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martes, 31 de agosto de 2010

Tras la sonrisa XVII




    La noche se anunciaba hermosa. El mar, tranquilo, se oscurecía de sombras y el barco parecía batir las olas con suavidad, como si caminara de puntillas. A lo lejos, los últimos destellos de luz se apagaban sobre la costa, que se adivinaba en el Poniente, coronada por un velo sedoso de nubes ensangrentadas. El mar susurraba y la brisa fresca aliviaba los cuerpos ligeros y agobiados que subían a cubierta para despedirse del día y contemplar el cielo estrellado y limpio, como un guiño de la buena suerte, antes de ir a cenar al restaurante.

   Juani lucía un traje muy colorido de estampes étnicos, que le daba un aspecto muy juvenil y resaltaba su bronceado y su melena rubia. Subía las escaleras de forma apresurada y risueña, sujetándose el traje y el chal. En su mano tenía el móvil, que volvía a mirar, “Estamos en cubierta, tenemos poca batería, Victoria”. La coquetería de Juani le pasa algunas facturas, se negaba a llevar gafas, “…total, apenas son un par de dioptrías...”, en realidad las suficiente para confundirse con frecuencia y perder amistades o hacer amigos anónimos. Allí la vio, sobre la otra cubierta, con el pañuelo ondeando al viento, mientras la saludaba con la mano.

-¡Victoria! –Grito, mientras su amiga levanta, aún, más el brazo, confirmando ser quién Juani creía que era.

   No se terminaba de acostumbrar a orientarse en el gran barco, ni lograba identificar los lugares del navío con claridad y, con frecuencia, daba vueltas sin darse cuenta que volvía al mismo lugar. Tardó en encontrar la escalera exterior, con la que subir a la cubierta superior, cuando lo estaba haciendo, notó como el viento arreciaba, fruto de la velocidad del barco y el viento en contra. Una vez arriba, buscó a su amiga, protegiéndose los ojos del viento con una mano, mientras que con la otra sostenía el pequeño y gracioso bolsito que lo sujetaba junto al chal, para que no se volase. No la vio donde esperaba. Extrañada corrió por un lado del barco, no había nadie, parecía que ya todos habían bajado a cenar. Bueno, se veía una luz…, una luz reflejada en una especie de… esfera muy grande…que se elevaba por la chimenea y caía por las cubiertas rodando… En la superficie transparente se formaban dibujos, que pronto se deformaban adoptando colores muy tenues, para volver a aparecer figuras con mayor claridad. Juani estaba tan extrañada como yo, no lográbamos entender todo aquello, parecía un sueño… hasta que de repente lo vimos con claridad… ¡Eran nuestros amigos lectores! ¡Dácil Martín y Amando Carabias! Se movían por la superficie de la gran pelota transparente, sin que pareciese que se percataran de que estaban allí. Miraban a todas partes, sin que se vieran, parecían felices, al menos sus sonrisas los delataban, y se empeñaban en agacharse, como si se escondiesen, realmente parecían unos polizones. Un fuerte azote de viento hizo que Juani cerrase los ojos con fuerza, cuando volvió a abrirlos la pelota había desaparecido, entonces dudamos de que todo aquello hubiese sido real. Sin embargo, y cuando ya parecía renunciar a buscar a su amiga vio un bulto que se movía tras una de las grandes vigas exteriores, junto a la barcazas que quedaban colgadas sobre la cubierta. Con disimulo se acercó, evitando que la vieran, al hacerlo oyó unos sonidos inaudibles pero presintió que eran gritos de una mujer, pensó en Victoria, Un hombre parecía furioso y forcejaba con ella. De repente el hombre la golpeó y, al perder el equilibrio la mujer, éste aprovechó para empujarla fuera de la borda y sin mucho esfuerzo la tiró hacia el mar. La silueta del hombre parecíó petrificarse, encorbado hacia el exterior, mientras se llevaba las manos a la cabeza. Sin embargo, a los pocos segundo reaccionó, moviendose rápidamente, a la vez que miraba a su alrededor buscando algún testigo, antes de desaparecer apresuradamente. El corazón de Juaní dio un golpe, como si quisiera salir del pecho, quedando sin respiración cuando de un salto se ocultó tras un saliente. Sus ojos se afanaban en desprenderse de sus órbitas, como si se quisieran arrojar al vacío. No lo podía creer, se repetía una y otra vez y como si fuese un autómata. Enseguida hizo el montaje de la película; se veía venir, el bueno de Juan, por una vez en su vida despertó el demonio que llevaba dentro, nunca lo habían oído rechistar ni quejarse de lo más mínimo.

jueves, 10 de junio de 2010

Tras la sonrisa (XVI)


-¿No te habré despertado Victoria? ¿te noto como si estuvieses media dormida? –Preguntó Juani, temiendo haber sido imprudente.

-No, no es nada, solo que me acosté un rato sobre los cartones porque estaba un poco mareada- Dijo Victoria Eugenia, aparentando normalidad pero sin quitarle un ojo a su vecino.
-¿Sobre los cartones? -Preguntó extrañada Juani.
-Ah, no, es un decir, me refiero a los colchones de la suite. La verdad que está estupenda, la decoración es preciosa y las vistas ni te cuento –Explicaba Victoria Eugenia con todo lujo de detalles, mientras el hombre negro, que se había sentado al el otro lado de la callejuela, miraba a su alrededor buscando, atónito, la “decoración preciosa” de la que hablaba Victoria Eugenia.
-¡Vaya! Con que una suite, ya veo que os va de maravilla. Por cierto, hemos visto a Juan hace un momento pero lo hemos perdido. Estaba muy gracioso y divertido hablando con una camarera morena muy guapa y bailando –Dijo Juani insinuósamente.
-Gracioso sí, no te imaginas las gracias que me ha hecho, no he parado de reírme, aunque, no creas, yo he bailado también lo mío, tengo los pies destrozados –Dijo Victoria Eugenia disimulando su situación.
- Oye, a ver si nos vemos pronto, lo vamos a pasar de maravilla, ya verás –Dijo Juani muy animada y deseando encontrarse con su amiga.
-Sí, la verdad que sí, Juani, este crucero es una maravilla –Dijo con lágrimas en los ojos- lo vamos a pasar muy bien. Ya Juan llamará para vernos, que mi móvil no funciona bien y me estoy quedando sin batería –Dijo Victoria Eugenia, antes de despedirse apresuradamente cuando observó que se acercaba una pareja de la policía municipal.
Como pudo, se levantó muy dolorida y se acercó a los dos policías, muy compungida y nerviosa, agarrando a uno de ellos, sin darse cuenta del aspecto que presentaba.
-¡Agente, agente, ese africano me ha atacado! –Gritó, señalando al hombre negro, sin soltar al policía, que se asqueaba al verla tan sucia y con las manos ensangrentadas.
-¡Quita loca! –La apartó el policía con expresión de repugnancia para después sacudir su uniforme como si evitara contagiarse de algo.
-Espere un momento -Dijo uno de los agentes, mientras el otro se acercó al hombre negro, que miraba impasible preparándose un café con una pequeña cocinilla de camping.
-Buenas tardes, Doctor Janssen –Saludó militarmente el agente cuadrándose delante del “africano” ante la sorpresa de Victoria Eugenia.
-Hola Migué –Respondió el doctor- ¿cómo va eso? –Preguntó sin dejar lo que estaba haciendo.
-¿Qué ha ocurrido aquí, Yan? –Le preguntó el municipal.
Yan le contestó en voz baja al policía, que le interrogaba, mirando de reojo a Victoria Eugenia, que recibía las aclaraciones del otro agente y se enervaba, al comprobar que el interlocutor de Yan se reía sin parar al escucharlo.
-¿Cómo que doctor? –Se quejaba Victoria Eugenia por el trato que le dispensaban a Yan.
-Sí, es un doctor holandés y es muy apreciado en el barrio.
Cuando el otro agente regresó sonriente, también saludó a Victoria Eugenia, que se seguía mostrando contrariada y enfadada.
-Bueno señora, al parecer ha habido un malentendido. Usted se ha caído y el doctor Janssen, simplemente, la ha atendido –Dijo, señalando al vendaje casero que llevaba puesto Victoria Eugenia en la rodilla, antes de despedirse y seguir su camino sin dar más explicaciones a la que parecía una mendiga loca.
-Adiós, doctor Yan. Adiós, señora. Ah, y que tenga una feliz travesía y disfrute de la suite –Dijo el policía riendo, ante la extrañeza de su compañero.

