas se ahogan de rabia avergonzada. Sus pequeños ojos, casi cerrados confundían a sus víctimas incapaces de diferenciar la vigilia del sueño. Guillermina, hermana de la difunta, se sentaba al lado de su sobrino, sin perder de vista los ojos de su solterona hermana menor. Como una cáscara dura y amarga las telas negras enfundaban a aquellos seres desde los pies hasta la cabeza. Eran como almas penitentes que solo se liberaban al morir. En los huecos asomaban sus rostros empalidecidos y arrugados, inmóviles como la desesperación cuando se adormece. Parecían insensibles al dolor y desprendían un extraño orgullo, oculto por los silencios y los secretos de noches inconfesables. Y cuando llega la hora Guillermina se levanta para cerrar el ataúd para siempre, porque siempre estuvo cerrado. La hermana menor mira tensa a su otra hermana queriendo mirar a la vez a su cuñado, sin poder controlar un ligero temblor que recorre sus manos y su cabeza, censurado por la mirada de Guillermina que no flaquea. Las miradas persiguen sus lentos pasos hasta la difunta, con semblante sereno y sus manos juntas. Los latidos golpean con fuerza y de sus labios se desprende una sonrisa como despedida, antes de abrazarla entre sollozos. Nadie vio la mano que buscó en el bolsillo de su rebeca, la caricia sobre sus frías mejillas, la foto sobre sus labios, antes que el golpe cerrara la tapa, la tierra cegara la luz y las flores los escondieran. Ya nadie podría verlos: a ella sonriente en el ataúd, a él con sus ojos azul y pardo en aquella foto de hace más de cuarenta y dos años.

domingo, 18 de octubre de 2009

Y después

… Y después, entre el follaje gris y azul, que se retuerce en el aire de la habitación hasta agotarse y sucumbir, mi mano se hunde en el mar sereno y castaño de tu pelo liso que baña mi pecho. Mi cuerpo, prisionero de tus abrazos y herido por tus pezones afilados, se rinde acorralado por tus piernas, que trepan desde los pies de la cama, después de la batalla. “¿Por qué hacer el amor y no la guerra si podemos hacer las dos cosas?” –Te pregunto en el silencio roto por un suspiro, mientras cae una lluvia de cenizas sobre la sabana empapada, con sus pliegues cabalgando al ritmo de la respiración. Es ésta la imagen más intensa; la que más me gusta de ti. Escondidos del tiempo y de todos sin importarnos nada más que estar, permanecer, casi morir. Poco a poco las manos se mueven sobre la piel, como los cangrejos tras el temporal, resbalando por tu espalda; las tuyas, sobre mi vientre, pronto se pierden en busca de algún naufragio, para saquear sus tesoros. Ajeno a ello, apago el cigarrillo en el cenicero, que se balancea sobre la cama, para luego coger la cerveza y, antes de beber, pienso en tu sonrisa, esas líneas de tus labios sobre las que cuelgan mi existencia, mi felicidad. Siempre necesito verla, imaginármela, inventarla. “Tu sonrisa a cambio de un trago” –te soborno. Tú levantas la cara y te miro, y tu cara no es tu cara, y cierro los ojos para verte, para besarte.

