lunes, 11 de octubre de 2010

SARAQUSTA





Sobre los campos de batalla

se esparcieron las cenizas de tus hijos

y la tierra se volvió fértil y amable.



Ahora su orgullo se erige firme y férreo

sobre los tejados de sus moradores,

temerosos de la cólera de los dioses

con su aliento helado del Cierzo,

el inquisitorial tormento del sol del verano.





Impasible…

como en un remanso

recostada sobre el inmenso valle

el río te bendice con sus aguas

que son tus venas ensangrentadas,

la de tus hijos derramada,

la que amasa la tierra

de donde salen los ladrillos que te encarnan

construyendo Historia

entre murallas y llantos.



Y Como una gran madre

pariendo dolor

tu mirada se eleva

sobre la llanura,

vigilante



sábado, 9 de octubre de 2010

Mi amiga

     Sé que tengo que acostumbrarme a oír el susurro de la brisa destemplada, que confundo con tu voz, cuando acaricia el rostro amigo. Sé que el futuro ya no será igual sin ti cuando los horizontes del mar, ahora desabrido, se rindan y se nieguen a seguir la partida, como si les hubiesen hecho trampa.

Nunca pensé que se notara tanto una estrella más en el cielo, y que su calor fundiera el hielo de nuestras almas para arrancar viejas lágrimas contenidas que ahora brotan de nuestros ojos cuando tu recuerdo nos invade.

     Sé que te llamamos, en voz baja, cuando estamos solos, para que compartas tu risa con nosotros y siembres con ella la cálida paz que nos hace sonreír y nos llena intensamente.

     Ahora sé que la vida tiene color y perfume, un color lleno de matices que has pintado en nuestras vidas, que no precisa de contornos para descubrir la verdadera importancia de las cosas, y ese aroma intenso, lleno de esencias, que has dejado en el aire y que respiramos hasta que nos duele el pecho, sin desperdiciar las más mínimas sensaciones ni el más insignificante detalle.

     Y siempre sentiremos tu presencia porque te llevamos dentro, en lo más hondo, acompañados de tu sonrisa, contemplando tu brillo que nos ilumina y da fuerzas.

En memoria de Angélica

martes, 31 de agosto de 2010

Tras la sonrisa XVII




    La noche se anunciaba hermosa. El mar, tranquilo, se oscurecía de sombras y el barco parecía batir las olas con suavidad, como si caminara de puntillas. A lo lejos, los últimos destellos de luz se apagaban sobre la costa, que se adivinaba en el Poniente, coronada por un velo sedoso de nubes ensangrentadas. El mar susurraba y la brisa fresca aliviaba los cuerpos ligeros y agobiados que subían a cubierta para despedirse del día y contemplar el cielo estrellado y limpio, como un guiño de la buena suerte, antes de ir a cenar al restaurante.

   Juani lucía un traje muy colorido de estampes étnicos, que le daba un aspecto muy juvenil y resaltaba su bronceado y su melena rubia. Subía las escaleras de forma apresurada y risueña, sujetándose el traje y el chal. En su mano tenía el móvil, que volvía a mirar, “Estamos en cubierta, tenemos poca batería, Victoria”. La coquetería de Juani le pasa algunas facturas, se negaba a llevar gafas, “…total, apenas son un par de dioptrías...”, en realidad las suficiente para confundirse con frecuencia y perder amistades o hacer amigos anónimos. Allí la vio, sobre la otra cubierta, con el pañuelo ondeando al viento, mientras la saludaba con la mano.

-¡Victoria! –Grito, mientras su amiga levanta, aún, más el brazo, confirmando ser quién Juani creía que era.

   No se terminaba de acostumbrar a orientarse en el gran barco, ni lograba identificar los lugares del navío con claridad y, con frecuencia, daba vueltas sin darse cuenta que volvía al mismo lugar. Tardó en encontrar la escalera exterior, con la que subir a la cubierta superior, cuando lo estaba haciendo, notó como el viento arreciaba, fruto de la velocidad del barco y el viento en contra. Una vez arriba, buscó a su amiga, protegiéndose los ojos del viento con una mano, mientras que con la otra sostenía el pequeño y gracioso bolsito que lo sujetaba junto al chal, para que no se volase. No la vio donde esperaba. Extrañada corrió por un lado del barco, no había nadie, parecía que ya todos habían bajado a cenar. Bueno, se veía una luz…, una luz reflejada en una especie de… esfera muy grande…que se elevaba por la chimenea y caía por las cubiertas rodando… En la superficie transparente se formaban dibujos, que pronto se deformaban adoptando colores muy tenues, para volver a aparecer figuras con mayor claridad. Juani estaba tan extrañada como yo, no lográbamos entender todo aquello, parecía un sueño… hasta que de repente lo vimos con claridad… ¡Eran nuestros amigos lectores! ¡Dácil Martín y Amando Carabias! Se movían por la superficie de la gran pelota transparente, sin que pareciese que se percataran de que estaban allí. Miraban a todas partes, sin que se vieran, parecían felices, al menos sus sonrisas los delataban, y se empeñaban en agacharse, como si se escondiesen, realmente parecían unos polizones. Un fuerte azote de viento hizo que Juani cerrase los ojos con fuerza, cuando volvió a abrirlos la pelota había desaparecido, entonces dudamos de que todo aquello hubiese sido real. Sin embargo, y cuando ya parecía renunciar a buscar a su amiga vio un bulto que se movía tras una de las grandes vigas exteriores, junto a la barcazas que quedaban colgadas sobre la cubierta. Con disimulo se acercó, evitando que la vieran, al hacerlo oyó unos sonidos inaudibles pero presintió que eran gritos de una mujer, pensó en Victoria, Un hombre parecía furioso y forcejaba con ella. De repente el hombre la golpeó y, al perder el equilibrio la mujer, éste aprovechó para empujarla fuera de la borda y sin mucho esfuerzo la tiró hacia el mar. La silueta del hombre parecíó petrificarse, encorbado hacia el exterior, mientras se llevaba las manos a la cabeza. Sin embargo, a los pocos segundo reaccionó, moviendose rápidamente, a la vez que miraba a su alrededor buscando algún testigo, antes de desaparecer apresuradamente. El corazón de Juaní dio un golpe, como si quisiera salir del pecho, quedando sin respiración cuando de un salto se ocultó tras un saliente. Sus ojos se afanaban en desprenderse de sus órbitas, como si se quisieran arrojar al vacío. No lo podía creer, se repetía una y otra vez y como si fuese un autómata. Enseguida hizo el montaje de la película; se veía venir, el bueno de Juan, por una vez en su vida despertó el demonio que llevaba dentro, nunca lo habían oído rechistar ni quejarse de lo más mínimo.