Victoria Eugenia incrédula ante lo que estaba viviendo, no entendía como el agente municipal sabía lo del crucero ni como aquel espantapájaros era holandés y doctor. Ahora, comprendía el numerito que había montado y se sentía ridícula y avergonzada ante el gentil doctor. Tras recoger sus cosas, se acercó hasta Yan y, tragándose su orgullo con gran esfuerzo, se disculpó como pudo, sin que Yan le hiciera mucho caso. Éste le puso una tacita de café en las manos de Victoria Eugenia, sin que ésta se atreviera a rechazarlo, hacía tiempo que no había comido nada y ya su estómago se empezaba a quejar. Sentada en aquel rincón tecleó un mensaje por el móvil y se quedó quieta, sin quejarse, compartiendo algunas galletas con Yan, hasta que quedó rendida sin darse cuenta.

lunes, 31 de mayo de 2010

Tras la sonrisa (XV)

   El gentío bailaba, reía y todos levantaban sus manos, también Juan, que se atrevía a dejarse llevar por el ritmo de la música, tarareando el estribillo de algunas canciones, como si aquel brebaje mágico lo hubiese transformado, dándole un poder que desconocía.

   Todo empezaba a resultar familiar y sus desconocidos amigos lo miraban con simpatía, reían y cantaban en torno a él, que no se percataba del magnetismo que resultaba tener, ni como muchos lo seguían, imitándolo. Se sentía reconocido. Incluso los del fondo lo saludaba desde lejos, en especial una atractiva mujer cuyo pareo era permisivo a las miradas que adivinaban su coqueto cuerpo. A su lado, un hombre fornido y muy bronceado, que llevaba unas bermudas con figuras verdes, también levantaba su copa. Él, Juan, sonreía hasta que, de forma inesperada, su expresión se heló “!joder, pero si es el purasangre!” –gritó en su interior, acordándose, de golpe, de aquella promesa en forma de juramento: “¡Prométemelo Juan! Tienes que ingeniártelas para hacer ver a todo el mundo que estoy en el barco”. Sin saber como enfrentarse a esa comprometida situación se agachó repentinamente, escabulléndose de allí caminando como si fuera un pato, perseguido de la misma manera por algunos de sus más fervientes y animados seguidores, que creyeron ver en aquella actuación un nuevo baile veraniego, hasta las escaleras más próximas, por donde huyó apresuradamente, internándose por las laberínticas entrañas del gigante marino.

   Juani y Joaquín estaban encantados de haber encontrado a Juan, lo que les inducía a creer que pronto, también, encontraría a Victoria Eugenia; sin embargo, su ilusión pronto se volvió decepción al comprobar que Juan no se encontraba en aquella cubierta por más que buscasen, como si todo hubiese sido un espejismo. Extrañados, por no encontrarlos allí, la pareja no quiso renunciar a dar con sus amigos, no era una cuestión de rendirse, habían pasado muchos años, pensaba Juani, para, otra vez, volver a separarse.

   Se sentía aturdida, náufraga de un sueño turbio que se transformaba en pesadilla; los rayos de Sol del mediodía se alejaban cuando entraba en una tempestad tenebrosa, de la que luchaba por escapar desesperadamente, sus ojos parecían explotar y su cuerpo convulsionaba en medio de una resaca sudorosa hasta que algo la despertó. Era una voz dulce de una niña de acento mejicano que se volvía chillona e insistente. Sus ojos tardaron en acostumbrarse a la oscuridad de aquella estrecha y maloliente callejuela. Al observarse, se descubrió como una mujer despatarrada sobre cartones viejos y húmedos. Comprobó que su traje estaba desgarrado por algunas partes, entonces recordó dónde estaba y lo que había sucedido justo antes de desmayarse. Su corazón dio un vuelco y sus latidos se desbocaron, en medio de una sensación confusa de asco, rabia e indignación, pero pronto el miedo se apoderó de ella y sus miradas se lanzaron en la búsqueda del autor y responsable de todo aquello. La chillona seguía gritando, hasta convertirse en estridente, y, entonces, Victoria Eugenia se revolvió, de forma desesperada sobre los cartones, hasta dar con su móvil, como la que se agarra a un salvavidas, dispuesta a gritar y pedir auxilio. Pero, atragantada, antes de que pudiera decir ni una palabra, escuchó una voz familiar.
-¡Por fin lo coges querida! –Dijo Juani
-¡Aaah..? ¿eres tú? –Dijo, Victoria Eugenia, confusa, sorprendida y decepcionada, era la última persona que esperaba escuchar en ese momento, y a la que no podía, por ningún motivo, confesar su situación. Su mirada, de repente, se detuvo , casi como su corazón, al contemplar aquello ojos negros y profundos, que se le clavaban indiferentes, delante de ella, a escasos diez metros, mientras su cuerpo se helaba irremediablemente.

lunes, 24 de mayo de 2010

Tras la sonrisa (XIV)

Cuando el móvil dejó de latir, creyó que se rompía el cordón umbilical que le había mantenido unido a ella durante tantos años, como si fuera amarras de aquel barco, y, de repente, el aire fresco impactó en su rostro a bocajarro, al alongarse al exterior desde la barandilla del barco, para perder su mirada entre la espuma que surgía como una risa.

Sus pensamientos se enredaban en el remolino de agua que persistía en acompañar al navío y se sumergía en una especie de vacío que parecía abarcarlo todo, sólo al fondo se oía el ritmo de la música, sin que apenas se pudiese distinguir la letra de Edwin Rivera. Una voz lejana repetía una y otra vez la misma palabra...

-Señor…! –Oyó finalmente cuando una mano femenina le tocó suavemente el hombro, haciéndolo girar en un acto reflejo- Perdone, le apetece un mojito –Dijo la camarera, con un acento dulce y caribeño.

De su rostro, lleno de una morenez iluminada, ligeramente escondido por su larga cabellera rizada, que era batida por el viento; brotaba la mirada de unos ojos rasgados color café, pero era su cálida sonrisa la que llamaba la atención, como si fuese la puerta del alma. Sus dientes, como un collar de perlas, resaltaban entre sus labios sensuales, dibujando una sonrisa de ensueño.

Juan, boquiabierto, la miraba sin decir nada, incrédulo, parecía que no se fiaba de sus propios ojos, adoptando una expresión que no se distinguía de la del bobo oficial del pueblo.

-Señor… -Insistió Marcela pacientemente, mientras hacía un ademán con la bandeja, sobre la que se amontonaban los vasos enramados con aquel mejunje .

Juan, indeciso, cogió uno de los vasos, mientras miraba de arriba abajo a la camarera, deduciendo su nombre por la plaquita que colgaba sobre el bolsillo de su camisa de rayas azules. Su edad, la disimulaba su aspecto juvenil y sus contorneadas piernas que eran censuradas por su corta falda pantalón, igualmente, azul.

La mirada silenciosa y melancólica de Juan le resultaba extraña en medio de aquella explosión de júbilo.

-¿Se encuentra bien, señor? –Le preguntó con cierta preocupación pero sin dejar de sonreír.

-Ah,…sí, gracias –Fueron sus primeras palabras a bordo, después de la conversación telefónica.

-Es muy refrescante y de sabor agradable –Dijo Marcela, animando a que bebiera Juan. Éste no dejaba de escrudiñar el interior del vaso tratando de adivinar de que brebaje se trataba.

-Mmm…, sí, es cierto –Corroboró Juan, que finalmente se decidió a probarlo- y es muy dulce –concluyó a la vez que iniciaba una charla amigable, en la que Marcela trataba de satisfacer la curiosidad de Juan por la bebida, indicándole cuáles eran los ingredientes y cómo se elaboraba la bebida.

-¿Es la primera vez que viaja usted en un crucero? –Le preguntó Marcela.

-Sí, en realidad nunca habíamos viajado en barco –Contestó.

-¡Ah que bien!, por un momento pensé que viajaba solo. –Confesó la camarera a Juan.

