miércoles, 2 de junio de 2010

Cuentos chinos

   Nunca antes había escrito sobre mí en este blog, no lo había considerado necesario, ni siquiera para opinar sobre algún hecho o alguna cuestión, no es esa la función que dio luz a este blog, y que aspira a reflejar el pulso artístico y literario actual.

   Permítanme, sólo hoy, pues puede ser la última vez que escriba, que me desfogue, ahora que me siento triste y amargado; y siento decirlo, creo que también lo estarán ustedes cuando terminen de leer este artículo, al menos aquellos que les gustan escribir y/o sueña con ser escritores algún día.

   Nos gusta ser aceptados, por eso vestimos a la moda; vamos a la peluquería (en mi caso es un decir) para que nos hagan peinados que desafían las más elementales leyes de la gravedad; aprendemos chistes, incluso los ensayamos en casa, para luego, entre los amigos, resultar graciosos y simpáticos; o nos empapamos en documentales televisivos, Internet o libros sobre diversos temas, desde el futbol hasta la influencia de los caracoles polinesios en el desarrollo artístico del Renacimiento y sus consecuencias en el modelo turístico alternativo.

   A los que nos gusta escribir, los escribidores, como diría mi amigo Amando Carabias, o a los que ya son escritores con-sagrados o con-sangrados, también, queremos gustar a los lectores. Queremos que nos lean y nos aplaudan, lo necesitamos, es lo que da sentido a lo que hacemos, lo que nos mueve y da fuerzas.

   Pero cuando el arte se vuelve ciencia, o peor aún, negocio, caemos en las manos más deshumanizadas del Liberalismo económico y las leyes del mercado, allí donde concurren la oferta y la demanda, en nuestro caso escritores y lectores. Si yo fuese el único escritor, por muy mal que escribiese, sería el más famoso y todos me leerían. La realidad no nos quiere sonreír, cada día son más los que quieren escribir para los menos que quieren leer. La suerte de los árboles es nuestra desgracia, se prevé que disminuya la publicación de libros, mientras que los soportes informáticos se extienden como un virus con inmunodeficiencia adquirida, con ellos también todos nos convertimos en autores cibernéticos en busca de lectores. Sin duda somos muchos: lo aceptamos y mantenemos nuestras esperanzas. Sin embargo, hoy me derrumbado tras llamarme la atención un artículo: “Un millón de chinos se ganan la vida escribiendo en Internet”. Ya lo he decidido, volveré a mi anterior afición, la jardinería tiene la ventaja que le puedes contar mil cosas a las plantas sin la menor queja por su parte, además, siempre podrás contar con ellas, siempre estarán ahí, contigo.

lunes, 31 de mayo de 2010

Tras la sonrisa (XV)

   El gentío bailaba, reía y todos levantaban sus manos, también Juan, que se atrevía a dejarse llevar por el ritmo de la música, tarareando el estribillo de algunas canciones, como si aquel brebaje mágico lo hubiese transformado, dándole un poder que desconocía.

   Todo empezaba a resultar familiar y sus desconocidos amigos lo miraban con simpatía, reían y cantaban en torno a él, que no se percataba del magnetismo que resultaba tener, ni como muchos lo seguían, imitándolo. Se sentía reconocido. Incluso los del fondo lo saludaba desde lejos, en especial una atractiva mujer cuyo pareo era permisivo a las miradas que adivinaban su coqueto cuerpo. A su lado, un hombre fornido y muy bronceado, que llevaba unas bermudas con figuras verdes, también levantaba su copa. Él, Juan, sonreía hasta que, de forma inesperada, su expresión se heló “!joder, pero si es el purasangre!” –gritó en su interior, acordándose, de golpe, de aquella promesa en forma de juramento: “¡Prométemelo Juan! Tienes que ingeniártelas para hacer ver a todo el mundo que estoy en el barco”. Sin saber como enfrentarse a esa comprometida situación se agachó repentinamente, escabulléndose de allí caminando como si fuera un pato, perseguido de la misma manera por algunos de sus más fervientes y animados seguidores, que creyeron ver en aquella actuación un nuevo baile veraniego, hasta las escaleras más próximas, por donde huyó apresuradamente, internándose por las laberínticas entrañas del gigante marino.