miércoles, 16 de junio de 2010

El renacimiento de Eva

Resurges impetuosa
enarbolando la razón de los deseos,
los hechos consumados de la imaginación;
provocadora,
te acompaña la mirada que petrifica,
gorgona contemporánea,
que acechas asesina;
humedad de voluptuosas formas,
gotas que acarician tu cuerpo
entre los granos arenosos
que condecoran tu piel mojada;
las huellas que se arrastran por el pasado,
de turbios recuerdos,
en la arena ensalitrada,
te persiguen atormentadas
sin alcanzar tu desmemoria,
y una ingenua sonrisa,
casi maliciosa,


borra esa estela
de espuma blanca,
que brota del semen marino
del dios dolorido,
déspota celeste,
violador de voluntades
que copula sobre la tierra fértil
y que te engendró
entre el grito desgarrado
y el deseo incontrolable.
Ahora llevas en los ojos
el brillo de tu padre,
su prepotencia
en tu belleza exultante,
su fuerza
en tu fragancia irresistible,
su rabia
en tu contoneo sinuoso,
su obsesión
en tus pérfidas promesas,
su locura
en tu deseo caprichoso
que contagias a los mortales,
arrebatándoles la razón
cuando la desesperación llega
tras desvanecerte en sus sueños.

jueves, 10 de junio de 2010

Tras la sonrisa (XVI)


-¿No te habré despertado Victoria? ¿te noto como si estuvieses media dormida? –Preguntó Juani, temiendo haber sido imprudente.

-No, no es nada, solo que me acosté un rato sobre los cartones porque estaba un poco mareada- Dijo Victoria Eugenia, aparentando normalidad pero sin quitarle un ojo a su vecino.
-¿Sobre los cartones? -Preguntó extrañada Juani.
-Ah, no, es un decir, me refiero a los colchones de la suite. La verdad que está estupenda, la decoración es preciosa y las vistas ni te cuento –Explicaba Victoria Eugenia con todo lujo de detalles, mientras el hombre negro, que se había sentado al el otro lado de la callejuela, miraba a su alrededor buscando, atónito, la “decoración preciosa” de la que hablaba Victoria Eugenia.
-¡Vaya! Con que una suite, ya veo que os va de maravilla. Por cierto, hemos visto a Juan hace un momento pero lo hemos perdido. Estaba muy gracioso y divertido hablando con una camarera morena muy guapa y bailando –Dijo Juani insinuósamente.
-Gracioso sí, no te imaginas las gracias que me ha hecho, no he parado de reírme, aunque, no creas, yo he bailado también lo mío, tengo los pies destrozados –Dijo Victoria Eugenia disimulando su situación.
- Oye, a ver si nos vemos pronto, lo vamos a pasar de maravilla, ya verás –Dijo Juani muy animada y deseando encontrarse con su amiga.
-Sí, la verdad que sí, Juani, este crucero es una maravilla –Dijo con lágrimas en los ojos- lo vamos a pasar muy bien. Ya Juan llamará para vernos, que mi móvil no funciona bien y me estoy quedando sin batería –Dijo Victoria Eugenia, antes de despedirse apresuradamente cuando observó que se acercaba una pareja de la policía municipal.
Como pudo, se levantó muy dolorida y se acercó a los dos policías, muy compungida y nerviosa, agarrando a uno de ellos, sin darse cuenta del aspecto que presentaba.
-¡Agente, agente, ese africano me ha atacado! –Gritó, señalando al hombre negro, sin soltar al policía, que se asqueaba al verla tan sucia y con las manos ensangrentadas.
-¡Quita loca! –La apartó el policía con expresión de repugnancia para después sacudir su uniforme como si evitara contagiarse de algo.
-Espere un momento -Dijo uno de los agentes, mientras el otro se acercó al hombre negro, que miraba impasible preparándose un café con una pequeña cocinilla de camping.
-Buenas tardes, Doctor Janssen –Saludó militarmente el agente cuadrándose delante del “africano” ante la sorpresa de Victoria Eugenia.
-Hola Migué –Respondió el doctor- ¿cómo va eso? –Preguntó sin dejar lo que estaba haciendo.
-¿Qué ha ocurrido aquí, Yan? –Le preguntó el municipal.
Yan le contestó en voz baja al policía, que le interrogaba, mirando de reojo a Victoria Eugenia, que recibía las aclaraciones del otro agente y se enervaba, al comprobar que el interlocutor de Yan se reía sin parar al escucharlo.
-¿Cómo que doctor? –Se quejaba Victoria Eugenia por el trato que le dispensaban a Yan.
-Sí, es un doctor holandés y es muy apreciado en el barrio.
Cuando el otro agente regresó sonriente, también saludó a Victoria Eugenia, que se seguía mostrando contrariada y enfadada.
-Bueno señora, al parecer ha habido un malentendido. Usted se ha caído y el doctor Janssen, simplemente, la ha atendido –Dijo, señalando al vendaje casero que llevaba puesto Victoria Eugenia en la rodilla, antes de despedirse y seguir su camino sin dar más explicaciones a la que parecía una mendiga loca.
-Adiós, doctor Yan. Adiós, señora. Ah, y que tenga una feliz travesía y disfrute de la suite –Dijo el policía riendo, ante la extrañeza de su compañero.