- ¿Sólo…?, bueno…, sí, ella… -respondía torpemente, como si el mismo no lo supiese.

-Lo siento, señor… -Volvió a decir Marcela, temiendo haber sido demasiado imprudente, e imaginándose que su estado, ahora lo veía claro, se debía a una muerte o una separación.

Marcela se despidió intrigada, deseándole una feliz travesía y esperando volver a ver al enigmático personaje en otro momento.

Sin proponérselo, Juan, fue consumiendo poco a poco el mojito cubano, esquivando con la pajita las hojas de hierbabuena y raspando el azúcar que quedaba en el fondo del vaso.

Un agradable calor interno se iba apoderando de su cuerpo, generando sosiego y tranquilidad. Sentado en un gran banco, compartía sonrisas con los demás, como si se conocieran de siempre y se comunicaran de alguna forma extraña. Los botones de su camisa rompieron amarras para dejar su pecho al descubierto, abrazado por frecuentes soplos de brisa marina que aliviaban las suaves heridas de los rayos de Sol. Respiraba profundamente inmerso en un mar de fragancias, seducido por la inmensidad y la luminosidad del Mediterráneo.

sábado, 15 de mayo de 2010

Tras la sonrisa (XIII)

   Sus pensamientos, viajeros ausentes de aquel cuerpo en forma de barco fantasma, que parecía navegar por el Mar de los Sargazos, sin rumbo ni destino conocido, giraban sin parar en la búsqueda de un punto de referencia que diese sentido u orientación a las ideas que se descomponían en flashes.


    Las calles, cada vez más estrechas, arropaban, con sus frescas sombras, a la extraña figura que martilleaba los adoquines, sumergidos, con frecuencia, en espesos charcos, desde donde ascendía un hedor húmedo y cálido. Victoria Eugenia pareció despertar cuando el eco de gritos lejanos y el ruido de alguna motocicleta se multiplicaba por el apretado espacio de la callejuela.


    El frío de la corriente de aire parecía rasgar su piel, que se rebelaba provocando una reacción de extrañas sensaciones; y sus ojos parecían abrirse para descubrir un submundo sombrío y amenazante que le resultaba desconocido. Comenzó a sentirse observada, casi vigilada, desde las alturas por algunas miradas. Se sentía perdida y amenazada en aquellas aguas peligrosas, donde, seguro, acechaban a victimas como ella. Temerosa, dudaba, sin saber hacia dónde ir, a medida que la calle serpenteaba, desapareciendo cualquier rastro humano justo en el momento en que, al girar, la calle se volvía oscura bajo un edificio antiguo.


    Su miedo se transformó en un temblor, casi doloroso, y su respiración se volvió agitada y entrecortada, sus ojos insistía en visualizarlo todo y sus oídos afinaron su agudeza para detectar lo que presentía. De repente un ruido la alertó y salió disparada por aquella galería, pero, cuando ya llegaba al final del túnel, miró hacia atrás desequilibrándose y cayendo violentamente al suelo, junto a unos trastos viejos, que estaban repartidos a un lado de la calle.


     Por un momento quedó aturdida, hasta que, tras los siguientes segundos, un intenso dolor se fue apoderando de ella. Notaba como sus manos, que intentaron minimizar la caída, estaban ensangrentadas, y casi insensibles; su cuerpo magullado presentaba algunas pequeñas heridas, pero lo más que le preocupó fue ver como su rodilla se hinchada, sin apenas poder moverla. Dolorida se quejaba entre sollozos, sin dejar de mirarse, hasta que algo le llamó la atención. Vio moverse unos cartones, arracimados junto a la salida del tunel, del cual empezó a salir una silueta, a la que Victoria Eugenia miró con desprecio, sin lugar a dudas era el origen de lo que le había ocurrido, pensó.


     La oscura silueta seguía siendo oscura cuando finalmente se liberó de aquel envoltorio, como si fuese un ave recién nacida. Sucio y grasiento el hombre negro miraba fijamente a Victoria Eugenia, tratando de darle sentido a lo que veía. Su cara cambió de color cuando vio acercarse al hombre alto y delgado que se movía torpemente. Parecía un gran espantapájaros desarrapado con su gorro del que salía mechas de pelo amasado y lucía una encanecida barba de varios días. Cuando se arrodilló hasta ella y agarró su pierna, Victoria Eugenia, quiso gritar pero, extrañamente, no salía ningún sonido de su boca abierta, sin duda era una mala copia de “El Grito” de Edward Munch. Antes de desmayarse lo último que oyó fue el sonido de su móvil que no paraba de sonar.

domingo, 9 de mayo de 2010

Tras la sonrisa (XII)



Como en la paleta del pintor, el negro del contorno de ojos se deshacía en las lágrimas, que se secaban al caer por su cara, dejando una estela emborronada. Inmóvil, mantenía aun su mirada sobre el barco, que se hundía en el horizonte, oyendo el eco de la sirena que retumbaba dentro de sus oídos.

Una sensación de sudor frío recorría su cuerpo dejándola sin fuerzas, como si ahora fuese un montón de cristales rotos, que se rompían como todas sus ilusiones. Todo parecía dar vueltas en una ambiente que se volvía agobiante y hostil, solo quería cerrar los ojos y desaparecer, y como un oleaje le venía un sofoco de rabia y desesperación, para volver a romper a llorar, mientras casi gritaba:”¡Juan, maldito, seas!”, y se compadecía de sí misma.



Ajena a su cuerpo comenzó a andar, como si se arrastrara a ella misma, sin saber cómo, ni a dónde ir. Seguía conmocionada, enfrascada en sus pensamientos, herida en el orgullo, atrapada por la vergüenza, derrotada por el desánimo. Cabizbaja, se encontró, cuando quiso darse cuenta, taconeando por el larguísimo dique, que la separaba de la ciudad. Su pamela rosa pastel la protegía de un sol desnudo e hiriente, que parecía desangrarla de sudor. Su largo traje de telas vaporosas se volvía húmedo y pesado, adhiriéndose a su cuerpo pegajoso.

Victoria Eugenia había perdido la noción del tiempo, no sabía cuánto tiempo llevaba caminando cuando creyó oír nuevamente la sirena del barco, la oía cada vez más nítida, como si estuviese regresando, quizás en su búsqueda, incluso una leve sonrisa se apoderó de sus labios, dándole un aspecto idiotezco y una cierta gracia decadente. Esperanzada, no se dio cuenta que se aproximaba a ella un camión pesado a gran velocidad, en el mismo momento que ella caminaba por el arcén, junto a un gran charco que invadía la carretera. Cuanto más fuerte e insistente sonaba la bocina del camión, más sonreía nuestra protagonista. El tsunami, que surgió de aquel gran charco, fue a dar con tal violencia sobre Victoria Eugenia que la desprevenida mujer se desequilibró hasta caer sobre el “lago”. Fue algo más que un “jarro de agua fría” devolviéndola a una realidad que se iba haciendo cada vez más cruel con ella. Sentada sobre aquel charco y dolorida por la caída, rompió a llorar, como lloran los recién nacidos al darse cuenta del duro mundo en el que han caído.


La escena era dantesca: la pamela se había convertido en un gracioso bote que surcaba aquellas aguas, el bolso se había vaciado desparramando todo su interior para decorar la charca, los zapatos de talones yacían, bocabajo, ahogados en medio de todo aquello, como si fuesen cisnes negros que barruntaban nuevas desgracias. Victoria Eugenia parecía otra. Su voluminoso pelo, que se recogía entorno al barroco moño, se había convertido en un manojo chorreante con mas pena que gracia.


