martes, 16 de febrero de 2010

Mi abuelo Antonio (I)



Tras las telarañas, el recuerdo se hace borroso, y las imágenes se deshacen en un ambiente turbio, casi incoloro, nos agobiamos intentando recomponerlas, pero se van desprendiendo, poco a poco, pegajosas, mientras el movimiento parece derretirse, sin que podamos hacer nada para evitarlo.

Sin embargo, a veces, como si de un claro del espeso bosque se tratase, vuelvo a encontrarme en el suelo de aquel salón, sacando de la caja de galleta aquellas fotografías tan antiguas, que dejan rastros de múltiples vivencias: fotos solemnes, bodas, bautizos; fotos de familia, padres, primos lejanos y tantos otros que esconden mil historias felices y desdichadas; fotos rotas por la mitad que recuerdan despedidas para siempre, fechas, firmas y letras derramadas que nos cuentan y confiesan cuando les preguntamos, como si fuera un interrogatorio. Un matasellos marca la cara de aquel hombre y leo “La Habana”; dos militares abrazados y leo “Regimiento del 52”; una familia enlutada con muchos hijos… La mayoría de esas personas que aparecían en las fotografías eran desconocidas para mí. Con el tiempo nos fuimos conociendo. Fui averiguando, inventado historias para cada una, incluso le daba nuevos nombres a esos personajes que se volvieron familiares, también entre ellos, haciéndolos partícipes de una misma historia.

Me habían contado que llegó hasta aquí con apenas 16 años, para vender una vaca, y ya nunca volvió a regresar a su isla; que había emigrado varias veces a Cuba, donde ganó algún dinero con mucho sacrificio, para luego perderlo sin ningún esfuerzo, durante la “moratoria” de los años treinta. Mi abuelo Antonio murió sin apenas rozar la vejez, cuando yo, aún, no había nacido. Creí verlo las primeras veces que abrí aquella caja. No se por qué me llamó la atención aquella fotografía, tenía algo que la diferenciaba de las demás.

A pesar del paso del tiempo, no me cansaba de visitar a esos personajes como si fuese una necesidad, una responsabilidad, quizás una deuda. Solía imaginar que eran como almas penitentes, que estaban purgando sus pecados, deseosos de ser escuchados, y entonces, yo, reía sin parar, sin darme cuenta que me observaban.
–“Este niño está tonto…” -Decían. Otras veces, me daba por pensar que hablaban a mis espaldas, en medio de su oscuridad.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

¿Sabes? En Galicia en una pequeña aldea, no hay que pisar -matar- a los bichejos que te encuentras porque son las almas penitentes.

Hoy me recuerdas a la familia que perdí. Si al menos pudiera creer que son un cienpiés.

Besos. Neuros.

Mercedes Pinto dijo...

También yo tengo cientos de fotografías como las que tú nos cuentas; pero, no tengo muy claro por qué, al contrario que tú, me niego a verlas. No me gusta recordar el pasado, tal vez porque el presente se me hace corto. Aún así, encima del mueble del salón hay algunos muertos mirándome.
Un abrazo.

Marcos Alonso dijo...

Qué alegría verte nuevamente Neuros (ya sé que eres Beatriz, pero me resulta más familiar llamarte así si me lo permites). Después de tu comentario ya no sé que hacer: si perseguir a los bichejos con una zapatilla en la mano o un ramo de flores.

Un besote

Marcos Alonso dijo...

Bueno,Mercedes, en realidad a mi tampoco me atrae mucho recordar el pasado, este relato tiene algo de biográfico, pero, también, algo de ficción. Desde hace tiempo no me recreo en el pasado, y cuando cierro los ojos solo lo hago para respirar el presente, lo contrario es como "llorarse" a uno mismo.

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Alguna veces, cuando los días nos dejan solos huelo la sal de tu ausencia y presiento el murmullo de tus secretos que se petrifica...