Victoria Eugenia incrédula ante lo que estaba viviendo, no entendía como el agente municipal sabía lo del crucero ni como aquel espantapájaros era holandés y doctor. Ahora, comprendía el numerito que había montado y se sentía ridícula y avergonzada ante el gentil doctor. Tras recoger sus cosas, se acercó hasta Yan y, tragándose su orgullo con gran esfuerzo, se disculpó como pudo, sin que Yan le hiciera mucho caso. Éste le puso una tacita de café en las manos de Victoria Eugenia, sin que ésta se atreviera a rechazarlo, hacía tiempo que no había comido nada y ya su estómago se empezaba a quejar. Sentada en aquel rincón tecleó un mensaje por el móvil y se quedó quieta, sin quejarse, compartiendo algunas galletas con Yan, hasta que quedó rendida sin darse cuenta.

lunes, 7 de junio de 2010

Chani en el bosque encantado

   Durante años hemos recorrido el mismo pasillo, estrecho y oscuro, donde la luz se vuelve miserable y anidan tristes azulejos, que la sombra decolora; hijo de los días grises que nos apenan como si fuera catacumbas, asfixiando las sonrisas y encendiendo los ojos que buscan angustiados la salida. Y cuando crees que ésta se aproxima, las corrientes humanas se arremolinan llevándonos con ellas para alejarnos de nuestro destino.

   Cuando vemos un claro en el bosque, luchamos contracorriente entre las raíces agrias y fuertes, de savia añeja y cortezas rencorosas, para llegar a un recodo del río donde surge una luz amable que nos invita a descansar. Es un lugar fresco y familiar, con agradables fragancias, que nos insita a charlar y reír, olvidándonos del fatigoso viaje y del próximo encuentro con belicosas tribus río arriba.

   Como una lámpara de los deseos, conseguimos todos los pertrechos para proseguir el viaje. Una voz amiga te complacerá y sus ojos se iluminarán para darte la bienvenida en forma de tierna sonrisa. Allí descansamos y dejamos la pesada carga, el malhumor o las penas, que son quemadas en hogueras festivas purificándolo todo y sus malos humos son aspirados por los árboles milenarios de savia rica.

   Si preguntas por ella todos la conocerán y recordarán su paso por esas aguas como un canto de sirena del que ya no querrás separarte. Y, mientras el reposo se vuelve placentero, te contarán mil historias y leyendas, que te llenan de curiosidad y tu mente vuela hacia otros mundos encantados, de misterios insondables, y mil imágenes se mostrarán ante ti para contarte tantas historias incontables.

   Sí, esa parte del bosque encantado tiene alma. Desde hace más de cuarenta años, cada día, ella hace respirar a la jungla, sin que los demás nos demos cuenta, y alimenta cada uno de sus latidos… y las fieras se vuelven dóciles, al verla, respetuosas y agradecidas, casi siempre.

   Son muchos años y algún día se irá, y sabemos que ese día será pronto, muy pronto, inevitable… Después, seguiremos viajando por estos ríos secos entre penumbras, en cada recodo habrá luz y su huella quedará, siempre; pero, cuando pases por ese lugar, no podrás evitar sonreír, porque sabrás que, de alguna manera, seguirá ahí y te sentirás chanimente feliz.

jueves, 3 de junio de 2010

Momento


Como ladrillos que recorren la pared,
el dolor se amasa con sombra fresca


y se cuecen
a fuego lento,
viejo,
ahumado por la culpa
con su calor sucio
que corrompe
y la salud se reciente
hasta que grita,
como un manifiesto
que propugna el fin de algo,
algo que ya no queda,
como si fuera el alma rota,
una coma en cada frase,
un respirar profundo
cuando no tenemos nada que perder,
cuando el reino se ha rendido
y la luz se aleja en la tarde,
 despacio,
 vislumbrando la sombra muerta,
el momento último,
   la mirada quieta,
el frío mármol.

miércoles, 2 de junio de 2010

Cuentos chinos

   Nunca antes había escrito sobre mí en este blog, no lo había considerado necesario, ni siquiera para opinar sobre algún hecho o alguna cuestión, no es esa la función que dio luz a este blog, y que aspira a reflejar el pulso artístico y literario actual.

   Permítanme, sólo hoy, pues puede ser la última vez que escriba, que me desfogue, ahora que me siento triste y amargado; y siento decirlo, creo que también lo estarán ustedes cuando terminen de leer este artículo, al menos aquellos que les gustan escribir y/o sueña con ser escritores algún día.