sábado, 19 de septiembre de 2009

I´m yours

Una vez más, sobre el pegajoso sillón de piel, hacía equilibrio para no resbalar. Las palabras argentinas de aquella mujer de horteras gafas de pasta, pararrayos de las miradas que caían sobre sus grandes tetas bailonas, se mezclaban con el “I´m yours” que bajaba por el patio del edificio para colarse entre las persianas y bañar la consulta que parecía una sala del Louvre. Durante meses su mente sufrió el retorcimiento psicológico que prometía escupir unas pocas gotas enclaustradas desde hacía treinta y tantos años. Una inmensa cruz de granito paleozoico asfixiaba su garganta de la cual solo salía un hilito de pequeñas palabras en forma de papilla. Día a día fue perdiendo la . Aburrido, tarareaba la canción, mentalmente, en medio de los monótonos discursos de la doctora, sin dejar de mirar las zapatillas de cuero que se balanceaban en el extremo de aquellas piernas, enfundadas en unos pantalones amarillos de pata ancha. Arrepentido de perder su tiempo no tenía grandes esperanzas, a lo sumo ver levantarse a la bonaerense para contemplar su inmenso culo respingón.
-Evidentemente, la sobreprotección de su mamá y sus valores tradicionales y religiosos han condicionado el desarrollo de su personalidad y su carácter. Eso es lo que dificulta su capacidad de expresión.
-Si usted lo dice…
-Hoy vamos a hacer la sesión resolutiva de este problema. Déme la mano, cierre los ojos y concéntrese. Ahora, piense que yo soy su mamá, y que yo soy la culpable de su situación. Intente soltar mi mano mientras yo lo sujeto fuertemente. Cuando se suelte, es decir, cuando vos se libere, tendrá su propia voz y sus propias palabras. Ya no dirá más “pis” sino mear, cagar en vez de “hacer caca” y polla en vez de “pesetilla”.
El hombre enrojecido y sudoroso hacía un gran esfuerzo por abrir los ojos, sin desprenderse de su nueva mamá.
-Cuando cuente tres, vos se soltará de mí y me insultará de la forma más grotesca que pueda ¿Entendés?
-Sí, creo que sí… -titubeaba.
-Uno, dos y … tres.
-¡Me defeco en todos tus antepasadoss! –El grito inundó la habitación como un destello, ahogando la voz de Jordan Mraz. Los ojos del paciente parecían salirse de sus orbitas y una enorme sonrisa se abrió, pero pronto se analizó la frase buscando palabras de independencia y libertad y todo se volvió sombrío como la derrota, inútil y acabado. Un silencio en forma de sábana que cubre el cuerpo sin alma sepultó el trabajo de tantos meses. La respiración agitada se volvió cada vez más débil hasta convertirse en un suspiro y las manos restregaban las frentes decepcionadas.
-Bueno… vos no se preocupe. Esto es solo un pequeño tropiezo.
-No, lo siento, esto no funciona. Ha sido una pérdida de tiempo –Dijo el hombre trajeado mientras recogía su chaqueta y se ajustaba la corbata con un deseo inmenso de salir corriendo de allí, mientras volvía a escucharse “I´m yours”.
En medio del silencio abrió la cartera:
-¿Cuánto son sus honorarios?
- Bueno…, pues mil doscientos euros.
-¡Mil doscientos euros! ¡Hija de la gran puta! ¡Mil doscientos euros! –repetía sin parar- ¡Me cago en tu puta madre! –Fuera de sí, le tiró a la cara algunos billetes antes de despedirse -¡Vete a la mierda! –Y desapareció tras un portazo.

domingo, 7 de junio de 2009

El bulto (I)

