jueves, 18 de junio de 2009

Andamana, la reina mala (VI)

Los faycanes eran los mandadores de los distitos grupos de luchadores. De todos ellos el faycán de Tede, Rodríguez Semidán, era de lo más expertos. Su rotunda mirada castigaba a los jóvenes luchadores que, casi desnudos con vistosos dibujos amarillos en sus cuerpos, se movían ágilmente en el terreno, para evitar las envestidas del contrario o esquivar la bola de cuero, que los adversarios blanquiazules lanzaban violentamente contra ellos. Cuando el impacto era tan fuerte, que hacía sangrar al jugador por la nariz u otra parte de su cuerpo, este quedaba descalificado y era expulsado del terreno ante las advertencias del público que gritando ¡roja!¡roja! hacía referencia a la sangre, que tanto repugnaba a esta sociedad.Varias horas transcurrían hasta que quedaba descalificado algunos de los dos grupos, cuando superaban con creces las descalificaciones del contrario. Terminado el encuentro los gritos de alegría de los vencedores ahogaban los lamentos de los vencidos y sus seguidores que se llevaban las manos a sus cabezas golpeándose y saliendo del recinto apresuradamente.En ocasiones, cuando el honor no resistía la derrota, algunos guayres y faycanes se lanzaban al vacío gritado ¡vacaguaré! (¡quiero morir!). En otras eran los mismos desesperados seguidores los que tomaban esa decisión, despeñando a los faycanes que consideraban ser responsables de la derrota, con la esperanza que un mejor mandador recuperase el honor perdido.Una vez concluido el encuentro una nube de frailes franciscanos, que eran los únicos que sabían escribir, rodeaban a los luchadores y faycanes para escribir las crónicas, que luego contaban en las distintas parroquias. Solían ser muy prudentes en sus preguntas y comentarios. Más les valía. No era la primera vez que aparecían aplastados por grandes piedras o despeñados a las profundas simas o barrancos.