   Nos gusta ser aceptados, por eso vestimos a la moda; vamos a la peluquería (en mi caso es un decir) para que nos hagan peinados que desafían las más elementales leyes de la gravedad; aprendemos chistes, incluso los ensayamos en casa, para luego, entre los amigos, resultar graciosos y simpáticos; o nos empapamos en documentales televisivos, Internet o libros sobre diversos temas, desde el futbol hasta la influencia de los caracoles polinesios en el desarrollo artístico del Renacimiento y sus consecuencias en el modelo turístico alternativo.

   A los que nos gusta escribir, los escribidores, como diría mi amigo Amando Carabias, o a los que ya son escritores con-sagrados o con-sangrados, también, queremos gustar a los lectores. Queremos que nos lean y nos aplaudan, lo necesitamos, es lo que da sentido a lo que hacemos, lo que nos mueve y da fuerzas.

   Pero cuando el arte se vuelve ciencia, o peor aún, negocio, caemos en las manos más deshumanizadas del Liberalismo económico y las leyes del mercado, allí donde concurren la oferta y la demanda, en nuestro caso escritores y lectores. Si yo fuese el único escritor, por muy mal que escribiese, sería el más famoso y todos me leerían. La realidad no nos quiere sonreír, cada día son más los que quieren escribir para los menos que quieren leer. La suerte de los árboles es nuestra desgracia, se prevé que disminuya la publicación de libros, mientras que los soportes informáticos se extienden como un virus con inmunodeficiencia adquirida, con ellos también todos nos convertimos en autores cibernéticos en busca de lectores. Sin duda somos muchos: lo aceptamos y mantenemos nuestras esperanzas. Sin embargo, hoy me derrumbado tras llamarme la atención un artículo: “Un millón de chinos se ganan la vida escribiendo en Internet”. Ya lo he decidido, volveré a mi anterior afición, la jardinería tiene la ventaja que le puedes contar mil cosas a las plantas sin la menor queja por su parte, además, siempre podrás contar con ellas, siempre estarán ahí, contigo.

lunes, 31 de mayo de 2010

Tras la sonrisa (XV)

   El gentío bailaba, reía y todos levantaban sus manos, también Juan, que se atrevía a dejarse llevar por el ritmo de la música, tarareando el estribillo de algunas canciones, como si aquel brebaje mágico lo hubiese transformado, dándole un poder que desconocía.

   Todo empezaba a resultar familiar y sus desconocidos amigos lo miraban con simpatía, reían y cantaban en torno a él, que no se percataba del magnetismo que resultaba tener, ni como muchos lo seguían, imitándolo. Se sentía reconocido. Incluso los del fondo lo saludaba desde lejos, en especial una atractiva mujer cuyo pareo era permisivo a las miradas que adivinaban su coqueto cuerpo. A su lado, un hombre fornido y muy bronceado, que llevaba unas bermudas con figuras verdes, también levantaba su copa. Él, Juan, sonreía hasta que, de forma inesperada, su expresión se heló “!joder, pero si es el purasangre!” –gritó en su interior, acordándose, de golpe, de aquella promesa en forma de juramento: “¡Prométemelo Juan! Tienes que ingeniártelas para hacer ver a todo el mundo que estoy en el barco”. Sin saber como enfrentarse a esa comprometida situación se agachó repentinamente, escabulléndose de allí caminando como si fuera un pato, perseguido de la misma manera por algunos de sus más fervientes y animados seguidores, que creyeron ver en aquella actuación un nuevo baile veraniego, hasta las escaleras más próximas, por donde huyó apresuradamente, internándose por las laberínticas entrañas del gigante marino.

   Juani y Joaquín estaban encantados de haber encontrado a Juan, lo que les inducía a creer que pronto, también, encontraría a Victoria Eugenia; sin embargo, su ilusión pronto se volvió decepción al comprobar que Juan no se encontraba en aquella cubierta por más que buscasen, como si todo hubiese sido un espejismo. Extrañados, por no encontrarlos allí, la pareja no quiso renunciar a dar con sus amigos, no era una cuestión de rendirse, habían pasado muchos años, pensaba Juani, para, otra vez, volver a separarse.

   Se sentía aturdida, náufraga de un sueño turbio que se transformaba en pesadilla; los rayos de Sol del mediodía se alejaban cuando entraba en una tempestad tenebrosa, de la que luchaba por escapar desesperadamente, sus ojos parecían explotar y su cuerpo convulsionaba en medio de una resaca sudorosa hasta que algo la despertó. Era una voz dulce de una niña de acento mejicano que se volvía chillona e insistente. Sus ojos tardaron en acostumbrarse a la oscuridad de aquella estrecha y maloliente callejuela. Al observarse, se descubrió como una mujer despatarrada sobre cartones viejos y húmedos. Comprobó que su traje estaba desgarrado por algunas partes, entonces recordó dónde estaba y lo que había sucedido justo antes de desmayarse. Su corazón dio un vuelco y sus latidos se desbocaron, en medio de una sensación confusa de asco, rabia e indignación, pero pronto el miedo se apoderó de ella y sus miradas se lanzaron en la búsqueda del autor y responsable de todo aquello. La chillona seguía gritando, hasta convertirse en estridente, y, entonces, Victoria Eugenia se revolvió, de forma desesperada sobre los cartones, hasta dar con su móvil, como la que se agarra a un salvavidas, dispuesta a gritar y pedir auxilio. Pero, atragantada, antes de que pudiera decir ni una palabra, escuchó una voz familiar.
-¡Por fin lo coges querida! –Dijo Juani
-¡Aaah..? ¿eres tú? –Dijo, Victoria Eugenia, confusa, sorprendida y decepcionada, era la última persona que esperaba escuchar en ese momento, y a la que no podía, por ningún motivo, confesar su situación. Su mirada, de repente, se detuvo , casi como su corazón, al contemplar aquello ojos negros y profundos, que se le clavaban indiferentes, delante de ella, a escasos diez metros, mientras su cuerpo se helaba irremediablemente.