   Juani y Joaquín estaban encantados de haber encontrado a Juan, lo que les inducía a creer que pronto, también, encontraría a Victoria Eugenia; sin embargo, su ilusión pronto se volvió decepción al comprobar que Juan no se encontraba en aquella cubierta por más que buscasen, como si todo hubiese sido un espejismo. Extrañados, por no encontrarlos allí, la pareja no quiso renunciar a dar con sus amigos, no era una cuestión de rendirse, habían pasado muchos años, pensaba Juani, para, otra vez, volver a separarse.

   Se sentía aturdida, náufraga de un sueño turbio que se transformaba en pesadilla; los rayos de Sol del mediodía se alejaban cuando entraba en una tempestad tenebrosa, de la que luchaba por escapar desesperadamente, sus ojos parecían explotar y su cuerpo convulsionaba en medio de una resaca sudorosa hasta que algo la despertó. Era una voz dulce de una niña de acento mejicano que se volvía chillona e insistente. Sus ojos tardaron en acostumbrarse a la oscuridad de aquella estrecha y maloliente callejuela. Al observarse, se descubrió como una mujer despatarrada sobre cartones viejos y húmedos. Comprobó que su traje estaba desgarrado por algunas partes, entonces recordó dónde estaba y lo que había sucedido justo antes de desmayarse. Su corazón dio un vuelco y sus latidos se desbocaron, en medio de una sensación confusa de asco, rabia e indignación, pero pronto el miedo se apoderó de ella y sus miradas se lanzaron en la búsqueda del autor y responsable de todo aquello. La chillona seguía gritando, hasta convertirse en estridente, y, entonces, Victoria Eugenia se revolvió, de forma desesperada sobre los cartones, hasta dar con su móvil, como la que se agarra a un salvavidas, dispuesta a gritar y pedir auxilio. Pero, atragantada, antes de que pudiera decir ni una palabra, escuchó una voz familiar.
-¡Por fin lo coges querida! –Dijo Juani
-¡Aaah..? ¿eres tú? –Dijo, Victoria Eugenia, confusa, sorprendida y decepcionada, era la última persona que esperaba escuchar en ese momento, y a la que no podía, por ningún motivo, confesar su situación. Su mirada, de repente, se detuvo , casi como su corazón, al contemplar aquello ojos negros y profundos, que se le clavaban indiferentes, delante de ella, a escasos diez metros, mientras su cuerpo se helaba irremediablemente.

domingo, 30 de mayo de 2010

Loba

Del frío surgió una atmósfera de cristal
casi irrespirable,
que se rompía constantemente
por cada respiración entrecortada
por cada palabra,
pronunciada,
con la que maldecía,
esperanzada,
la loca hermosa
con rabia vieja.



Deambulaba,
sola,
por los estrechos desfiladeros
aprisionando sus sentidos
y disparando sus emociones contenidas;
luego,
llegaba hasta el riachuelo
siguiendo las huellas
que se arrastraban por la nieve,
sedienta,
donde lamía sus heridas
la hermosa loca,
en la soledad del bosque
acariciando su piel
mientras olía la sangre caliente,
la hembra sola,
de sus víctimas confiadas
y lloraba,
la vieja loba,
lloraba
en la noche fría.

viernes, 28 de mayo de 2010

Muerte o libertad



En cada madrugada
escucho los silencios disponibles,
la música de los gatos,
la danza del viento,
los viejos recuerdos
que amarillean para convertirse en sueños,
donde siempre apareces
en forma de silueta,
que anuncia tu desnudez,
evasiva,
dispuesta a huir
sin darme tu nombre.





Y mientras me acerco,
despacio,
ojeando los alrededores,
flotando en un mar graso y negro,
mis amigos, divertidos,
corren atraídos por la Ciudad Santa,
cuando la tormenta de nubes rojas
nos sorprende,
empapándonos de sangre.


Dudo
y tú te alejas
sin dejar estelas
que me lleven hasta tí
en medio de la neblina luminosa.
Huelo tu presencia,
dudo,
¿ muerte o  libertad?
no sé quién eres,
quizá ambas cosas.

lunes, 24 de mayo de 2010

Tras la sonrisa (XIV)

Cuando el móvil dejó de latir, creyó que se rompía el cordón umbilical que le había mantenido unido a ella durante tantos años, como si fuera amarras de aquel barco, y, de repente, el aire fresco impactó en su rostro a bocajarro, al alongarse al exterior desde la barandilla del barco, para perder su mirada entre la espuma que surgía como una risa.

