jueves, 18 de febrero de 2010

Mi abuelo Antonio (III)

Los años siguieron pasando, el tiempo, igual que la luz cambiaba las formas. Cuando dejé de ser niño, llegó el momento de que me explicaran algunas cosas, o las mismas, pero de otra manera. Mis padres, junto a los familiares que nos visitaban, se volvían hacia nosotros, sus hijos o sobrinos, para convertirnos en cómplices de sus secretos, que contaban entre risas y “fiestas”. Fueron en esos años cuando aprendimos a admirar y querer más a aquellos familiares y conocidos, que se mantenían casi como ausentes, marginados e imposibilitados por una vida que se volvía decadencia para ellos. Descubrimos, en ellos, a verdaderos héroes y heroínas, aventureros, artistas anónimos e ingeniosos personajes. Sin embargo, otros parecían renacer o revivir esos gloriosos momentos, y por un instante perdían la sordera, para no perderse un detalle de las conversaciones, que, siempre, empezaban contándose casi en silencio, para terminar en una explosión de carcajadas. Era cuando los personajes, aún vivos, terminaban desternillándose y casi revolcándose en los sillones, y sus artrosis, artritis, lumbalgias, cojeras y demás males salían despedidos por los aires. En esas reuniones familiares nos sentíamos más unidos que nunca, como si fuésemos en un mismo barco, aquellos lejanos ancestros los sentíamos como si nosotros fuéramos ellos. Los más jóvenes, en ocasiones interrumpíamos el relato, para buscar respuestas y, entonces, la historia tomaba otros derroteros, como si se tratara de un velero a merced de los vientos. Yo solía preguntar por él, más que por curiosidad, lo hacía para confirmar mis sospechas. Me fui enterando, poco a poco, de sus peripecias: como el joven majorero se fue labrando un porvenir, sin la ayuda de nadie, trabajando en los más variopintos oficios, hasta que se encontró trabajando en la construcción de carreteras, que iban hacia el interior, descubriendo las entrañas de la isla, y en esas entrañas también descubrió el amor, que fue creciendo en forma de una ristra de hijos. Una ristra que fue aumentando desde las islas hasta Venezuela y Cuba, para regresar posteriormente sin dejar de crecer. De todos ellos, Isabel, parecía una perla entre tantos frutos, una perla delicada, admirada por todos, con un brillo que se apagaba, con frecuencia, cuando la enfermedad se volvía cruel. Mi tío Ramón, en cambio, era una tormenta tropical en medio de la manigua. Nacido en Cuba, se crió en medio del campo, compartiendo correrías y travesuras con sus amigos mulatos, mayores que él, al que llamaban “guancito”. Mis abuelos no recordaban en que momento saltó de la cuna al campo, para seguir creciendo entre la maleza, como una fiera más. La historia de la familia se extendió por épocas luminosas, alegres, felices y divertidas, pero, también, llegaron tiempos tristes, de guerra y represión, de muertes, suicidios y desapariciones, que la memoria quiere olvidar y correr un tupido velo. Mi tío Ramón apenas tenía veinte años cuando se fue a la Guerra, fue voluntario, se alistó en la División Azul, destinada a ayudar a la Alemania hitleriana en el frente ruso. Mis abuelos parecían morir de tristeza cuando dejaron de tener noticias de él. Lo último que supieron es que estaba en el asedio de Leningrado. Mi abuelo quiso impedir su marcha, pero sabía que en aquella época de miseria el dinero que ganaría sería vital para curar la enfermedad de Isabel.