domingo, 30 de mayo de 2010

Loba

Del frío surgió una atmósfera de cristal
casi irrespirable,
que se rompía constantemente
por cada respiración entrecortada
por cada palabra,
pronunciada,
con la que maldecía,
esperanzada,
la loca hermosa
con rabia vieja.



Deambulaba,
sola,
por los estrechos desfiladeros
aprisionando sus sentidos
y disparando sus emociones contenidas;
luego,
llegaba hasta el riachuelo
siguiendo las huellas
que se arrastraban por la nieve,
sedienta,
donde lamía sus heridas
la hermosa loca,
en la soledad del bosque
acariciando su piel
mientras olía la sangre caliente,
la hembra sola,
de sus víctimas confiadas
y lloraba,
la vieja loba,
lloraba
en la noche fría.

viernes, 28 de mayo de 2010

Muerte o libertad



En cada madrugada
escucho los silencios disponibles,
la música de los gatos,
la danza del viento,
los viejos recuerdos
que amarillean para convertirse en sueños,
donde siempre apareces
en forma de silueta,
que anuncia tu desnudez,
evasiva,
dispuesta a huir
sin darme tu nombre.





Y mientras me acerco,
despacio,
ojeando los alrededores,
flotando en un mar graso y negro,
mis amigos, divertidos,
corren atraídos por la Ciudad Santa,
cuando la tormenta de nubes rojas
nos sorprende,
empapándonos de sangre.


Dudo
y tú te alejas
sin dejar estelas
que me lleven hasta tí
en medio de la neblina luminosa.
Huelo tu presencia,
dudo,
¿ muerte o  libertad?
no sé quién eres,
quizá ambas cosas.

lunes, 24 de mayo de 2010

Tras la sonrisa (XIV)

Cuando el móvil dejó de latir, creyó que se rompía el cordón umbilical que le había mantenido unido a ella durante tantos años, como si fuera amarras de aquel barco, y, de repente, el aire fresco impactó en su rostro a bocajarro, al alongarse al exterior desde la barandilla del barco, para perder su mirada entre la espuma que surgía como una risa.

Sus pensamientos se enredaban en el remolino de agua que persistía en acompañar al navío y se sumergía en una especie de vacío que parecía abarcarlo todo, sólo al fondo se oía el ritmo de la música, sin que apenas se pudiese distinguir la letra de Edwin Rivera. Una voz lejana repetía una y otra vez la misma palabra...

-Señor…! –Oyó finalmente cuando una mano femenina le tocó suavemente el hombro, haciéndolo girar en un acto reflejo- Perdone, le apetece un mojito –Dijo la camarera, con un acento dulce y caribeño.

De su rostro, lleno de una morenez iluminada, ligeramente escondido por su larga cabellera rizada, que era batida por el viento; brotaba la mirada de unos ojos rasgados color café, pero era su cálida sonrisa la que llamaba la atención, como si fuese la puerta del alma. Sus dientes, como un collar de perlas, resaltaban entre sus labios sensuales, dibujando una sonrisa de ensueño.

Juan, boquiabierto, la miraba sin decir nada, incrédulo, parecía que no se fiaba de sus propios ojos, adoptando una expresión que no se distinguía de la del bobo oficial del pueblo.

-Señor… -Insistió Marcela pacientemente, mientras hacía un ademán con la bandeja, sobre la que se amontonaban los vasos enramados con aquel mejunje .

Juan, indeciso, cogió uno de los vasos, mientras miraba de arriba abajo a la camarera, deduciendo su nombre por la plaquita que colgaba sobre el bolsillo de su camisa de rayas azules. Su edad, la disimulaba su aspecto juvenil y sus contorneadas piernas que eran censuradas por su corta falda pantalón, igualmente, azul.

La mirada silenciosa y melancólica de Juan le resultaba extraña en medio de aquella explosión de júbilo.

-¿Se encuentra bien, señor? –Le preguntó con cierta preocupación pero sin dejar de sonreír.

-Ah,…sí, gracias –Fueron sus primeras palabras a bordo, después de la conversación telefónica.

-Es muy refrescante y de sabor agradable –Dijo Marcela, animando a que bebiera Juan. Éste no dejaba de escrudiñar el interior del vaso tratando de adivinar de que brebaje se trataba.

-Mmm…, sí, es cierto –Corroboró Juan, que finalmente se decidió a probarlo- y es muy dulce –concluyó a la vez que iniciaba una charla amigable, en la que Marcela trataba de satisfacer la curiosidad de Juan por la bebida, indicándole cuáles eran los ingredientes y cómo se elaboraba la bebida.

-¿Es la primera vez que viaja usted en un crucero? –Le preguntó Marcela.

-Sí, en realidad nunca habíamos viajado en barco –Contestó.

-¡Ah que bien!, por un momento pensé que viajaba solo. –Confesó la camarera a Juan.

