jueves, 2 de julio de 2009

Andamana, la reina mala VIII

Desde hacía algún tiempo la palabra gentilhombres había perdido su masculinidad. Ciertas mujeres habían accedido a la asamblea por designación real. Algunas harimaguadas y la guayresa Andamana resumían la aportación femenina. Los hombres aún no se habían acostumbrado a su presencia y, aunque correctos con ellas, no solían darles conversación. Quizás se debía a que los nobles tenían prohibido dirigirse a las mujeres cuando se las encontraban solas por los caminos, delito que estaba castigado con la pena de muerte.
Andamana no necesitaba oír ni hablar con nadie para darse cuenta de las cosas. Perspicaz, observadora y más inteligente que cualquiera de los hombres presentes, poseía un olfato especial para presentir los acontecimientos. Su demoledora oratoria estaba provista de una afilada ironía que destrozaba a sus adversarios, a los que después golpeaba con una profunda y sonora carcajada ahogándolos definitívamente.
A sus cuarenta y tantos años largos disfrutaba de una madurez exquisita. Para ser mujer tenía una respetable altura que exageraba su delgadez. En los días de calor asomaban sus hombros de suave piel dorada. Su largo cuello tensado por esbeltos músculos quedaba desnudo cuando se recogía su larga cabellera sobre su espalda, bajo la que aparecían unas afiladas orejas. A veces, cuando el calor aligeraba su ropa, se adivinaban unos pechos decididos, bajo los cuales las ordenadas costillas se sucedían estrechando su vientre hasta su marcada cintura, donde nacían unas caderas cómplices de hermosas nalgas por las que se deslizaban fuertes pero delgadas piernas contorneadas.
La alegre mirada del curioso se sobresaltaba cuando de repente la mirada penetrante de sus brillantes ojos negros, que sobresalía del antifaz, se clavaban en los ojos de los atrevidos profanadores. Un escalofrío recorría sus cuerpos antes de poder liberarse, apresuradamente, de su imagen. Andamana no dejaba de ser un personaje controvertido. Mitad princesa mitad bruja o adivina, siempre era el centro de todas las miradas escondidas y los comentarios sordos.
Los más viejos aún recordaban a la pequeña dulce y juguetona antes de ingresar en el cenobio. Sus correrías siempre terminaban en los brazos de su orgulloso padre mientras, desde lejos, la dulce mirada atenta de su madre la vigilaba complacientemente. Andamana no era la misma. Lo dejó de ser cuando el humo asfixió su adolescencia y el fuego su gracioso joven rostro. La muerte trágica e inesperada de su madre pareció hundirla en un mundo gris e insensible y sobre sus delicados hombros cayó el peso de muchos años que aplastó su juventud. Sin embargo, no se refugió en la locura o la desesperación ni se marchitó su vitalidad como su belleza. Los dos largos años en la que estuvo recluida en Chipude, recuperándose de sus graves heridas, la hizo más fuerte. Sus lágrimas se endurecieron para nunca más volver a llorar. Ni siquiera las siguientes desgracias ensombrecieron su mirada. Aún se sorprenden los lugareños cuando recuerdan haberla visto bajar sola por el escabroso sendero que baja desde la Fortaleza de Chipude hasta el pueblo. Parecía un ser fantasmal envuelta en harapos y el rostro cubierto. Sabían que era ella, no podía ser otra, la princesa Andamana, aunque nunca la hubiesen visto desde que la dejaron allí al cuidado del viejo Gerehagua y su mujer. El despreciado Gerehagua hacía las funciones de enterrador y embalsamador pero sus amplios conocimientos lo facultaban como sanador. Muchos acudían a él, a pesar de despertar en sus pacientes un cierto pavor y repugnancia. No era de extrañar, aquel viejo descuidado y maloliente, tenía un carácter irascible que lo hacía acreedor de su fama de loco solitario.