De repente, su llanto se calmó, al ver acercarse una motocicleta, con dos ocupantes, que al llegar hasta donde estaba ella, se bajaron inmediatamente con la intención aparente de socorrerla, parecían chicos jóvenes por su indumentaria, ya que sus rostros, protegidos por grandes cascos de motoristas, quedaban en el anonimato. Victoria Eugenia, que aun gimoteaba, extendió su mano, al acercársele uno de los chicos, sin embargo, se detuvo primero a recoger el bolso, mientras el otro se dedicó a salvar el resto del naufragio. Cuando terminaron de recogerlo todo, seleccionaron algunas de las pertenencias, miraron a Victoria Eugenia, que estaba en silencio con la mano extendida, se miraron entre ellos, y, tras romper a reír a carcajada limpia, se subieron a la moto lanzándose a toda velocidad por la larga carretera, llevándose con ellos su botín y dejando tras de sí a la mujer que imitaba ser la sirenita de Cophenague .

sábado, 1 de mayo de 2010

Tras la sonrisa (XI)





-¡Hijo de la gran puuuta! ¿Qué has hecho!¡Me has dejado tirada como a un perro!¡Qué vergüenza cuando se enteren en el pueblo! –Dijo sollozando entre gritos.
Dile al capitán que regrese, por favor!¡Qué será de mí! –Gritaba y lloraba la desafortunada mujer.
A Juan se le hizo un nudo en la garganta sin saber qué hacer ni qué decir. Sabía que ya no habría solución posible. Sintió una gran pena por aquella mujer, a la que no recordaba haberla visto nunca suplicar ni estar tan apenada, desesperada y desamparada.
-No te preocupes mi amor, aún puedes coger un avión hasta Roma o Florencia –Le dijo Juan, a sabiendas que todo aquello resultaba muy complicado.
-Eso va a ser muy difícil, además no llevo la tarjeta de crédito encima –Le recordó sin dejar de llorar.
-Vete a la casa de Cristina y pídele que te deje dinero, ya arreglaremos después con ella –Le aconsejó Juan.
-¡De eso nada!¡Nadie debe saber lo que me ha pasado, ni Cristina ni Juani! –Gritaba desesperádamente.
Prométemelo Juan! Tienes que ingeniártelas para hacer ver a todo el mundo que estoy en el barco –Le dijo Victoria Eugenia a su marido.
-No te preocupes por eso, me las arreglaré para que nadie se de cuenta de lo sucedido –Prometió Juan. Él sabía lo que supondría para ella que Juani o Cristina descubrieran lo que había pasado. La noticia correría como la pólvora por toda la provincia de Ávila. La orgullosa Victoria Eugenia sería el hazmerreír del pueblo, y su historia pasaría de generación en generación manchando el buen nombre de la familia.
-¿Pero que vas a hacer sola todo este tiempo? –Preguntó preocupado Juan, sabiendo que no tendría suficiente dinero para esperarle en Barcelona.
-Ya me las ingeniaré. Lo importante es que me tengas informada para poder contar lo mismo a nuestra familia y amigos .


El barco se iba alejando de la ciudad, pronto se perdería la cobertura. Juan sintió una enorme pena y preocupación por su fría mujer a la que no solía expresar sus sentimientos.
-Victoria Eugenia, te quiero –Dijo inesperadamente Juan, tratando de darles fuerzas a su mujer.
-¿Me quieres, Juan?
-Sí, mi amor
-¡Vete a la mierda! –Le dijo a su marido de forma concluyente, al que siempre culpaba de todo, antes de colgar.


Desde la popa del barco, donde se encontraba Juan, la ciudad, aún, era visible, desvaneciéndose poco a poco en el horizonte. Una extraña sensación inundaba a Juan, era como si enviudara de repente, al hundirse su mujer, también, con la ciudad. Sin querer reconocerlo su preocupación se mezclaba con una cierta liberación. Aún no recordaba cuándo fue la última vez que se había separado de su mujer. Esa mujer que no le permitía ser él mismo.


El barco cortaba el tranquilo mar, abriendo una gran herida en forma de espuma. La música sonaba a ritmo de salsa y todos gritaban que querían ser toreros. Todos tenían algo que celebrar y brindaban por una despedida que prometía convertirse en un encuentro.

sábado, 24 de abril de 2010

Tras la sonrisa (X)




Su corazón latía con fuerza. Hacía mucho que no experimentaba esa sensación, hasta ahora su vida había transcurrido lentamente, sin sobresaltos. Cuando se despertaba hacía siempre las mismas cosas, como si fuese un ritual, hasta que llegaba a la cooperativa, en la que trabajaba como administrativo. De vuelta a casa, tras comer, aún le quedaba algún tiempo para dedicarse a lo que más le gustaba: Hacer maquetas de barcos antiguos y edificios o monumentos históricos, mientras su mujer y sus hijos se entretenían viendo la televisión. La pasión por los barcos antiguos y edificios que construía, que terminaba conociendo al dedillo, fue despertando en Juan un gran interés y curiosidad, informándose sobre las técnicas que emplearon para diseñarlos y fabricarlos, investigando a sus autores, conociendo la época y el ambiente en los que se desenvolvían o los sucesos más relevantes que tuvieron que ver con lo que presentaban sus maquetas. Las numerosas preguntas que se hacía encontraban respuestas de las que surgían otras preguntas, y así fue empapándose de saber en Internet y en los numerosos libros que empezó a devorar.

Ahora era distinto, empezaba una aventura que estaba destinada a ser un sueño y que se había transformado en una pesadilla. Las carreras por el barco en busca de sus mujer, en medio de tanta gente, se volvía agobiante y asfixiante. Sin saber cómo, llegó a cubierta y sin aliento se apoyó en la barandilla mirando hacia el muelle.

Volvió a sonar la sirena cuando ya tiraban amarras y Victoria Eugenia despertó. Sintió un gran dolor de cabeza y empezó a recordar que estaba en el baño y cómo al oír la primera sirena se alarmó y al intentar levantarse violentamente se golpeó con la cisterna perdiendo el conocimiento.

Juan confiaba que más tarde o más temprano encontraría a su mujer en el barco. Lo que más le agobiaba era tener que soportar las quejas de su ama y señora, quejas que serían mayores cuanto más tiempo pasara. Ya más calmado empezó a observar aquel gentío. Sus caras eran todas iguales, atravesadas por una amplia sonrisa de lado a lado, algunos viajeros, se habían provisto de bañadores o bikinis, otros portaban en sus manos copas de exóticos brebajes, también los había que, abrazados, se movían al ritmo de la música salsera, que salía de la megafonía, y muchos, como Juan, se apoyaban a la barandilla para despedir a los que se quedaban en tierra. Juan, sin darse cuenta, contagiado por la multitud, comenzó a despedirse con gestos exagerados, gritando a los desconocidos, mientras su rostro se encendía, extrañamente, con su nueva sonrisa desbordante y unos ojos emocionados y brillosos. Los diminutos seres comenzaron a moverse, como si quisieran seguir al barco que ya se desplazaba lentamente. En concreto uno de esos seres corría más que los demás, de repente se paró y se llevó una mano hasta la oreja, en el mismo instante que le sonó el móvil a Juan.
-¿Victoria?¿Dónde estás? –Preguntó Juan aliviado, a la vez que miraba a su alrededor.
-¡Serás desgraciado! ¡Yo estoy en el muelle viendo cómo se va el barco! Ese barco con el que tanto he soñado –Dijo finalmente rompiendo a llorar -¿Y tú? ¿Dónde demonios estáss! – Le gritó a Juan con cierto tono amenazante sin dejar de mirar a todos los lados, sin sospechar que su marido la había abandonado vilmente, como Jasón a Medea en medio de su periplo. Juan se iba agachando como intentando esconderse de aquel ser diminuto, que era su mujer, para que no lo reconociese.
-Yo, yo… estoy en el barco. ¡Mira, te estoy saludando! –Dijo, sin darse cuenta que lo hacía con un tono alegre.

sábado, 17 de abril de 2010

Tras la sonrisa (IX)



