miércoles, 6 de junio de 2012

Alma de nariz




            El día en que nació, sus ojos le negaron la mirada; sus oídos lo enclaustraron en el silencio; su voz,  sin savia que lo hiciera crecer, se marchitó para siempre. Desde entonces, el olor del llanto o el aroma de la risa fueron su único cordón umbilical que lo mantenía unido al mundo. Los años pasaron entre las frías fragancias del invierno y  los resecos amaneceres del verano; entre las rebeldes esencias de primavera y la fetidez otoñal de lo caduco.  Así, su nariz se convirtió en su alma, donde se acumulaban sus sentidos, que daban forma a sus sensaciones, sus sentimientos, sus emociones. Husmeó mil lugares, con sus emanaciones tan particulares que los rondaban: la pestilencia del vicio y  la degradación; el hedor penetrante del egoísmo; pudo diferenciar donde se respiraba solidaridad y bondad de aquellos otros lugares que apestaban a maldad y codicia.
            El día que lo operaron, sin saber por qué ni para qué, despertó horrorizado al comprobar que no podía olfatear la luz ni oler los colores. Todo le pareció insípido y sólo cuando cerraba fuertemente los ojos podía encontrarse con sí mismo y entender su mundo tan diferente al que acababa de descubrir. Desquiciado, el suicidio lo acercó a la muerte y lo alejó definitivamente de una vida aún por disfrutar. Desde entonces, dicen, que su alma penitente ronda por las noches  los cementerios adornados con flores frescas, los asilos llenos de ternura, o cualquier hogar donde una tarta al horno se haya quemado. También cuentan que su espectro tiene forma de una nariz grande y feliz.

4 comentarios:

Isolda Wagner dijo...

La importancia del olfato, se fundamenta en los recuerdos. Pobre del que le quiten lo único que tenía. Me encantó esa frase, "el suicidio le acercó a la muerte", ¡qué otra cosa le queda a quién no tiene vivencias! Precioso, Marcos. Un beso hasta tu sur

Marcos Alonso dijo...

Gracias, Isolda. Este micro lo publiqué en la Esfera para el concurso "Con un par de narices" ahora lo he rescatado para este blog. Tienes mucha razón, agudizamos unos sentidos cuando nos fallas otros, y estos se agarran a las cosas dándoles forma y empaquetándolas como recuerdos que siempre se recupera con el simple olfato. Un abrazo, amiga.

Javier Ximens dijo...

Jo, Marcos, lo que he tardado en encontrar tu blog, pensé que no tenías allá en noviembre cuando te hiciste seguidor del mío. Pero buen, aquí estamos. Este relato es muy difícil de crear y a ese nivel. Prescindir de los sentidos y solo conservar el olfato y el gusto es un buen ejercicio para desarrollar la creatividad. Me gusta el relato por lo que mantiene de historia oculta, la ceguera en la que vivimos al no saber apreciar lo importante. No me gusta que se suicide al final, jeje, pero bueno. Venga, nos leemos. Un abrazo.

GAVIOTA dijo...

Hola Marcos, hace un buen de tiempo que no venía a verte, pero aki ando de nuevo, este relato se me ha hecho triste pero a la vez interesante, ya que uno siempre usa sus cinco sentidos, qué hacer cuando le falta uno? sólo adaptarse agudizando los demás pero que ya le falten cuatro? caray que enorme esfuerzo.
Muchos saludos y ya me paseo de nuevo para contigo.

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Alguna veces, cuando los días nos dejan solos huelo la sal de tu ausencia y presiento el murmullo de tus secretos que se petrifica...