sábado, 13 de febrero de 2010

Haití



Lejos,
el pecho se desgarra,
y no queremos oír
el silencio ensordecedor
de la miseria
cuando huele a muerte.
La ciudad se vuelve cenizas,
cementerio desordenado,
y sus flores se manchan de sangre
en el carnaval desolado
tras la resaca.
El luto hecho piel,
empolvada,
enviuda Haití,
quedando huérfana para siempre,
mientras sus hijos mueren
bajo los escombros,
como si fueran semillas
de donde nacen otros muertos,
y sus gritos se oyen en la noche quieta,
y las manos buscan las bocas
para no gritar
y esconder las lágrimas
en el mar donde se hunde tu rabia,
donde se ahogaron tus sueños
de libertad,
y ahora
la tristeza
se extiende como un bálsamo,
que adormece,
en sus aguas sin espuma,
donde la esperanza no crece
sin tiempo para creer en ti,
pero vuelves,
y resurges
tras una sonrisa,
en la canción que cruza la mañana,
con los ojos húmedos
y cerrados,
cuando el sol descubre entre tus brazos
la palidez del hijo muerto,
la despedida que se repite
para alimentar
las raíces profundas
que te sustentan.