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viernes, 11 de noviembre de 2011

El volcán


Antes de  que  a alguien se le ocurriera inventar  el telégrafo y se tendieran miles y miles de kilómetros de cable, uniendo continentes y océanos, como si se tejiera una inmensa tela de araña para atrapar al mundo para siempre; las noticias se tomaban su tiempo para recorrer las distancias, a veces insuperables, otras tardaban semanas,  meses en muchos casos. Las cosas ocurrían cuando tenían que ocurrir, sin prisas, en su momento. Las guerras se hacían en verano y luego se sembraba. Los días eran largos, la vida corta. Y todo ya estaba escrito, sólo había que esperar y morir y resucitar.
Cuando escribo estas palabras puedo hacer clic  con el ratón en una pestaña del monitor y saber si ya hay un nuevo gobierno en Grecia o en Italia; si el dictador de un país de África es el mismo de ayer o la OTAN y/o el presidente Obama han puesto a otro; si ya estamos salvados o nos hundimos definitivamente en la crisis económica que nos tiene atenazados; si los hijos de Rajoy se han comido hoy los dos plátanos o no; si el paro sigue aumentando a unas cifras de vértigo o existen los milagros, o si el dichoso volcán del Hierro estalla de una vez o nos va a tener en ascuas para siempre.
Ya nos estábamos acostumbrando a esto de la Globalización,  para lo bueno y para lo malo; al Cambio climático; el agujero de la Capa de ozono; las canciones de Pepe Benavente… pero, últimamente, parece que todo se precipita y nos acercamos al abismo. El terror nuclear tras el accidente de Fukushima nos ha puesto los pelos de punta y ya tememos lo peor, en cualquier momento la historia se puede repetir en cualquier país como el nuestro, menos avanzado que el del Sol naciente. Pero también vuela sobre nosotros la sombra de una crisis desconocida hasta ahora por sus dimensiones y terribles consecuencias. Ya se habla de un después donde nada será igual que hasta ahora y nuestras vidas se llenan de interrogantes: ¿China la nueva potencia? ¿Dejaremos de ser un país rico? ¿Cuándo me quedaré sin trabajo? ¿Una Unión Europea sin unión y sin Europa? ¿Qué va a pasar con España? ¿y la sanidad? ¿y la enseñanza? Y tantas otras cosas…
El vértigo nos acorrala y nos va devorando por dentro, minando nuestras ilusiones, carcomiendo la esperanza, rebajando nuestras expectativas hasta quedar colgados en el presente, en ese abismo al que no nos atrevemos a mirar. A veces parecen que hasta los apocalípticos hayan enmudecidos superados por una realidad que se muestra despiadada como si fuera todo a explotar.
Y tanto es el miedo a lo que pueda ocurrir que casi deseamos que ocurra de una vez por todas para poder superarlo cuanto antes. Todo eso, de alguna manera, parece que está simbolizado por el volcán del Hierro, esa continua amenaza, una posible erupción que puede ser violenta o explosiva y que puede surgir en cualquier momento y en cualquier lugar de la isla, mientras los sismos aterrorizan sin tregua a sus habitantes.  Pocos hombres y mujeres han conocido, en la rica y tranquila Europa, una situación tan llena de incertidumbre, donde nos estamos jugando tanto nuestro porvenir, incapaces de hacer nada, superados por las adversidades, solo contemplando las aguas del Mar de Las Calmas esperando a que todo ocurra, como si, de repente, nos diésemos cuenta de que somos mortales, mientras se agrieta, cada vez más, nuestro Olimpo.

viernes, 11 de febrero de 2011

Leo Messi, Premio Nobel de Física



La Real Academia Sueca de la Ciencia ha decidido otorgar el Premio Nobel de Física a Lionel Andrés Messi, conocido también como Leo Messi, futbolista argentino que actualmente juega en la Primera División española de fútbol y en la Selección de fútbol de Argentina. 
Sin duda alguna, ésta sería una grata noticia para todos, en especial para el pequeño gran jugador, que, aunque sus habilidades con el balón a veces desafíen  a la Física, tiene ya bastante con el fútbol como para encerrarse horas y horas en un laboratorio  enfundado en una bata blanca, y no lo digo por el color.  Pero lo más sorprendente es que aún queda un largo año para llegar al inocente día del 28 de diciembre.
Digo todo esto porque puede que no conozcan al lanzaroteño Blas Cabrera y Felipe, al que el Parlamento canario ha decidido, por UNANIMIDAD, dedicarle el Día de las Letras canarias, reservado para homenajear  cada año a un prestigioso escritor canario. ¿Y qué? Se preguntarán ustedes con toda la razón del mundo ¿Es que por ser lanzaroteño no se merece un homenaje de este tipo? Por supuesto que sí, sería suficiente con verlo  en una foto de 1930 rodeado por una treintena de los físicos, como él, más importantes del mundo, incluidos Marie Curie y Albert Einstein, pero a pesar de ello NO ES ESCRITOR.
Tan magno “gatillazo” de nuestros ilustrados representantes, no puede pasar desapercibido  y se hace necesario tomar medidas urgentes para evitar que estas situaciones se repitan con tanta frecuencia. Ahora que se acercan las elecciones se puede exigir a los próximos candidatos que superen una pequeña prueba de cultura canaria o al menos el examen PISA.