Cuando me di cuenta que tenía los ojos abiertos, aún tardé en comprender que miraba. El azul borroso parecía un cielo extraño, lleno de zonas oscuras, como si fueran humedades. No había estrellas ni nubarrones y, pronto, empecé a observar como la luz, cada vez más intensa, descubría aquellas esquinas. No me resultaba un ambiente familiar, o al menos no lo recordaba con claridad. Mis pensamientos eran torpes, como mi seca boca entreabierta; las ideas se sucedían lentamente como gotas que caen del deshielo. Mis ojos inauguraron los primeros movimientos, para hacer descender la mirada, siguiendo la esquina de aquella pared hasta descubrirlo. Allí estaba, inspeccionándome, con esos ojos profundos, casi desafiantes, e inmóvil. Su gorra estrellada y su barba revolucionaria me recordó su acento argentino y casi podía olfatear el humo de su cohiba. Su presencia abarcaba toda la pared desnuda, que parecía ser sostenida por un viejo ropero, que ocupaba la pared vecina. La penumbra se resistía a luz, que entraba a hurtadillas, entre las cortinas ondeantes de aquel ventanal. Como la marea en pleamar, sus continuos vaivenes anunciaban una pronta victoria. Perdiendo el equilibrio, al deslizarse las pupilas hasta los extremos de los ojos, como intentando salir de sus contornos, mi cabeza se ladeó, volcándose con ella todo lo que había en su interior. Pareciese que mil pequeños trocitos de cristales rotos, mezclados con chatarra y arena, se precipitaban en una estruendosa avalancha, que me provocó un ensordecedor dolor de cabeza. Los párpados se cerraban fuertemente como queriendo asirse para no caer. Un pequeño suspiro hizo exhalar un vaho ácido, del que se desprendía un fuerte olor a alcohol, que salía levemente de la boca, aún entreabierta, a modo de enérgica protesta por el trato inhumano de toda aquella tortura. No sé cuánto tiempo pasó hasta que pude volver a pensar, quizás el tiempo suficiente para que mis manos reaccionaran tímidamente, arrastrando con ellas mis brazos hasta el extremo de la cama. Allí se unieron para intentar erguir el pesado cuerpo en un esfuerzo inútil. Mi cabeza apenas se despegó unos centímetros para volver a caer violentamente sobre el catre, seguida de ahogados lamentos. Una sensación de fatiga y náusea recorrió mi cuerpo, empapado en sudor. Torpemente, intenté deshacerme de una mezcla de sábanas, mantas y piezas de ropas varias que me enredaban. Pies y manos se aprestaban, sin grandes éxitos, a liberarme. La batalla fue extenuante y solo el sudor frío y los suspiros entrecortados me aliviaban. De repente, algo me llamó la atención y mi mirada se dirigió a aquella luz estridente que había sobre la mesilla de noche: las 9:00, marcaba el reloj digital. ¿Pero de qué día? ¿De qué mes? Eran preguntas sin importancia con respecto a otras que tendría que hacerme, por ejemplo ¿qué hacía allí?,¿dónde coño estaba? No dejaba de mirar todo aquello buscando respuestas, pero era inútil, sólo encontraba más y más preguntas. Sin esperármelo, al girar la cabeza, al otro lado, encontré una nueva pregunta forrada en la gruesa manta en aquel extremo de la cama. ¿Quién sería ese bulto? No entendía ni recordaba nada. Mi memoria estaba agotada y cualquier esfuerzo solo me remitía a vagos recuerdos de luces y sombras, música bailona y un decorado de rostros desfigurados por el vértigo, el ruido ensordecedor y el martilleo de los vasos que naufragaban en la tempestad de alcohol. Cuando por fin mi cuerpo desnudo se incorporó en el extremo de la cama observé que el suelo estaba helado sin sentirlo. Mis pies parecían prestados, solo me informaba de la baja temperatura, sin permitirme que yo mismo lo experimentara. Más allá, esparramada sobre una silla, una coqueta bata de algodón saltó sobre mí, arropándome. A medida que caminaba, mis pies se iban calzando de diversas zapatillas que se encontraba por el camino. La habitación empezó a ladearse, como si estuviese en un velero. Extenuado me dirigía a la puerta de la habitación a medida que el peso de mi cabeza parecía pretender aplastarme, cerraba los ojos fuertemente sustituyéndolos por mis manos que, a modo de antenas, intentaban guiarme hasta la puerta, mientras chocaban contra las paredes. Por fin llegué hasta ella, abriéndola con cuidado, para no despertar a aquel bulto que quedaba inmóvil en la cama. Al salir al exterior me encontré con un largo y oscuro pasillo, que se perdía hasta el fondo. Del otro lado salía uno más corto hasta alguna habitación, en medio de un patio acristalado. Sin casi estudiar la situación, mis piernas empezaron a arrastrarse por aquel corredor, la sensación de náusea iba y venía como un oleaje y las arcadas prometían inundar todo aquello.