sábado, 28 de noviembre de 2009

Ya es tarde


En esta noche te recuerdo como una noche,
entre el sueño dormido y atormentado,
cuando la brisa se convierte en sudor
sin saber si realmente exististe alguna vez.
Cuando despertaba en medio de la oscuridad,
recuerdo ver tus ojos, mirándome
sentir tu pelo, acariciándo mi cara,
mis latidos golpeándome
en medio de un silencio de susurros,
cuando los labios se humedecen
y la piel grita.
El espacio se llenaba de ti
y la soledad de tu recuerdo.
Alrededor de la cama,
no nos dimos cuenta de que el mundo giraba
y las agujas del reloj,
los segundos eternos se hicieron minutos
y éstos pasaron y pasaron…
El tiempo moldeándonos a su antojo nos separó
por un mar infinito lleno de horizontes,
en la distancia donde los ecos mueren,
donde la pasión se vuelve añoranza
y después recuerdo.
Aún me quedaron palabras que decirte
porque no fueron suficientes,
aún te debo casi la vida
porque entonces me sentí tan vivo
y quisiera decirte, explicarte y sentirte
pero se que ya es tarde.
Y sé
Que no sé si realmente exististe alguna vez.

Historias de nosotros


Dicen que después de todo aquello las cenizas cayeron cubriéndolo todo. Pasó mucho tiempo hasta que una tenue luz fue surgiendo en la oscuridad, que se fue haciendo cada vez más intensa, en medio del viento y el oleaje, rompiendo el techo plomizo, y dejando al descubierto un inmenso cielo azul, cubierto de noches estrelladas y amaneceres radiantes.

Las olas mecieron las semillas hasta que germinaron pariendo vida. Las raíces rompieron la piedra y en los bosques surgieron sonidos de las hojas, balanceadas por la brisa y del murmullo del agua, que pronto se fueron confundiendo con otros ruidos hasta que se oyeron los primeros gritos. Los simios se contaban viejas historias con sus miradas, desde que fueron expulsados del paraíso, y cuando descendieron, temerosos, comenzó la gran aventura.

Las áridas tierras se helaron y, en las acogedoras cuevas, ratas y cucarachas se convirtieron en convidados de aquellos seres. Cuando todo pasó volvieron los ríos, donde nacieron los dioses y los héroes, para protegernos. Sus milagros y hazañas fueron contados de boca en boca durante generaciones. Asia se moría de riqueza cuando sus hijas fueron raptadas, fue entonces cuando los escribas lo contaron todo en sus escritos.

Los hombres se pintaban la cara antes de morir en la lucha y sus mujeres parían más hijos para llorarlos. Las lágrimas recorrieron los valles azotados por los hombres de las llanuras y las cadenas se apoderaron de los esclavos. El amor se volvió pasión y deseo. Hombres y mujeres fueron perseguidos y ultrajados. El rencor y la venganza nacieron de la traición y el engaño, y nuevos puñales atravesaron las gargantas maldiciéndolos por sus infamias, infanticidios, parricidios, celos o envidias.

El infierno se abrió bajo sus pies para atormentar a los pecadores, a los ignorantes, a los que no tenían nada que perder. De él surgió la cruz y la espada para propagar la fe en el amor, el amor en la fe, la guerra santa. Los herejes perdieron la razón para volverse santos y los caballeros lucharon contra el mal, los dragones y los molinos de viento, mientras sus soñadas princesas se acostaban con reyes y papas. Nunca más se supo la verdad y los chorros de sangre se confundieron con los ríos de tinta, que inundaban los papeles, escupidos por plumas de todos los colores.

Ahora, dicen que todo eso fue mentira, que en realidad todos se volvieron esclavos que buscaban la libertad, la igualdad y la patria para crear nuevos esclavos. En las guerras se excavaron grandes fosas que sirvieron como tumbas lloradas por los románticos mientras los surrealistas se buscaban en los sueños y los expresionistas se horrorizaban al descubrir quienes éramos realmente. El mundo cambió, los bosques desaparecieron y el humo de las chimeneas cayó cubriéndolo todo en medio de esa sensación de hastío.