- ¿Sólo…?, bueno…, sí, ella… -respondía torpemente, como si el mismo no lo supiese.

-Lo siento, señor… -Volvió a decir Marcela, temiendo haber sido demasiado imprudente, e imaginándose que su estado, ahora lo veía claro, se debía a una muerte o una separación.

Marcela se despidió intrigada, deseándole una feliz travesía y esperando volver a ver al enigmático personaje en otro momento.

Sin proponérselo, Juan, fue consumiendo poco a poco el mojito cubano, esquivando con la pajita las hojas de hierbabuena y raspando el azúcar que quedaba en el fondo del vaso.

Un agradable calor interno se iba apoderando de su cuerpo, generando sosiego y tranquilidad. Sentado en un gran banco, compartía sonrisas con los demás, como si se conocieran de siempre y se comunicaran de alguna forma extraña. Los botones de su camisa rompieron amarras para dejar su pecho al descubierto, abrazado por frecuentes soplos de brisa marina que aliviaban las suaves heridas de los rayos de Sol. Respiraba profundamente inmerso en un mar de fragancias, seducido por la inmensidad y la luminosidad del Mediterráneo.

sábado, 15 de mayo de 2010

Tras la sonrisa (XIII)

   Sus pensamientos, viajeros ausentes de aquel cuerpo en forma de barco fantasma, que parecía navegar por el Mar de los Sargazos, sin rumbo ni destino conocido, giraban sin parar en la búsqueda de un punto de referencia que diese sentido u orientación a las ideas que se descomponían en flashes.


    Las calles, cada vez más estrechas, arropaban, con sus frescas sombras, a la extraña figura que martilleaba los adoquines, sumergidos, con frecuencia, en espesos charcos, desde donde ascendía un hedor húmedo y cálido. Victoria Eugenia pareció despertar cuando el eco de gritos lejanos y el ruido de alguna motocicleta se multiplicaba por el apretado espacio de la callejuela.


    El frío de la corriente de aire parecía rasgar su piel, que se rebelaba provocando una reacción de extrañas sensaciones; y sus ojos parecían abrirse para descubrir un submundo sombrío y amenazante que le resultaba desconocido. Comenzó a sentirse observada, casi vigilada, desde las alturas por algunas miradas. Se sentía perdida y amenazada en aquellas aguas peligrosas, donde, seguro, acechaban a victimas como ella. Temerosa, dudaba, sin saber hacia dónde ir, a medida que la calle serpenteaba, desapareciendo cualquier rastro humano justo en el momento en que, al girar, la calle se volvía oscura bajo un edificio antiguo.


    Su miedo se transformó en un temblor, casi doloroso, y su respiración se volvió agitada y entrecortada, sus ojos insistía en visualizarlo todo y sus oídos afinaron su agudeza para detectar lo que presentía. De repente un ruido la alertó y salió disparada por aquella galería, pero, cuando ya llegaba al final del túnel, miró hacia atrás desequilibrándose y cayendo violentamente al suelo, junto a unos trastos viejos, que estaban repartidos a un lado de la calle.


     Por un momento quedó aturdida, hasta que, tras los siguientes segundos, un intenso dolor se fue apoderando de ella. Notaba como sus manos, que intentaron minimizar la caída, estaban ensangrentadas, y casi insensibles; su cuerpo magullado presentaba algunas pequeñas heridas, pero lo más que le preocupó fue ver como su rodilla se hinchada, sin apenas poder moverla. Dolorida se quejaba entre sollozos, sin dejar de mirarse, hasta que algo le llamó la atención. Vio moverse unos cartones, arracimados junto a la salida del tunel, del cual empezó a salir una silueta, a la que Victoria Eugenia miró con desprecio, sin lugar a dudas era el origen de lo que le había ocurrido, pensó.


     La oscura silueta seguía siendo oscura cuando finalmente se liberó de aquel envoltorio, como si fuese un ave recién nacida. Sucio y grasiento el hombre negro miraba fijamente a Victoria Eugenia, tratando de darle sentido a lo que veía. Su cara cambió de color cuando vio acercarse al hombre alto y delgado que se movía torpemente. Parecía un gran espantapájaros desarrapado con su gorro del que salía mechas de pelo amasado y lucía una encanecida barba de varios días. Cuando se arrodilló hasta ella y agarró su pierna, Victoria Eugenia, quiso gritar pero, extrañamente, no salía ningún sonido de su boca abierta, sin duda era una mala copia de “El Grito” de Edward Munch. Antes de desmayarse lo último que oyó fue el sonido de su móvil que no paraba de sonar.

domingo, 9 de mayo de 2010

Tras la sonrisa (XII)



Como en la paleta del pintor, el negro del contorno de ojos se deshacía en las lágrimas, que se secaban al caer por su cara, dejando una estela emborronada. Inmóvil, mantenía aun su mirada sobre el barco, que se hundía en el horizonte, oyendo el eco de la sirena que retumbaba dentro de sus oídos.

Una sensación de sudor frío recorría su cuerpo dejándola sin fuerzas, como si ahora fuese un montón de cristales rotos, que se rompían como todas sus ilusiones. Todo parecía dar vueltas en una ambiente que se volvía agobiante y hostil, solo quería cerrar los ojos y desaparecer, y como un oleaje le venía un sofoco de rabia y desesperación, para volver a romper a llorar, mientras casi gritaba:”¡Juan, maldito, seas!”, y se compadecía de sí misma.