viernes, 10 de diciembre de 2010

Las gilipollas



            Ahora que somos una sociedad madura que tiende a envejecer y a sufrir los achaques de la edad, nos asusta el descontrol, el caos y el desgobierno. En la vieja Europa, después de vivir una vida llena de hitos históricos, de ser la impulsora del progreso y las libertades; del bienestar social y la democracia, nos volvemos asustadizos y conservadores; sin duda, este mundo vertiginoso y cambiante nos incomoda y atemoriza. Hemos perdido la agilidad mental y física que nos lanzó a las calles parisinas, o de cualquier otra ciudad europea, guiados por la libertad, en medio de las barricadas del inconformismo y embriagados de idealismos revolucionarios, y no era un fin lo que perseguíamos, sino ese ambiente romántico, una forma de vida, el ser utópicos sin necesidad de utopías. Pero ya somos la vieja Europa, la que se empeña con ese caminar victoriano, con la cabeza muy alta, a pesar de los problemas de cervicales que padecemos, sin querer reconocer que ya no somos el centro del Mundo y que la crisis actual nos alejará, cada vez más, de los puestos de cabeza, donde ya asoman rostros asiáticos o latinoamericanos.

            Con esa encantadora y graciosa decadencia, y en medio de  convulsiones sociales, económicas y políticas, solemos manifestar comportamientos verdaderamente patéticos.

            Estos últimos días, esperando los vientos fríos, que traen el espíritu navideño, nos vimos envueltos por las noticias: por el sur, el cólera en la trágica Haití; al este, el temor a una escalada bélica en Corea; al oeste una amenazante borrasca, que prometía darnos más de un susto; y desde el norte las revelaciones de Wikileaks salpicaban de mierda y corrupción a los gobiernos y empresas más poderosas del planeta.

            No salía de mi asombro, frente al cristal del televisor o de mi PC, pero eso no era todo, aún faltaba lo mejor, o lo peor según se entienda y quien lo entienda. A las 6 de la tarde del viernes, tres de diciembre, cuando media España se disponía a atravesar el largo puente constitucional, saltó la noticia: se cerraba todo el espacio aéreo español debido al abandono de sus puestos de trabajo de la mayoría de los controladores aéreos, alegando indisposición o haber superado el número de horas de trabajo permitidas. Las cámaras de televisión nos mostraron, entonces, escenas de indignación y desesperación, protagonizadas por cientos de los miles de viajeros en los hacinados aeropuertos españoles, que perdieron sus vuelos, su dinero, sus ilusiones, la paciencia y los nervios.

            Solidarizados con la causa de esos martirizados rehenes, secuestrados por los malvados controladores, según nos contaron miembros del gobierno, asistimos, los millones de telespectadores, que de paso nos congratulamos por no haber viajado, a un telecirco romano, donde los periodistas sacaron a los controladores de su catacumba, en el ya conocidísimo Hotel Auditorium, para arrojarlos a los  viajeros que coincidieron en ese hotel o se aproximaron hasta él con las garras afiladas y rugiendo su malestar.

            Creo que ya no podré olvidar, de aquella terapia colectiva, las imágenes de dos mujeres, una de ellas  agarrada fuertemente a la otra, que fingía sonreír, mientras se giraba para mirar horrorizada como las perseguían, a pesar de la protección policial, y le sacaban fotos con móviles o las grababan con cámaras, mientras los indignados viajeros y los millones de telespectadores gritábamos al unísono: “¡las gilipollas, las gilipollas,...!