Pasados unos minutos, Juan seguía firme, junto a la puerta, como si estuviese guardando la entrada del Buckingham Palace. Sin embargo, al cabo de un rato empezó a moverse nervioso, como si estuviese oyendo una canción. Como le solía ocurrir, cuando tomaba una cerveza, necesitaba ir urgentemente al servicio, pero no se atrevía a desobedecer las órdenes. Los minutos seguían pasando y tras consultar el reloj, no pudo resistir más y desertó de su puesto, entrando apresuradamente en el servicio de caballeros. Seguramente tardaría menos que su mujer, y si ésta salía primero lo esperaría. Dentro había una cola de hombres esperando a entrar al baño de inválidos, porque el otro lo estaban limpiando en esos momentos. La espera parecía interminable. Dudó en volver a salir y aguantar las ganas de orinar hasta llegar al barco, pero ya le quedaba poco. Esperó. El último hombre que estaba antes de él tardó bastante tiempo en salir y, cuando lo hizo, salió con una gran sonrisa de satisfacción. Juan, que no dejaba de mirar el reloj, entró en la habitación comprobando toda la satisfacción que había dejado aquel hombre. La obra de arte y el nauseabundo olor estuvo a punto de hacerlo desistir y salir huyendo de allí. En cambio, con gran valor, soportó esa dura prueba y, al momento, salió, también, con una cara llena de felicidad. La sirena del barco lo hizo reaccionar y se acordó de su mujer. Al salir comprobó que no estaba fuera. Eso lo inquietó. Era posible que al no verlo hubiese subido al barco, creyendo que él también lo había hecho. Juan se sentía agitado, fuera de control, una especie de hormigueo recorrió su cuerpo al mirar nuevamente su reloj y comprobar que tan solo quedaban diez minutos. No lo dudó y cuando vio a una señora salir del servicio le pidió que llamara a su mujer. Ésta volvió a entrar y Juan oyó como la llamaba por su nombre.
-Lo siento señor, parece que no está aquí. Nadie responde a ese nombre –Dijo la mujer mientras Juan empalidecía y su rostro se deshacía en una expresión de horror.
Sobresaltado y como si fuera un acto reflejo, Juan empezó a correr por todos los lados de la planta baja. No estaba en la cafetería y el resto era una inmensa sala donde se divisaba todo. Salió incluso al exterior y no estaba, como era de esperar. En ese momento se acordó de aquellos adelantos técnicos, que el consideraba que tenían más desventajas que ventajasy sacó el móvil apresuradamente para llamarla, pero con las prisas se le escapó de las manos y cayó al suelo destartalándose. Suspiró cuando por fin tras ponerle la batería comprobó que aún funcionaba.
Cógelo! –Gritó tras llamarla. Era extraño no contestaba. Parecía una pesadilla. Entonces sus pensamientos se enturbiaron y buscó una respuesta a todo lo que ocurría. Su mujer lo había dejado, pensó, siguiendo el ejemplo de su amiga Juani ¿Sería eso lo que quería? Se preguntó indignado. La sirena del barco volvió a sonar y Juan, instintivamente, salió corriendo hasta las escaleras mecánicas, que subió dando saltos de dos en dos escalones. Jadeante llegó hasta la puerta de seguridad.
-¿Han visto pasar a una mujer por aquí? –Preguntó Juan a los dos guardias, que se miraron entre sí.
-Sí, a más de una –Dijo uno divertido por la curiosa pregunta.
El simple “sí” calmó a Juan, es lo que quería oír, y entendió, rápidamente, que su mujer no podía estar en otro lugar que en las entrañas de aquel barco. Cuando llegó a la escala del barco, los marineros insistían en que se diera prisa, comprobando que era el último en entrar.

sábado, 10 de abril de 2010

Tras la sonrisa (VIII)



Las tres tazas de café espumoso despedían un agradable aroma, confundiéndose con el olor a tabaco. Juan había optado por tomar una caña, tenía calor. Aún estaba sudoroso, su inapropiada camisa de manga larga no le permitía soportar el calor, que empezaba a notarse esa mañana, menos aún, después de la lucha mantenida contra la gran maleta. A Victoria Eugenia, el café le parecía algo fuerte, pero no se quejó. Volvía a reír con su amiga del alma, a la que no veía desde hacía mucho tiempo. Habían estado muy unidas cuando vivían en el pueblo, de hecho el exmarido de Juani le presentó a Juan, su mejor amigo, que vivía en un pueblo cercano. Pasados unos años, las dos parejas se casaron con apenas una diferencia de unos meses. Ahora eran compadres y seguían viéndose con frecuencia. Roberto, el ex de Juani, era el más hablador y bromista. Solía contar, con éxito, historias curiosas de cuando eran más jóvenes, en la que los protagonistas, Juan siempre representaba el papel mas destacado, salían ridiculizados y mal parados. Ahora que él, Roberto, se había convertido en uno de esos protagonistas, andaba amargado y callado en la barra de cualquier bar, donde sus antiguos amigos siempre tenían una disculpa para quitárselo de encima. Juani no había visto a Juan desde aquel día, cuando se marchó para siempre, sin decir nada a nadie. Se notaba algo incómoda, quizás se sentía algo culpable ante el mejor amigo de su exmarido. Antes se llevaban realmente bien y se notaba un aprecio mutuo, aunque hablasen poco entre sí. Juani sentía una cierta necesidad de explicarle a Juan muchas cosas, quería que no la juzgara mal, que la entendiese por lo que había hecho tiempo atrás. No era necesario. Juan recordaba muy bien la tristeza que empezó a rodear a Juani a los pocos años de casarse, parecía que había envejecido más de lo normal, como si estuviese muriéndose poco a poco. En realidad se alegró al verla nuevamente, y ¡estaba estupenda! –pensó Juan. Joaquín, que estaba entre las dos mujeres y Juan, se entrometía, de vez en cuando, en la conversación de éstas, además de seguir bromeando con Juan, dando la impresión de que le había caído muy bien. Eso le gustaba a Juani
-Bueno, chicos, ya es hora de ir subiendo al barco ¿no creéis? –Dijo de repente Joaquín, mirando su reloj de oro.
-Sí, será mejor, no vaya a ser que nos quedemos en tierra –Dijo Victoria Eugenia, en el preciso momento en que sintió un vuelco en su estómago.
Cuando Juan se levantó del taburete, para seguir a su nuevo amigo, notó como su mujer lo cogía por el brazo para detenerlo.
-Suban ustedes, nosotros vamos ahora –Dijo Victoria Eugenia, ante la extrañeza de Juan.
-De acuerdo, pero no tarden que ya solo queda media hora para partir -Les advirtió Juani.
Cuando la pareja se alejó hasta las escaleras metálicas, Victoria Eugenia le pidió a Juan que la acompañara hasta los servicios.
-Uff, qué mal me ha sentado el café. Voy al baño un momento ¡Tú no te muevas de aquí ni por un momento! –Le ordenó Victoria Eugenia a su obediente marido.
-Sí pero date prisa, que se nos hace tarde, ya deberíamos estar dentro del barco –Dijo intranquilo Juan.

sábado, 3 de abril de 2010

Tras la sonrisa (VII)




Gonzalo, al pasar al lado de las dos chicas, con sus dos sabuesos, les saludó con una reverencia, que fue imitada de forma grotesca por uno de sus pupilos, provocando una expresión de repugnancia en las dos jóvenes. El “niño travieso”, con paso seguro y decidido, fue subiendo las escaleras hasta llegar a la puerta de seguridad, donde saludó cortésmente a los extrañados guardias de seguridad, como si los conociera de toda la vida. Una amplia galería acristalada los separaba de la escala. Una vez dentro del barco, los tres hombres lo recorrieron todo, subiendo escaleras arriba hasta llegar a la cubierta. Ramón, el más bajito, regordete y moreno, con los ojos pequeños y achinados, miraba extrañado a su colega Honorio, algo más alto que él, flacucho, canoso, de inexpresivos ojos azules, y una extraña piel pálida, que le daba un carácter enfermizo y decaído. Sin embargo, su fe ciega en el jefe los disuadía de cualquier acto indisciplinario. Los únicos que protestaban, por aquel paseo naval, eran sus pulmones, que se quejaban cada vez más. Finalmente, llegaron hasta la última planta, donde, tras recorrer un largo pasillo, salieron a la cubierta en medio del gentío que curioseaba el barco, muchos de ellos con exóticos cócteles de todos los colores. Aún, quedaban unas empinadas escaleras exteriores, que Gonzalo superó ágilmente y, con mayor dificultad, el sudoroso Ramón, que parecía cada vez más negro, en cambio, el empalidecido Honorio tomaba un aspecto realmente fantasmal. Desde la última cubierta se podía divisar todo el barco y los muelles con todos sus tinglados. Desde allí, la gente parecía diminuta, yendo de un lado para otro, como si fuera un oleaje que se movía por las cubiertas y subía y bajaba por las distintas escaleras. Gonzalo vaciló un momento y siguió por un lateral del barco que lo conduciría hasta el puente de mando. Daba la impresión que se trataba del rodaje de una película de policías, en la que el inspector del FBI era seguido por sus subordinados. Desde luego, Ramón sería un agente de Miami, con su hortera camisa de flores y de colores muy llamativos. Al acercarse a la puerta, el marinero que la custodiaba se cuadró, cuando el aparente inspector dijo, tras saludarlo: “Soy el señor Gonzalo”. Sin duda, el moreno marinero, de aspecto y acento sudamericano, también había visto las mismas películas que inspiraban a “nuestro inspector”, aunque quizás pensó que era el mismo dueño del barco, ya que no dudó en abrir la puerta. Ya dentro se le acercó de una forma más decidida un oficial, que, antes de ordenar a los intrusos que salieran de la sala, recibió un efusivo saludo de Gonzalo estrechándole la mano, mientras miraba de reojo la sala y levantaba la otra mano, con la que saludaba a Mario, cuyos galones daban a entender que era el capitán del barco.