Ajena a su cuerpo comenzó a andar, como si se arrastrara a ella misma, sin saber cómo, ni a dónde ir. Seguía conmocionada, enfrascada en sus pensamientos, herida en el orgullo, atrapada por la vergüenza, derrotada por el desánimo. Cabizbaja, se encontró, cuando quiso darse cuenta, taconeando por el larguísimo dique, que la separaba de la ciudad. Su pamela rosa pastel la protegía de un sol desnudo e hiriente, que parecía desangrarla de sudor. Su largo traje de telas vaporosas se volvía húmedo y pesado, adhiriéndose a su cuerpo pegajoso.

Victoria Eugenia había perdido la noción del tiempo, no sabía cuánto tiempo llevaba caminando cuando creyó oír nuevamente la sirena del barco, la oía cada vez más nítida, como si estuviese regresando, quizás en su búsqueda, incluso una leve sonrisa se apoderó de sus labios, dándole un aspecto idiotezco y una cierta gracia decadente. Esperanzada, no se dio cuenta que se aproximaba a ella un camión pesado a gran velocidad, en el mismo momento que ella caminaba por el arcén, junto a un gran charco que invadía la carretera. Cuanto más fuerte e insistente sonaba la bocina del camión, más sonreía nuestra protagonista. El tsunami, que surgió de aquel gran charco, fue a dar con tal violencia sobre Victoria Eugenia que la desprevenida mujer se desequilibró hasta caer sobre el “lago”. Fue algo más que un “jarro de agua fría” devolviéndola a una realidad que se iba haciendo cada vez más cruel con ella. Sentada sobre aquel charco y dolorida por la caída, rompió a llorar, como lloran los recién nacidos al darse cuenta del duro mundo en el que han caído.


La escena era dantesca: la pamela se había convertido en un gracioso bote que surcaba aquellas aguas, el bolso se había vaciado desparramando todo su interior para decorar la charca, los zapatos de talones yacían, bocabajo, ahogados en medio de todo aquello, como si fuesen cisnes negros que barruntaban nuevas desgracias. Victoria Eugenia parecía otra. Su voluminoso pelo, que se recogía entorno al barroco moño, se había convertido en un manojo chorreante con mas pena que gracia.


De repente, su llanto se calmó, al ver acercarse una motocicleta, con dos ocupantes, que al llegar hasta donde estaba ella, se bajaron inmediatamente con la intención aparente de socorrerla, parecían chicos jóvenes por su indumentaria, ya que sus rostros, protegidos por grandes cascos de motoristas, quedaban en el anonimato. Victoria Eugenia, que aun gimoteaba, extendió su mano, al acercársele uno de los chicos, sin embargo, se detuvo primero a recoger el bolso, mientras el otro se dedicó a salvar el resto del naufragio. Cuando terminaron de recogerlo todo, seleccionaron algunas de las pertenencias, miraron a Victoria Eugenia, que estaba en silencio con la mano extendida, se miraron entre ellos, y, tras romper a reír a carcajada limpia, se subieron a la moto lanzándose a toda velocidad por la larga carretera, llevándose con ellos su botín y dejando tras de sí a la mujer que imitaba ser la sirenita de Cophenague .

miércoles, 5 de mayo de 2010

Suerte


En ocasiones rezo para poder olvidar todo aquello, pero nunca dejo de velar por las noches, como si estuviese vigilando el Callejón del gato. Las pesadillas me sacuden y el griterío me golpea. Su imagen la recuerdo borrosa cuando lo vi abalanzarse sobre mí, apestando a alcohol, gritándome, a la vez que reía sin parar. Tardé en reaccionar hasta que lo reconocí, era Jóse, mi compañero de trabajo “¡¡Somos millonarios, somos millonarios!! Un frío, casi glaciar, recorrió todo mi cuerpo, y un vacío, de repente, devoró todo quedándose en silencio. Sólo se escuchó una vocecita lejana y dulce “… desde luego…nunca revisas los bolsillos de tus pantalones, y luego te enfadas conmigo si se te queda algo en ellos cuando los meto en la lavadora…”.

lunes, 3 de mayo de 2010

Diferencias





Los meses pasaron lentamente, como si estuvieran cansados, navegando por aguas turbias sembradas de sueños. Cerca de la casa, el Sol parecía esconderse tras las sombras que surgían de los agujeros, como recuerdos adornando las viejas paredes y hasta el óxido parecía escupir promesas incumplidas. La cicatriz se confundía con las arrugas de su cara y su ojo tuerto observaba, ajeno, toda la llanura, manchada por el verde brillante de los campos sobre el ocre rojizo de los caminos, vigilados atentamente por su mirada. Sabía que algún día volvería, pero el viejo loco no temía a su hermano, no lo dudaría ni por un segundo, volvería a matarlo y enterrarlo junto aquel nogal.

sábado, 1 de mayo de 2010

Ratones



Los ratones bendecidos
bajan de los cielos desgarrados
para izar banderas en los patios
tras conquistar los viejos palacios
entre gritos uniformes
y carreras alocadas.


En los cristales nobles,
cuando lágrimas de lluvia
recorren su fría y sucia superficie
borrando, como una cortina,
el viejo Régimen,
se dibuja una silueta de una princesa desolada.

Triste y vieja,
sus ojos se hunden
mientras muere en arrogancia,
y el olor fétido
se vuelve perfume
inundándolo todo,
cuando la noche se vuelve noche,
el frío humo
y los ojos cuelgan
sobre las sonrisas
de ratones.