martes, 9 de noviembre de 2010

Arde el Aaiún


Arde el Aaiún

A varios miles de kilómetros de aquí mueren o han muerto soldados españoles en misión de paz, en Bosnia, Líbano, Afganistán... El gobierno de mi país considera que es necesaria esa intervención, porque en esos países se violan los derechos humanos, se perpetran campañas de limpieza étnica o se conculcan los más elementales derechos de los pueblos. Desde donde yo vivo hasta el Aaiún  hay una distancia menor que de Zaragoza a Barcelona. Allí, en estos momentos, están muriendo niños, jóvenes y adultos indefensos a manos de las Fuerzas de seguridad del Estado marroquí. Hombres y mujeres han sido detenidos, violados sus domicilios, destruido sus enseres y pertenencias, torturados o desaparecidos. Creo que sería redundar decir que todo esto ocurre sin garantías constitucionales. El gobierno de mi país interviene en numerosos foros internacionales para lograr un mundo mejor y más justo. En algunos casos ejerce la presión internacional para conseguir que países, como Cuba, liberen a sus presos políticos y permitan la práctica de las libertades políticas de expresión, asociación y  manifestación. A poco más de doscientos kilómetros de aquí hay un pueblo que habla español, muchos de ellos tuvieron un carnet de identidad español, jugaban a las quinielas de la liga española de futbol; y, también allí nacieron, trabajaron o estudiaron hombres, mujeres y niños españoles. Ese pueblo ha sido ocupado ilegítimamente, por la fuerza de las armas, invadido por miles de ciudadanos marroquíes en una colonización organizada por el propio estado marroquí; ninguneado por las mayores democracias del planeta, que lo miran por el doble rasero, por no decir que miran hacia otro lado. También la ONU está presente en el Sahara, posee un destacamento de 250 efectivos, fuera del Aaiún, que no interviene, “son asuntos de desorden público” dicen, y siguen viniendo a mi ciudad buscando el ocio que no encuentran en el Aaiún, gastando parte de los más de 800 millones de euros que los distintos países dan a la ONU para un cometido que en muchos años no han hecho.

Marruecos es un país hermoso de gente noble. Yo tengo un buen amigo marroquí que me emociona cada vez que me llama “mi hermano”. Esto no es un conflicto de pueblos, ni culturas, ni religiones. El Sahara es un gran territorio donde caben todos, donde todos son necesarios, pero también es un país rico con muchos recursos y grandes posibilidades que atrae la codicia del poder económico de grandes empresas, políticos corruptos, y gobiernos inmorales.

Parece extraño como España, al igual que Francia o los EEUU, le dan tantas concesiones al Gobierno marroquí, tratos preferenciales y sobre todo  como estos países, grandes luchadores por la libertad y la democracia y en contra del terror, se pone una venda en los ojos o miran a otro lado. Los mismos que celebran el día de la Independencia o la liberación de los ejércitos invasores y se enorgullece de la resistencia que ofrecieron a las tropas de ocupación en sus respectivos países.

Una vez, la representante de Estados Unidos en las Naciones Unidades, Jeane Kirkpatrick, dijo, refiriéndose a los dictadores latinoamericanos de entonces “(…) son unos hijos de putas, pero son nuestros hijos de putas (…)”

Ésta puede ser la explicación en esa sorprendente relación entre los países democráticos occidentales y el gobierno alauita. Pero sin duda, las injusticias nos duele a todos y toda la gente de bien, los que valoran la libertad, la solidaridad, la democracia y el respeto a los derechos humanos, en estos momentos nos sentimos saharauis y nos avergüenza nuestro gobierno por su actitud hipócrita, pasiva y cómplice. Estoy convencido, y no es la primera vez que ocurre en la Historia,  que depende de nosotros mismo el conseguir un mundo mejor denunciando sin desfallecer este tipo de hechos. Los saharauis lo vienen haciendo y sufriendo desde hace más de 35 años, repartidos entre los territorios ocupados y los campos de refugiados de Tinduf, pero como en la caja de Pandora aún le queda una cosa: la esperanza, y saben que en el desierto más hostil a veces surge una flor que los advierte de la existencia de agua de la que depende su supervivencia.

miércoles, 2 de junio de 2010

Cuentos chinos

   Nunca antes había escrito sobre mí en este blog, no lo había considerado necesario, ni siquiera para opinar sobre algún hecho o alguna cuestión, no es esa la función que dio luz a este blog, y que aspira a reflejar el pulso artístico y literario actual.

   Permítanme, sólo hoy, pues puede ser la última vez que escriba, que me desfogue, ahora que me siento triste y amargado; y siento decirlo, creo que también lo estarán ustedes cuando terminen de leer este artículo, al menos aquellos que les gustan escribir y/o sueña con ser escritores algún día.

