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sábado, 13 de junio de 2009

Tras la sonrisa (II)

El gentío se agolpaba junto al edificio acristalado, mirando hacia lo alto, como tratando de adivinar en las entrañas de qué barco se iban a aventurar a realizar su sueño, que los más pesimistas sospechaban que sería una pesadilla. De todo aquello iba surgiendo una gran manada desorientada, que más allá se iba peinando en ordenadas filas, a medida que las preguntas encontraban las respuestas correctas, enfilándose hacia los mostradores del fondo, donde iban desapareciendo las mascotas como por arte de magia. Llegados a ese punto, los cruceristas se relajaban y con risas nerviosas comentaban lo grande que era el barco, hasta que le indicaban que el verdadero quedaba tras el edificio, por donde apenas se asomaba una tímida chimenea. Las quejas se multiplicaban, sintiéndose éstos engañados y defraudados. Pronto el desánimo se olvidaba cuando los viajeros mas expertos explicaban las ventajas de un barco mas pequeño: Desde luego resultaría más familiar y convivirían menos idiomas entre la tripulación y el pasaje.

Tras las primeras preocupaciones, que parecían que iban a ser las últimas, fueron apareciendo miles de móviles y cámaras fotográficas de todos los tipos y tamaños, con los que los argonautas retransmitían las últimas jugadas, antes de quedar sin cobertura, y los fotógrafos se empeñaban en inmortalizar tal trascendental acontecimiento. Poco a poco, y tras un periplo por escaleras, rampas y escalas, el Gran enano iba engulliendo a hombres, mujeres y niños, como si del mismísimo Crono se tratara, devorando a sus hijos.

Los gritos de advertencia y de enfado de los mayores hacia los más pequeños, que insistían en perderse escaleras arriba, eran acompañados, en ocasiones, de un buen coscorrón o nalgada terapéutica. La sensación de peligro siempre estaba latente. Pocos conocían lo que se avecinaba y no terminaban de creerse lo que otros le habían contado meses atrás.

De todos los niños Gonzalo era el peor. Gonzalo no podía ser otro que Gonzalo, era inconfundible. A sus sesenta y cuatro años, seguía viendo la vida de la misma manera que a sus cincuenta y seis, cuando se separó por cuarta vez. Sus ocho hijos, de sus cuatro matrimonios y sus otras tantas relaciones sin bendición religiosa ni civil, eran como padres y madres que habían renunciado a que se reformara, aunque solo fuese un poco. Como todos los niños, gozaba de una extraordinaria vitalidad, que la derrochaba en continuas travesuras. Osado y divertido, siempre se hacía rodear de un pequeño cortejo de golfos, como él, pero a diferencia de Gonzalo no tenían luz propia. Él mismo se reía de su infancia, recordando como el viejo cura de la aldea se lamentaba de la desaparición de la Inquisición, cuando hacía una de las suyas. Era un perfecto charlatán. Las tertulias se convertían, con frecuencia, en monólogos, en las que el micrófono tomaba la forma de un vaso de güisqui y el escenario forma de barra de un pub o bar cualquiera, de cualquier sitio y a cualquier hora. De nada sirvió los buenos consejos que advertían al pecador sobre el infierno, la mala vida que le esperaba y lo desgraciado que iba a ser. A él le gustaba decir que le encantaba el calorcito del infierno, donde estaban las malas mujeres, y que esperaba ser más desgraciado de lo que había sido hasta ahora. Este Baco de Navarra, predicaba su religión en todos lados, donde era seguido con gran devoción, por una legión de verdaderos apóstoles. La mala vida lo llevó, cuando era joven, a las costas mediterráneas, en pleno boom turístico, donde se hizo con un desgraciado imperio de apartamentos y restaurantes, que compraba y vendía entre copa y copa. Su familia, gente de bien, no dejaba de avergonzarse, sobre todo en las fiestas del pueblo, que es cuando aparecía con su carrusel de apóstoles y extranjeras, convirtiéndose en más protagonista que el propio santo patrón de la aldea, transformada en pequeña ciudad industrial. Quien peor lo pasaba eran sus antiguas novias, encerradas en sus casas por sus maridos, conocedores de las golferías de Gonzalo.