-Hola soy Gonzalo, no quiero entretener al capitán, ya veo que está ocupado. Dígale, por favor, que ya lo saludaré en otro momento –Le dijo Gonzalo al desconcertado oficial, que miraba alternativamente a Gonzalo y al capitán, situado al otro lado, sin saber que hacer ni que decir. Despidiéndose de la marinería, “el inspector” volvió sobre sus pasos hasta desaparecer. El oficial no reaccionó, y tuvo que ser el intrigado Mario, que estaba tomando un café con el práctico del puerto, el que se acercara para interesarse sobre aquel extraño.
-¿Qué ocurre oficial? –Preguntó.
-Nada, solo que el señor Gonzalo quería saludarlo, pero se percató que usted estaba ocupado y no quiso interrumpir –Le respondió el oficial.
Daba la sensación que allí todos sabían quién era el señor Gonzalo menos Mario. El capitán observó que el sorprendido oficial tenía una tarjeta entre sus dedos, éste al darse cuenta de que se la había entregado el famoso Gonzalo, justamente antes de despedirse, se la entregó al capitán. Intrigado, Mario giró la tarjeta por su parte impresa y la leyó: “Don Gonzalo Echevarría Arriaga, Presidente de CASAMAR”. Sin duda, su nombre tenía pinta de corresponder a un ilustre empresario y el nombre de su empresa a la de una corporación pesquera o, posiblemente, una importante consignataria. En realidad, Gonzalo era un mentiroso compulsivo, al que no le gustaba mentir. No era necesario, su arte radicaba en confundir a la gente, que caían en la trampa engañándose ellos mismos. Efectivamente, Casamar era el nombre de un chiringuito de su propiedad, especializado en pescado frito, que consiguió permutándole a un alemán a cambio de unos “valiosos terrenos” cercanos a una “playa de Salamanca”.

domingo, 28 de marzo de 2010

Tras la sonrisa (VI)


-Lo siento mucho señor ¿Se encuentra bien? –Dijo Alicia nerviosa y avergonzada, tratando de incorporarse, cuando ya Yolanda y los allí presentes se acercaron a socorrerlos.
-Joooo…. –Se lamentaba Juan –No te preocupes, no es nada –Dijo quitandole importancia a lo que había ocurrido, mientras se revolvía para levantarse, apoyando la rodilla en el suelo y levantándose con la ayuda de varias manos anónimas que lo rodearon por todos los lados.

El insignificante Juan se había convertido de repente en el protagonista de aquel tumulto. Joaquín, que también intentaba levantar a Juan, le susurró bromeando algo al oído –¡Joo macho, qué conquistador, corren a tus brazos!. A Juan no le dio tiempo de contestar, al ser recriminado por Victoria Eugenia –¡Siempre tienes que llamar la atención adonde quieras que vayas!

Alicia volvió, cojeando, a interesarse por Juan, tratando de explicarle lo que había ocurrido.
-Eso le puede pasar a cualquiera –Le dijo Juan.
-Bueno sí, esperemos que esto sea lo peor del viaje –Dijo Alicia, mientras Juan miraba sus pies –Qué contratiempo ahora tendré que ir descalza o cojeando hasta el barco –Se lamentaba Alicia, suspirando.
-Bueno aún queda una solución –Replicó Juan.
-¿Sí? –Preguntó intrigada.
-A ver, déjame esa pierna –Le ordenó señalando la pierna contraria a la que había causado el accidente, mientras se agachaba para sujetarla. Alicia no tuvo tiempo de reaccionar e instintivamente se sujetó agarrando los hombros de Juan. Con un gran esfuerzo, Juan liberó el otro tacón. Alicia se observó. Eran unos zapatos muy originales. Ahora era bajos con las puntas hacia arriba. Con ellos podía caminar incluso mejor que antes. Se sintió feliz y risueña, mientras todos reían y reconocía el ingenio del Don Nadie. Sin pensarlo dos veces, Alicia le dio un beso de agradecimiento a su salvador y se despidió, esperando volver a ver lo en el barco.

La facturación fue rápida. Juan se quitó realmente un gran peso de encima. Además, ahora necesitaba las dos manos para atender al nuevo huésped, que se había presentado, sin previo aviso, tras su cabeza. Aún quedaba más de una hora para embarcar, la propuesta de Joaquín fue inmediatamente aceptada y todos se dirigieron a la cafetería. Los dos hombres siguieron a las mujeres. Joaquín parecía despertar cierta simpatía por Juan, al que le echó el brazo por encima, mientras seguía bromeando sobre lo recién ocurrido. Victoria Eugenia, molesta por la escena montada por su marido, se sentía un tanto traicionada, y no dudó en quejarse a su amiga de las torpezas de Juan, para seguir después criticando a la descarada joven, que había provocado aquel desaguisado. Todo parecía indicar que las jóvenes iban a integrar la larga lista negra, que las dos amigas recién reencontradas estaban a punto de inaugurar. El chismorreo y la crítica sería uno de los entretenimientos preferidos durante el viaje, no dejarían títere con cabeza, al igual que hacían en el pueblo cuando eran más jóvenes.

Las jóvenes seguían riendo cuando salieron del servicio de señoras. Yolanda no podía dejar de reír cada vez que miraba los originales zapatos de Alicia. Era una risa escandalosa y desordenada, como si hubiese estado escondida durante mucho tiempo, que reclamaba todas las miradas. Juani le dio un codazo a Victoria Eugenia, nada más descubrirlas, y sus miradas descaradas se lanzaron a quemarropa sobre ellas, a lo que siguió el correspondiente comentario.
-Míralas. Parecen dos fulanas –Dijo Juani.
-¡Qué poca vergüenza! –Concluyó Victoria Eugenia, con la esperanza de que todos la oyeran.

lunes, 15 de marzo de 2010

Tras la sonrisa (V)