Sus pensamientos se enredaban en el remolino de agua que persistía en acompañar al navío y se sumergía en una especie de vacío que parecía abarcarlo todo, sólo al fondo se oía el ritmo de la música, sin que apenas se pudiese distinguir la letra de Edwin Rivera. Una voz lejana repetía una y otra vez la misma palabra...

-Señor…! –Oyó finalmente cuando una mano femenina le tocó suavemente el hombro, haciéndolo girar en un acto reflejo- Perdone, le apetece un mojito –Dijo la camarera, con un acento dulce y caribeño.

De su rostro, lleno de una morenez iluminada, ligeramente escondido por su larga cabellera rizada, que era batida por el viento; brotaba la mirada de unos ojos rasgados color café, pero era su cálida sonrisa la que llamaba la atención, como si fuese la puerta del alma. Sus dientes, como un collar de perlas, resaltaban entre sus labios sensuales, dibujando una sonrisa de ensueño.

Juan, boquiabierto, la miraba sin decir nada, incrédulo, parecía que no se fiaba de sus propios ojos, adoptando una expresión que no se distinguía de la del bobo oficial del pueblo.

-Señor… -Insistió Marcela pacientemente, mientras hacía un ademán con la bandeja, sobre la que se amontonaban los vasos enramados con aquel mejunje .

Juan, indeciso, cogió uno de los vasos, mientras miraba de arriba abajo a la camarera, deduciendo su nombre por la plaquita que colgaba sobre el bolsillo de su camisa de rayas azules. Su edad, la disimulaba su aspecto juvenil y sus contorneadas piernas que eran censuradas por su corta falda pantalón, igualmente, azul.

La mirada silenciosa y melancólica de Juan le resultaba extraña en medio de aquella explosión de júbilo.

-¿Se encuentra bien, señor? –Le preguntó con cierta preocupación pero sin dejar de sonreír.

-Ah,…sí, gracias –Fueron sus primeras palabras a bordo, después de la conversación telefónica.

-Es muy refrescante y de sabor agradable –Dijo Marcela, animando a que bebiera Juan. Éste no dejaba de escrudiñar el interior del vaso tratando de adivinar de que brebaje se trataba.

-Mmm…, sí, es cierto –Corroboró Juan, que finalmente se decidió a probarlo- y es muy dulce –concluyó a la vez que iniciaba una charla amigable, en la que Marcela trataba de satisfacer la curiosidad de Juan por la bebida, indicándole cuáles eran los ingredientes y cómo se elaboraba la bebida.

-¿Es la primera vez que viaja usted en un crucero? –Le preguntó Marcela.

-Sí, en realidad nunca habíamos viajado en barco –Contestó.

-¡Ah que bien!, por un momento pensé que viajaba solo. –Confesó la camarera a Juan.

- ¿Sólo…?, bueno…, sí, ella… -respondía torpemente, como si el mismo no lo supiese.

-Lo siento, señor… -Volvió a decir Marcela, temiendo haber sido demasiado imprudente, e imaginándose que su estado, ahora lo veía claro, se debía a una muerte o una separación.

Marcela se despidió intrigada, deseándole una feliz travesía y esperando volver a ver al enigmático personaje en otro momento.

Sin proponérselo, Juan, fue consumiendo poco a poco el mojito cubano, esquivando con la pajita las hojas de hierbabuena y raspando el azúcar que quedaba en el fondo del vaso.

Un agradable calor interno se iba apoderando de su cuerpo, generando sosiego y tranquilidad. Sentado en un gran banco, compartía sonrisas con los demás, como si se conocieran de siempre y se comunicaran de alguna forma extraña. Los botones de su camisa rompieron amarras para dejar su pecho al descubierto, abrazado por frecuentes soplos de brisa marina que aliviaban las suaves heridas de los rayos de Sol. Respiraba profundamente inmerso en un mar de fragancias, seducido por la inmensidad y la luminosidad del Mediterráneo.

sábado, 15 de mayo de 2010

Tras la sonrisa (XIII)

   Sus pensamientos, viajeros ausentes de aquel cuerpo en forma de barco fantasma, que parecía navegar por el Mar de los Sargazos, sin rumbo ni destino conocido, giraban sin parar en la búsqueda de un punto de referencia que diese sentido u orientación a las ideas que se descomponían en flashes.


