sábado, 17 de abril de 2010

Tras la sonrisa (IX)



Pasados unos minutos, Juan seguía firme, junto a la puerta, como si estuviese guardando la entrada del Buckingham Palace. Sin embargo, al cabo de un rato empezó a moverse nervioso, como si estuviese oyendo una canción. Como le solía ocurrir, cuando tomaba una cerveza, necesitaba ir urgentemente al servicio, pero no se atrevía a desobedecer las órdenes. Los minutos seguían pasando y tras consultar el reloj, no pudo resistir más y desertó de su puesto, entrando apresuradamente en el servicio de caballeros. Seguramente tardaría menos que su mujer, y si ésta salía primero lo esperaría. Dentro había una cola de hombres esperando a entrar al baño de inválidos, porque el otro lo estaban limpiando en esos momentos. La espera parecía interminable. Dudó en volver a salir y aguantar las ganas de orinar hasta llegar al barco, pero ya le quedaba poco. Esperó. El último hombre que estaba antes de él tardó bastante tiempo en salir y, cuando lo hizo, salió con una gran sonrisa de satisfacción. Juan, que no dejaba de mirar el reloj, entró en la habitación comprobando toda la satisfacción que había dejado aquel hombre. La obra de arte y el nauseabundo olor estuvo a punto de hacerlo desistir y salir huyendo de allí. En cambio, con gran valor, soportó esa dura prueba y, al momento, salió, también, con una cara llena de felicidad. La sirena del barco lo hizo reaccionar y se acordó de su mujer. Al salir comprobó que no estaba fuera. Eso lo inquietó. Era posible que al no verlo hubiese subido al barco, creyendo que él también lo había hecho. Juan se sentía agitado, fuera de control, una especie de hormigueo recorrió su cuerpo al mirar nuevamente su reloj y comprobar que tan solo quedaban diez minutos. No lo dudó y cuando vio a una señora salir del servicio le pidió que llamara a su mujer. Ésta volvió a entrar y Juan oyó como la llamaba por su nombre.
-Lo siento señor, parece que no está aquí. Nadie responde a ese nombre –Dijo la mujer mientras Juan empalidecía y su rostro se deshacía en una expresión de horror.
Sobresaltado y como si fuera un acto reflejo, Juan empezó a correr por todos los lados de la planta baja. No estaba en la cafetería y el resto era una inmensa sala donde se divisaba todo. Salió incluso al exterior y no estaba, como era de esperar. En ese momento se acordó de aquellos adelantos técnicos, que el consideraba que tenían más desventajas que ventajasy sacó el móvil apresuradamente para llamarla, pero con las prisas se le escapó de las manos y cayó al suelo destartalándose. Suspiró cuando por fin tras ponerle la batería comprobó que aún funcionaba.
Cógelo! –Gritó tras llamarla. Era extraño no contestaba. Parecía una pesadilla. Entonces sus pensamientos se enturbiaron y buscó una respuesta a todo lo que ocurría. Su mujer lo había dejado, pensó, siguiendo el ejemplo de su amiga Juani ¿Sería eso lo que quería? Se preguntó indignado. La sirena del barco volvió a sonar y Juan, instintivamente, salió corriendo hasta las escaleras mecánicas, que subió dando saltos de dos en dos escalones. Jadeante llegó hasta la puerta de seguridad.
-¿Han visto pasar a una mujer por aquí? –Preguntó Juan a los dos guardias, que se miraron entre sí.
-Sí, a más de una –Dijo uno divertido por la curiosa pregunta.
El simple “sí” calmó a Juan, es lo que quería oír, y entendió, rápidamente, que su mujer no podía estar en otro lugar que en las entrañas de aquel barco. Cuando llegó a la escala del barco, los marineros insistían en que se diera prisa, comprobando que era el último en entrar.