-Victoria, dándose media vuelta, reconoció rápidamente a Juani, una vieja amiga del pueblo, que había dejado a su marido para irse a vivir a Madrid con un ambicioso comerciante de Ávila.
-¿Pero Juani qué haces tu aquí? –Preguntó Victoria, que ya había cambiado su histerismo por un tono más delicado.
-Lo mismo que tú, imagino –Contestó Juani, agarrándola de las manos, mientras reían cómplicemente.
-¿Te acuerdas de Joaquín? –Le preguntó Juani a Victoria. En realidad todos se acordaban de Joaquín, desde el exmarido de Juani, que se había vuelto alcohólico, desde que lo dejó, hasta el mismo cura, que lo ponía de ejemplo, sin nombrarlo, en las homilías, pasando por las tertulias de la barbería, el bar o la tienda.
-Por supuesto –Le dijo Victoria, mientras, con gesto más formal, lo saludaba, estrechándole la mano, sin dejar de escanearlo de arriba a bajo, a lo que éste le correspondió con un beso en la mejilla.
-¿Cómo estás Victoria? –Preguntó el apuesto y elegante Joaquín, que apenas aparentaba sus 52 años.
Entre risas y bromas se comentaban como les iban las cosas, cómo se habían metido en la aventura de hacer un crucero y lo divertido que iba a ser ahora que estaban juntas.
Pasado un rato, Victoria se percató, al observar que Joaquín no dejaba de mirar a Juan, que no había presentado a su burro de compañía.
Ah! Este es Juan, mi marido – Dijo Victoria agarrándolo por la manga de la camisa y tirando de él para que se acercara.
-¿Qué tal? –Dijo Joaquín ofreciéndole la mano para saludarlo. Sin embargo, ya Juan tenía bastante con las maletas, como para estar haciendo malabarismo.
-Hola Joaquín –Respondió Juan, con el tono típico de voz que se utiliza en los entierros, cuando se da el pésame, a la vez que hacia un gesto disculpándose por no estrecharle la mano, cosa que agradeció Joaquín para no empaparse su mano de sudor.
-¡Cuánto tiempo Juan! –Dijo Juani al mejor amigo de su exmarido, el cuál saludo con un movimiento de cabeza comprobando lo bien que le había sentado a Juani su separación.
Las dos mujeres se acercaban al mostrador hablando y riendo, mientras se abanicaban, seguidas de cerca por el pura sangre y el burro que quedaba más atrás.
Las dos chicas que acababan de facturar se apresuraron corriendo hasta la puerta de entrada del edificio. Alicia y Yolanda aprovechaban todas sus vacaciones y días de descanso para viajar juntas desde que se conocieron a través de Internet. Mientras Yolanda corría, Alicia optó por salir volando, tras partírsele un tacón, para estrellarse contra Juan, que, viéndola venir, soltó las maletas y esperó recibirla con los brazos abiertos. Tras el impacto todos corrieron para averiguar que ocurría tras las maletas. Allí estaban los dos abrazados y tirados por los suelos. Después de recuperarse del susto, Alicia pedía disculpas a Juan, se sentía avergonzada, por aquella humillante situación, y vulnerable a las numerosas miradas que intentaban reconstruir los hechos. Juan, en cambio, parecía ajeno a todo aquello, y solo parecía interesado por la nueva parte de su cuerpo que había surgido tras su cabeza.

domingo, 7 de marzo de 2010

Tras la sonrisa (IV)



Las filas de los pasajeros que estaban facturando, iban desapareciendo poco a poco, y los últimos taxis llegaban de forma apresurada, dejando a sus clientes, que, histéricos, gritaban entre sí, y corrían, sin poder cargar las pesadas maletas. Juan era de esos hombres que pasan desapercibidos, de los que están para hacer bulto o acompañar a “alguien”. En realidad era una especie de “nadie”, que por casualidad tenía nombre, aunque, éste era como el tercer apellido de su esposa. Parecía estar luchando con la pesada y vieja maleta, que intentaba escapar, quizás acomplejada por no tener ruedas como las demás. Mientras tanto, Victoria Eugenia de todos los Santos, lo golpeaba, con su abanico, sin dejar de gritarle lo incompetente que era y los malos augurios que le esperaban. Juan y los burros de su pueblo se diferenciaban en la camisa de manga larga con cuadros verdes y los pantalones grises que llevaba, sin embargo, el trato recibido no era muy distinto.

Victoria Eugenia era una respetable dama de un pequeño pueblo de Ávila. Su distinguida familia era una de las más antiguas del lugar. Su casa, situada en el centro del pueblo, estaba llena de fotografías antiguas. Su abuelo fue un héroe de la División Azul, que aún era recordado por aquella estampita de Hitler, enmarcada en un portarretrato de plata, que trajo de la II Guerra Mundial. Su otro abuelo murió como un mártir en la Guerra Civil, por culpa de un avión soviético que asustó a la vaca que ordeñaba, quedando literalmente aplastado. La foto de su padre quedaba sobre la alacena. Era un famoso poeta que recitaba sus romanceros a sus clientes, cuando venían a recoger o dejar los zapatos. Junto a él una larga fila de fotos de bodas, bautizos y comuniones, entre la que destacaba la de su querida y admirada tía María Luisa Fernanda de Jesús, maestra de escuela, desde que dejó la Sección Femenina.

Victoria Eugenia se fue quedando sin amigas con el transcurrir de los años. La mayoría de ellas, tras casarse, se iban a vivir a la capital o a Madrid. Ella no encontró al hombre adecuado para ser su príncipe consorte y, cuando se dio cuenta, nadie estaba a su lado. Temerosa de quedarse solterona, no lo dudó y se casó con ese “Nadie” que estaba a su lado, es decir con Juan.

El mes antes, estuvo visitando a casi todo el vecindario para despedirse y explicar con todo lujo de detalles el viaje que iban a realizar. Marta y su hijo más pequeño se quedaría en Barcelona, en casa de su amiga Cristina, cuyos hijos siempre veraneaban en el pueblo, alojándose en su casa. A Victoria Eugenia no le gustaba su comportamiento tan moderno, pero se llevaban realmente bien con sus hijos, que disfrutaban de la compañía de jóvenes tan escasos en el pueblo.

Cuando el sudoroso Juan, arrastraba la maleta, sufriendo los azotes de Victoria Eugenia, como si estuviese subiendo al Monte Calvario y no a un crucero de placer, alguien tocó el hombro de la distinguida dama.
-¿Victoria! –Preguntó ante la desconcertada dama -¡Pero que sorpresa!
(CONTINUARÁ)

viernes, 5 de febrero de 2010

Tras la sonrisa (III)



Siempre coqueto y elegante, brillante y ocurrente, le gustaba vestir su alto cuerpo erguido y delgado, con vistosos trajes y coloreadas corbatas. Su repeinado pelo enlacado y teñido de rubio intenso, luchaba por esconder las pérdidas sufridas en tantas batallas.

La sirena del barco, con el pretexto de saludar al pasaje, trataba de despertarlos para convencerlos de que aquello no era un sueño. Una sonrisa se iba apoderando de aquellos tristes seres, a medida que entraban en las entrañas del barco de la felicidad. Eran como almas ligeras, que abandonaban sus cuerpos fatigados en el otro mundo.

Incluso a Isabel, sin darse cuenta, se le deslizó una sonrisa, que de golpe le quitó diez años. Nadie diría que acababa de jubilarse, ni que su difunto marido la dejó de acompañar a todos lados el seis de enero de ese año, como si se tratara de un regalo de mal gusto. Desde entonces, su dulce hija, Yeni, intentaba consolarla y distraerla todo lo que podía, sin lograrlo. Su vida siempre había girado en un círculo perfecto. En el seno de su republicana familia pequeñoburguesa, se forjó sus sólidos principios morales, culturales y políticos. Era como una escultura griega, en la que el orden, la proporción y la razón formaban un todo, y le daba a la vida un sentido de una cierta belleza graciosa y serena. Desde joven compartió con el que sería después su marido el gusto por la Historia y el Arte. Se conocieron en la Universidad, y en ella permanecieron después como profesores. Su vida era muy sencilla y familiar. Tras el nacimiento de Yeni se redujeron los encuentros con los amigos, que no eran muchos, y el hogar se inundó de horas de lecturas y música clásica, que después comentaban a lo largo de almuerzo o de la cena, entre las preguntas, cada vez más sofisticadas, de Yeni, a medida que iba creciendo, y las protestas de Lincol, su perro.

La dulce Yeni era una especie de gracioso regalo en forma de juguete. Linda, educada y cariñosa, era la ilusión de la familia. Su éxito en el estudio enorgullecía a sus padres. Carlos tenía acostumbrado a sus compañeros, en especial Xavi, el más íntimo, a tener que soportar sus comentarios, respecto a lo inteligente y buena niña que era su hija, mientras los demás sonreían y se miraban entre sí. La admiración de Carlos era correspondida por Xavi. Siempre la ponía como ejemplo a seguir, frente a sus tres fracasados hijos, y cuando visitaba a su íntimo amigo siempre tenía unas palabras de adulación para la avergonzada hija perfecta.

