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domingo, 7 de junio de 2009

El bulto (I)

Cuando me di cuenta que tenía los ojos abiertos, aún tardé en comprender que miraba. El azul borroso parecía un cielo extraño, lleno de zonas oscuras, como si fueran humedades. No había estrellas ni nubarrones y, pronto, empecé a observar como la luz, cada vez más intensa, descubría aquellas esquinas. No me resultaba un ambiente familiar, o al menos no lo recordaba con claridad. Mis pensamientos eran torpes, como mi seca boca entreabierta; las ideas se sucedían lentamente como gotas que caen del deshielo. Mis ojos inauguraron los primeros movimientos, para hacer descender la mirada, siguiendo la esquina de aquella pared hasta descubrirlo. Allí estaba, inspeccionándome, con esos ojos profundos, casi desafiantes, e inmóvil. Su gorra estrellada y su barba revolucionaria me recordó su acento argentino y casi podía olfatear el humo de su cohiba. Su presencia abarcaba toda la pared desnuda, que parecía ser sostenida por un viejo ropero, que ocupaba la pared vecina. La penumbra se resistía a luz, que entraba a hurtadillas, entre las cortinas ondeantes de aquel ventanal. Como la marea en pleamar, sus continuos vaivenes anunciaban una pronta victoria. Perdiendo el equilibrio, al deslizarse las pupilas hasta los extremos de los ojos, como intentando salir de sus contornos, mi cabeza se ladeó, volcándose con ella todo lo que había en su interior. Pareciese que mil pequeños trocitos de cristales rotos, mezclados con chatarra y arena, se precipitaban en una estruendosa avalancha, que me provocó un ensordecedor dolor de cabeza. Los párpados se cerraban fuertemente como queriendo asirse para no caer. Un pequeño suspiro hizo exhalar un vaho ácido, del que se desprendía un fuerte olor a alcohol, que salía levemente de la boca, aún entreabierta, a modo de enérgica protesta por el trato inhumano de toda aquella tortura. No sé cuánto tiempo pasó hasta que pude volver a pensar, quizás el tiempo suficiente para que mis manos reaccionaran tímidamente, arrastrando con ellas mis brazos hasta el extremo de la cama. Allí se unieron para intentar erguir el pesado cuerpo en un esfuerzo inútil. Mi cabeza apenas se despegó unos centímetros para volver a caer violentamente sobre el catre, seguida de ahogados lamentos. Una sensación de fatiga y náusea recorrió mi cuerpo, empapado en sudor. Torpemente, intenté deshacerme de una mezcla de sábanas, mantas y piezas de ropas varias que me enredaban. Pies y manos se aprestaban, sin grandes éxitos, a liberarme. La batalla fue extenuante y solo el sudor frío y los suspiros entrecortados me aliviaban. De repente, algo me llamó la atención y mi mirada se dirigió a aquella luz estridente que había sobre la mesilla de noche: las 9:00, marcaba el reloj digital. ¿Pero de qué día? ¿De qué mes? Eran preguntas sin importancia con respecto a otras que tendría que hacerme, por ejemplo ¿qué hacía allí?,¿dónde coño estaba? No dejaba de mirar todo aquello buscando respuestas, pero era inútil, sólo encontraba más y más preguntas. Sin esperármelo, al girar la cabeza, al otro lado, encontré una nueva pregunta forrada en la gruesa manta en aquel extremo de la cama. ¿Quién sería ese bulto? No entendía ni recordaba nada. Mi memoria estaba agotada y cualquier esfuerzo solo me remitía a vagos recuerdos de luces y sombras, música bailona y un decorado de rostros desfigurados por el vértigo, el ruido ensordecedor y el martilleo de los vasos que naufragaban en la tempestad de alcohol. Cuando por fin mi cuerpo desnudo se incorporó en el extremo de la cama observé que el suelo estaba helado sin sentirlo. Mis pies parecían prestados, solo me informaba de la baja temperatura, sin permitirme que yo mismo lo experimentara. Más allá, esparramada sobre una silla, una coqueta bata de algodón saltó sobre mí, arropándome. A medida que caminaba, mis pies se iban calzando de diversas zapatillas que se encontraba por el camino. La habitación empezó a ladearse, como si estuviese en un velero. Extenuado me dirigía a la puerta de la habitación a medida que el peso de mi cabeza parecía pretender aplastarme, cerraba los ojos fuertemente sustituyéndolos por mis manos que, a modo de antenas, intentaban guiarme hasta la puerta, mientras chocaban contra las paredes. Por fin llegué hasta ella, abriéndola con cuidado, para no despertar a aquel bulto que quedaba inmóvil en la cama. Al salir al exterior me encontré con un largo y oscuro pasillo, que se perdía hasta el fondo. Del otro lado salía uno más corto hasta alguna habitación, en medio de un patio acristalado. Sin casi estudiar la situación, mis piernas empezaron a arrastrarse por aquel corredor, la sensación de náusea iba y venía como un oleaje y las arcadas prometían inundar todo aquello.