lunes, 14 de diciembre de 2009

Memorias


No sabría explicar como ocurrió todo, ni tan siquiera en que preciso momento sucedió, tampoco recuerdo cómo era ese extraño lugar. El tiempo no nos deja ver más allá de su sombra y es posible que, ya, haya transcurrido demasiado desde entonces. Pero esa idea me da vueltas y vueltas sin parar, y no puedo concentrarme en otra cosa. Antes, al menos, era capaz de distinguir las sombras, de las nubes grises, de la oscuridad de la noche; el frío del calor, pero ya..., ya no. Los silencios me asustan, es como un túnel largo y oscuro del que pueden surgir los extraños seres, que caminan vacilantes, como si estuvieran a punto de desvanecerse, pero en realidad nos acechan, lo sé. Hay que estar atento, nunca puedes cerrar los ojos, si lo haces te atacan despiadadamente, a la vez que gritan enfurecidos: “¡agüelo, agüelooo!”.

Si al menos pudiese recordar…

Hogar


El Sol toca la mañana,
desperezándose,
y acaricia la fría piel temblorosa,
los ojos se cierran despacio,
mientras susurra la brisa al oído,
para sentir su calor.
El tiempo se adormece,
retorciéndose sobre sí mismo,
sin que nada cambie.
Los segundos se vuelven latidos
y los minutos sangre
que fluye por los arroyos
hasta abrazarse a los ríos, que besan el mar.
La soledad se llena de recuerdos,
como adornos navideños,
que acompañan en el recorrido,
mientras los pensamientos nos buscan,
a los nómadas del desierto,
un espacio cálido donde vivir:
en las inmensas praderas del pasado,
agrietadas por vertiginosos abismos;
en la espesura del bosque selvático,
incierto destino soñado;
en las playas arenosas de espuma blanca,
orilla de horizontes
donde se desvanece el eco
en forma de olas.
Pero cuando abrimos los ojos
volvemos a caminar,
siempre por los mismos caminos,
atrapados por las mismas paredes
como tumbas hogareñas.