La dulzura se volvía espesa y empalagosa, a medida que pasaba los años. Al cumplir los treintas, sus padres no recordaban la presencia de ningún hombre al lado de su hija, eso le daban cierta tranquilidad. Pero Yeni escondía algo tras su amable, tierna y tímida sonrisa. En los últimos años pasó de ser la pequeña mascota de sus padres a “Lazarillo” de su madre, a la que acompañó, durante la larga enfermedad de su padre, recorriendo juntas los hospitales de media España. Tan sólo el último verano, antes de morir su padre, estuvo fuera realizando un pequeño master de economía. Fueron los meses más intensos y felices al lado de su amante, Xavi. (CONTINUARÁ)

sábado, 13 de junio de 2009

Tras la sonrisa (II)

El gentío se agolpaba junto al edificio acristalado, mirando hacia lo alto, como tratando de adivinar en las entrañas de qué barco se iban a aventurar a realizar su sueño, que los más pesimistas sospechaban que sería una pesadilla. De todo aquello iba surgiendo una gran manada desorientada, que más allá se iba peinando en ordenadas filas, a medida que las preguntas encontraban las respuestas correctas, enfilándose hacia los mostradores del fondo, donde iban desapareciendo las mascotas como por arte de magia. Llegados a ese punto, los cruceristas se relajaban y con risas nerviosas comentaban lo grande que era el barco, hasta que le indicaban que el verdadero quedaba tras el edificio, por donde apenas se asomaba una tímida chimenea. Las quejas se multiplicaban, sintiéndose éstos engañados y defraudados. Pronto el desánimo se olvidaba cuando los viajeros mas expertos explicaban las ventajas de un barco mas pequeño: Desde luego resultaría más familiar y convivirían menos idiomas entre la tripulación y el pasaje.

Tras las primeras preocupaciones, que parecían que iban a ser las últimas, fueron apareciendo miles de móviles y cámaras fotográficas de todos los tipos y tamaños, con los que los argonautas retransmitían las últimas jugadas, antes de quedar sin cobertura, y los fotógrafos se empeñaban en inmortalizar tal trascendental acontecimiento. Poco a poco, y tras un periplo por escaleras, rampas y escalas, el Gran enano iba engulliendo a hombres, mujeres y niños, como si del mismísimo Crono se tratara, devorando a sus hijos.

Los gritos de advertencia y de enfado de los mayores hacia los más pequeños, que insistían en perderse escaleras arriba, eran acompañados, en ocasiones, de un buen coscorrón o nalgada terapéutica. La sensación de peligro siempre estaba latente. Pocos conocían lo que se avecinaba y no terminaban de creerse lo que otros le habían contado meses atrás.

De todos los niños Gonzalo era el peor. Gonzalo no podía ser otro que Gonzalo, era inconfundible. A sus sesenta y cuatro años, seguía viendo la vida de la misma manera que a sus cincuenta y seis, cuando se separó por cuarta vez. Sus ocho hijos, de sus cuatro matrimonios y sus otras tantas relaciones sin bendición religiosa ni civil, eran como padres y madres que habían renunciado a que se reformara, aunque solo fuese un poco. Como todos los niños, gozaba de una extraordinaria vitalidad, que la derrochaba en continuas travesuras. Osado y divertido, siempre se hacía rodear de un pequeño cortejo de golfos, como él, pero a diferencia de Gonzalo no tenían luz propia. Él mismo se reía de su infancia, recordando como el viejo cura de la aldea se lamentaba de la desaparición de la Inquisición, cuando hacía una de las suyas. Era un perfecto charlatán. Las tertulias se convertían, con frecuencia, en monólogos, en las que el micrófono tomaba la forma de un vaso de güisqui y el escenario forma de barra de un pub o bar cualquiera, de cualquier sitio y a cualquier hora. De nada sirvió los buenos consejos que advertían al pecador sobre el infierno, la mala vida que le esperaba y lo desgraciado que iba a ser. A él le gustaba decir que le encantaba el calorcito del infierno, donde estaban las malas mujeres, y que esperaba ser más desgraciado de lo que había sido hasta ahora. Este Baco de Navarra, predicaba su religión en todos lados, donde era seguido con gran devoción, por una legión de verdaderos apóstoles. La mala vida lo llevó, cuando era joven, a las costas mediterráneas, en pleno boom turístico, donde se hizo con un desgraciado imperio de apartamentos y restaurantes, que compraba y vendía entre copa y copa. Su familia, gente de bien, no dejaba de avergonzarse, sobre todo en las fiestas del pueblo, que es cuando aparecía con su carrusel de apóstoles y extranjeras, convirtiéndose en más protagonista que el propio santo patrón de la aldea, transformada en pequeña ciudad industrial. Quien peor lo pasaba eran sus antiguas novias, encerradas en sus casas por sus maridos, conocedores de las golferías de Gonzalo.

viernes, 12 de junio de 2009

Tras la sonrisa (I)

La ciudad dormida despertaba perezosamente, encandilada por los primeros rayos del amanecer, que se reflejaban en el puerto. Los grandes edificios parecían estirarse, alargando sus sombras sobre los demás, como si tropezaran unos con otros. Un trueno ensordecedor inundó todo el espacio. El reactor, cada vez más diminuto, terminó por desaparecer, perforando las altas nubes, que parecían cansadas para proseguir el viaje. Algunos coches, deambulaban perdidos en medio de la resaca. Los de color negro parecían más activos, recogiendo a las diminutas personas que se movían torpemente sobre las aceras, intentando sortear las mesas y sillas de las terrazas que estaban esparcidas por ellas. Las calles sudaban, empapadas por las cubas de la limpieza, en medio de un ambiente cargado de humedad cuando ya el calor empezaba a apretar. Las motos parecían avispas incordiando con su molesto zumbido que revoloteaban alrededor de las glorietas y rotondas. El gran hormiguero se resistía a ponerse en píe ese domingo de verano.

El taconeo nervioso y apresurado invitaba a trasnochadores y madrugadores curiosos de las alturas a seguir su rastro. Las dos jóvenes uniformadas, con pantalones piratas y camisetas blancas, arrastraban grandes maletas, como si fueran sus mascotas. De repente una de ellas, moviendo sus manos, gritó insistentemente hasta que el taxi paró. El fornido taxista metió rápidamente las mascotas en el maletero como si hubiese ensayado la escena cien veces. Tres golpes secos de las puertas precedieron a la carrera vertiginosa ramblas abajo. Como si de una carrera se tratase otros coches negros se iban sumando saliendo de otras calles en dirección al puerto. La procesión iba haciéndose más larga, a medida que se acercaban a la dársena exterior. Las grandes grúas, que se inclinaban respetuosamente a su paso, dejaban ver entre sus huesos los grandes barcos del fondo. A medida que el cortejo se acercaban, los barcos parecían que crecían sobresaliendo por encima de los edificios del alrededor. Al enfilar el largo muelle, la comitiva pasaba revista a los engalanados protagonistas, que parecían mirar de reojo a la minúscula hilera de taxis que iban aterrizando en la parada para dejar los pasajeros con sus mascotas.

El gentío se agolpaba junto al edificio acristalado, mirando hacia lo alto, como tratando de adivinar en las entrañas de qué barco se iban a aventurar a realizar su sueño, que los más pesimistas sospechaban que sería una pesadilla. De todo aquello iba surgiendo una gran manada desorientada que más allá se iba peinando en ordenadas filas a medida que las preguntas encontraban las respuestas correctas enfilándose hacia los mostradores del fondo donde iban desapareciendo las mascotas como por arte de magia. Llegados a ese punto, los cruceristas se relajaban y con risas nerviosas comentaban lo grande que era el barco, hasta que le indicaban que el verdadero quedaba tras el edificio, por donde apenas se asomaba una tímida chimenea. Las quejas se multiplicaban, sintiéndose éstos engañados y defraudados. Pronto el desánimo se olvidaba cuando los viajeros mas expertos explicaban las ventajas de un barco mas pequeño: Desde luego resultaría más familiar y convivirían menos idiomas entre la tripulación y el pasaje.

Tras las primeras preocupaciones, que parecían que iban a ser las últimas, fueron apareciendo miles de móviles y cámaras fotográficas de todos los tipos y tamaños con los que los argonautas retransmitían las últimas jugadas antes de quedar sin cobertura y los fotógrafos se empeñaban en inmortalizar tal trascendental acontecimiento. Poco a poco, y tras un periplo por escaleras, rampas y escalas, el Gran enano iba engulliendo a hombres, mujeres y niños, como si del mismísimo Crono se tratara, devorando a sus hijos.

Los gritos de advertencia y de enfado de los mayores hacia los más pequeños, que insistían en perderse escaleras arriba, eran acompañados, en ocasiones, de un buen coscorrón o nalgada terapéutica. La sensación de peligro siempre estaba latente. Pocos conocían lo que se avecinaba y no terminaban de creerse lo que otros le habían contado meses atrás.