Nace un “Gran Hermano” Literario

Un grupo formado por siete escritores de diferentes provincias españolas, se ha unido en un proyecto denominado “7 Plumas”, con el fin de escribir una novela en conjunto. Cada componente del proyecto escribirá un capítulo de la obra, siempre capítulos cortos, tomando el relevo de uno de sus compañeros. La novela se ha iniciado sin previa planificación, temática, estilo, ni título. Entre sus integrantes la gran mayoría ni se conoce personalmente, ni siquiera han hablado telefónicamente. Todos sus contactos hasta el momento han sido por correo electrónico y por medio de un blog.
Han elegido para este proyecto el formato blog, en la dirección " www.7plumas.com ”, con el fin de convertirlo en una especie de “Gran Hermano Literario” y teniendo como objetivo acercar y cautivar a nuevos lectores, ofreciéndoles un nuevo formato donde ver como se crea y potencia un personaje, como cada escritor posee un estilo y una voz narrativa diferente, un lugar donde se percate de las dudas literarias de cada autor y con permiso para entrar en los camerinos de la creación de una obra literaria. Y de esta forma vivir todo el proceso de creación de la novela y si le petece hasta poder alinearse con uno de los autores.
Lo más destacable de este proyecto, será la posibilidad que tendrán los lectores de influir en el guión la novela, determinar si el protagonista acaba en los leones o feliz comiendo perdices. A modo de un “Gran Hermano”, podrán criticar a los autores y leer aquello que se cuece entre ellos durante el periodo de escritura de la obra. Las críticas y comentarios, los más influyentes, formarán parte de la edición impresa de la novela. La edición impresa, presumiblemente, integrará la propia novela escrita por las siete plumas y la otra que surja del mundo paralelo generado por los comentarios y de esta nueva experiencia en sí.
Esta vuelta de tuerca a la edición tradicional, en la que se presenta una novela antes de finalizarla, en donde los lectores tienen influencia en el argumento, en formato digital y gratuito, escrita por varios autores en la distancia y utilizando nuevas herramientas como Internet, será para combatir los cada día más preocupantes datos sobre la pérdida de hábitos de lectura.

Tras la sonrisa (XI)





-¡Hijo de la gran puuuta! ¿Qué has hecho!¡Me has dejado tirada como a un perro!¡Qué vergüenza cuando se enteren en el pueblo! –Dijo sollozando entre gritos.
Dile al capitán que regrese, por favor!¡Qué será de mí! –Gritaba y lloraba la desafortunada mujer.
A Juan se le hizo un nudo en la garganta sin saber qué hacer ni qué decir. Sabía que ya no habría solución posible. Sintió una gran pena por aquella mujer, a la que no recordaba haberla visto nunca suplicar ni estar tan apenada, desesperada y desamparada.
-No te preocupes mi amor, aún puedes coger un avión hasta Roma o Florencia –Le dijo Juan, a sabiendas que todo aquello resultaba muy complicado.
-Eso va a ser muy difícil, además no llevo la tarjeta de crédito encima –Le recordó sin dejar de llorar.
-Vete a la casa de Cristina y pídele que te deje dinero, ya arreglaremos después con ella –Le aconsejó Juan.
-¡De eso nada!¡Nadie debe saber lo que me ha pasado, ni Cristina ni Juani! –Gritaba desesperádamente.
Prométemelo Juan! Tienes que ingeniártelas para hacer ver a todo el mundo que estoy en el barco –Le dijo Victoria Eugenia a su marido.
-No te preocupes por eso, me las arreglaré para que nadie se de cuenta de lo sucedido –Prometió Juan. Él sabía lo que supondría para ella que Juani o Cristina descubrieran lo que había pasado. La noticia correría como la pólvora por toda la provincia de Ávila. La orgullosa Victoria Eugenia sería el hazmerreír del pueblo, y su historia pasaría de generación en generación manchando el buen nombre de la familia.
-¿Pero que vas a hacer sola todo este tiempo? –Preguntó preocupado Juan, sabiendo que no tendría suficiente dinero para esperarle en Barcelona.
-Ya me las ingeniaré. Lo importante es que me tengas informada para poder contar lo mismo a nuestra familia y amigos .


El barco se iba alejando de la ciudad, pronto se perdería la cobertura. Juan sintió una enorme pena y preocupación por su fría mujer a la que no solía expresar sus sentimientos.
-Victoria Eugenia, te quiero –Dijo inesperadamente Juan, tratando de darles fuerzas a su mujer.
-¿Me quieres, Juan?
-Sí, mi amor
-¡Vete a la mierda! –Le dijo a su marido de forma concluyente, al que siempre culpaba de todo, antes de colgar.


Desde la popa del barco, donde se encontraba Juan, la ciudad, aún, era visible, desvaneciéndose poco a poco en el horizonte. Una extraña sensación inundaba a Juan, era como si enviudara de repente, al hundirse su mujer, también, con la ciudad. Sin querer reconocerlo su preocupación se mezclaba con una cierta liberación. Aún no recordaba cuándo fue la última vez que se había separado de su mujer. Esa mujer que no le permitía ser él mismo.


El barco cortaba el tranquilo mar, abriendo una gran herida en forma de espuma. La música sonaba a ritmo de salsa y todos gritaban que querían ser toreros. Todos tenían algo que celebrar y brindaban por una despedida que prometía convertirse en un encuentro.

La sal de tu ausencia

Alguna veces, cuando los días nos dejan solos huelo la sal de tu ausencia y presiento el murmullo de tus secretos que se petrifica...