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viernes, 6 de noviembre de 2009

Recuerdos



Sabía que a su padre no le gustaba verlo llorar, era un hombre y los hombres no lloran. Sus lágrimas eran espesas, como la vida que dejaba su madre tras de sí. Una vida de silencios resignados tras cortinas, encerrada en una casa sin calor, tumba irrespirable sin flores. Los colores de sus ojos, azul y pardo, que tanto había llamado la atención en el pueblo, parecían, ahora, derretirse y descolorarse, inundando las pecas incrustadas en su blanca piel. Sus cuarenta dos años surcaban su rostro sembrando un odio entumecido por la frialdad de la vida que le cayó en suerte. Frente a él, un padre acostumbrado a serlo. De mirada certera, de gatillo fácil, orgulloso de matar moros en la Guerra de Marruecos, a los que contaba junto a las cabras que había desgollado sin diferenciar los unos de las otras. El Macho del Bailadero Hondo, moreno de cuerpo y alma, amaba más a los animales que a sus semejantes, al fin y al cabo, sus más de seiscientas cabras le daban un nombre respetado entre aquellas montañas, además de por su habilidad con el naife, que siempre lucía en su cinturón. Muchos no llegaron a terminar la partida y se encontraron perdidos en los charcos de ron y sangre sobre el uno de basto, pero sus crímenes de guerra y paz se sepultaban en silencios bajo el temor y el miedo, cuando las lágrimas temblorosas se ahogan de rabia avergonzada. Sus pequeños ojos, casi cerrados confundían a sus víctimas incapaces de diferenciar la vigilia del sueño. Guillermina, hermana de la difunta, se sentaba al lado de su sobrino, sin perder de vista los ojos de su solterona hermana menor. Como una cáscara dura y amarga las telas negras enfundaban a aquellos seres desde los pies hasta la cabeza. Eran como almas penitentes que solo se liberaban al morir. En los huecos asomaban sus rostros empalidecidos y arrugados, inmóviles como la desesperación cuando se adormece. Parecían insensibles al dolor y desprendían un extraño orgullo, oculto por los silencios y los secretos de noches inconfesables. Y cuando llega la hora Guillermina se levanta para cerrar el ataúd para siempre, porque siempre estuvo cerrado. La hermana menor mira tensa a su otra hermana queriendo mirar a la vez a su cuñado, sin poder controlar un ligero temblor que recorre sus manos y su cabeza, censurado por la mirada de Guillermina que no flaquea. Las miradas persiguen sus lentos pasos hasta la difunta, con semblante sereno y sus manos juntas. Los latidos golpean con fuerza y de sus labios se desprende una sonrisa como despedida, antes de abrazarla entre sollozos. Nadie vio la mano que buscó en el bolsillo de su rebeca, la caricia sobre sus frías mejillas, la foto sobre sus labios, antes que el golpe cerrara la tapa, la tierra cegara la luz y las flores los escondieran. Ya nadie podría verlos: a ella sonriente en el ataúd, a él con sus ojos azul y pardo en aquella foto de hace más de cuarenta y dos años.