   Nos gusta ser aceptados, por eso vestimos a la moda; vamos a la peluquería (en mi caso es un decir) para que nos hagan peinados que desafían las más elementales leyes de la gravedad; aprendemos chistes, incluso los ensayamos en casa, para luego, entre los amigos, resultar graciosos y simpáticos; o nos empapamos en documentales televisivos, Internet o libros sobre diversos temas, desde el futbol hasta la influencia de los caracoles polinesios en el desarrollo artístico del Renacimiento y sus consecuencias en el modelo turístico alternativo.

   A los que nos gusta escribir, los escribidores, como diría mi amigo Amando Carabias, o a los que ya son escritores con-sagrados o con-sangrados, también, queremos gustar a los lectores. Queremos que nos lean y nos aplaudan, lo necesitamos, es lo que da sentido a lo que hacemos, lo que nos mueve y da fuerzas.

   Pero cuando el arte se vuelve ciencia, o peor aún, negocio, caemos en las manos más deshumanizadas del Liberalismo económico y las leyes del mercado, allí donde concurren la oferta y la demanda, en nuestro caso escritores y lectores. Si yo fuese el único escritor, por muy mal que escribiese, sería el más famoso y todos me leerían. La realidad no nos quiere sonreír, cada día son más los que quieren escribir para los menos que quieren leer. La suerte de los árboles es nuestra desgracia, se prevé que disminuya la publicación de libros, mientras que los soportes informáticos se extienden como un virus con inmunodeficiencia adquirida, con ellos también todos nos convertimos en autores cibernéticos en busca de lectores. Sin duda somos muchos: lo aceptamos y mantenemos nuestras esperanzas. Sin embargo, hoy me derrumbado tras llamarme la atención un artículo: “Un millón de chinos se ganan la vida escribiendo en Internet”. Ya lo he decidido, volveré a mi anterior afición, la jardinería tiene la ventaja que le puedes contar mil cosas a las plantas sin la menor queja por su parte, además, siempre podrás contar con ellas, siempre estarán ahí, contigo.

viernes, 15 de enero de 2010

Lo presiento



Sé que está ahí, lo presiento, pero algo de nosotros lo retiene, como si fuésemos nuestros propios censores. Nuestro cuerpo y nuestra alma, igual que se nutren y crecen, también, producen desechos, que tratamos de esconder avergonzados, como si no fueran nuestros, como si nos avergonzáramos de nosotros mismos, apresurándonos a evacuarlo de nuestro interior por la puerta de atrás, a altas horas de la noche, cuando ya nadie nos ve. Solo queremos mostrar al mundo una parte de nosotros, la parte más bella, delicada o sensible que fabrica nuestra mente o nuestras manos, para ser aceptados por los demás, quizás, por nosotros mismos. Pero, cuánta basura producimos, cuánta diarrea mental se acumulan en nuestro interior cuando se descomponen nuestras ideas y los pensamientos se vuelven confusos, perdiendo la solidez necesaria. Es entonces cuando no aguantamos más y cunde el pánico. Los ríos de tinta se confunden con los chorros que producimos y, cuando los leemos, nos avergonzamos de su olor putrefacto y sus formas indefinidas. Por el contrario, otras veces queremos, necesitamos, expresarnos y transmitir urgentemente, pero no logramos nada más allá de lo meramente anecdótico o simbólico, pero sabemos que está ahí, como un peso que nos asfixia y nos aprisiona. Cuanto más ahínco y fuerzas pongamos en ello más inútil parecen nuestros esfuerzos. No sabemos el porqué de este mal que nos aqueja periódicamente. Quizás se deba a que deberíamos leer más, practicar, comer sano, relajarnos para producir verdaderas obras de arte o lo que es lo mismo obrar artísticamente. Reconozco que me desconsuelo cuando estoy en esa fase y observo esas grandes obras de arte. El verano pasado, cuando estuve en Italia, una sana envidia me embargó cuando vi aquella obra en la estación de San Pietro en Roma. Como el Baldaquino de Bernini, en San Pedro del Vaticano, se elevaba retorciéndose barrócamente sobre si misma y manteniendo el equilibrio, milagrosamente, como la famosa Torre Inclinada de Pisa. No tuve tiempo de admirarla mucho más, porque mi tren ya llegaba, y tampoco podía aguantar más la respiración, así que salí corriendo de aquel aseo lo más a prisa posible.
Ya llevo tiempo así, pero no desespero, sé que el momento llegará, mientras tanto no dejo de leer, aquí sentado, relajándome y dejando fluir, porque sé que está ahí, lo presiento.