    Las calles, cada vez más estrechas, arropaban, con sus frescas sombras, a la extraña figura que martilleaba los adoquines, sumergidos, con frecuencia, en espesos charcos, desde donde ascendía un hedor húmedo y cálido. Victoria Eugenia pareció despertar cuando el eco de gritos lejanos y el ruido de alguna motocicleta se multiplicaba por el apretado espacio de la callejuela.


    El frío de la corriente de aire parecía rasgar su piel, que se rebelaba provocando una reacción de extrañas sensaciones; y sus ojos parecían abrirse para descubrir un submundo sombrío y amenazante que le resultaba desconocido. Comenzó a sentirse observada, casi vigilada, desde las alturas por algunas miradas. Se sentía perdida y amenazada en aquellas aguas peligrosas, donde, seguro, acechaban a victimas como ella. Temerosa, dudaba, sin saber hacia dónde ir, a medida que la calle serpenteaba, desapareciendo cualquier rastro humano justo en el momento en que, al girar, la calle se volvía oscura bajo un edificio antiguo.


    Su miedo se transformó en un temblor, casi doloroso, y su respiración se volvió agitada y entrecortada, sus ojos insistía en visualizarlo todo y sus oídos afinaron su agudeza para detectar lo que presentía. De repente un ruido la alertó y salió disparada por aquella galería, pero, cuando ya llegaba al final del túnel, miró hacia atrás desequilibrándose y cayendo violentamente al suelo, junto a unos trastos viejos, que estaban repartidos a un lado de la calle.


     Por un momento quedó aturdida, hasta que, tras los siguientes segundos, un intenso dolor se fue apoderando de ella. Notaba como sus manos, que intentaron minimizar la caída, estaban ensangrentadas, y casi insensibles; su cuerpo magullado presentaba algunas pequeñas heridas, pero lo más que le preocupó fue ver como su rodilla se hinchada, sin apenas poder moverla. Dolorida se quejaba entre sollozos, sin dejar de mirarse, hasta que algo le llamó la atención. Vio moverse unos cartones, arracimados junto a la salida del tunel, del cual empezó a salir una silueta, a la que Victoria Eugenia miró con desprecio, sin lugar a dudas era el origen de lo que le había ocurrido, pensó.


     La oscura silueta seguía siendo oscura cuando finalmente se liberó de aquel envoltorio, como si fuese un ave recién nacida. Sucio y grasiento el hombre negro miraba fijamente a Victoria Eugenia, tratando de darle sentido a lo que veía. Su cara cambió de color cuando vio acercarse al hombre alto y delgado que se movía torpemente. Parecía un gran espantapájaros desarrapado con su gorro del que salía mechas de pelo amasado y lucía una encanecida barba de varios días. Cuando se arrodilló hasta ella y agarró su pierna, Victoria Eugenia, quiso gritar pero, extrañamente, no salía ningún sonido de su boca abierta, sin duda era una mala copia de “El Grito” de Edward Munch. Antes de desmayarse lo último que oyó fue el sonido de su móvil que no paraba de sonar.

domingo, 9 de mayo de 2010

Tras la sonrisa (XII)



Como en la paleta del pintor, el negro del contorno de ojos se deshacía en las lágrimas, que se secaban al caer por su cara, dejando una estela emborronada. Inmóvil, mantenía aun su mirada sobre el barco, que se hundía en el horizonte, oyendo el eco de la sirena que retumbaba dentro de sus oídos.

Una sensación de sudor frío recorría su cuerpo dejándola sin fuerzas, como si ahora fuese un montón de cristales rotos, que se rompían como todas sus ilusiones. Todo parecía dar vueltas en una ambiente que se volvía agobiante y hostil, solo quería cerrar los ojos y desaparecer, y como un oleaje le venía un sofoco de rabia y desesperación, para volver a romper a llorar, mientras casi gritaba:”¡Juan, maldito, seas!”, y se compadecía de sí misma.



Ajena a su cuerpo comenzó a andar, como si se arrastrara a ella misma, sin saber cómo, ni a dónde ir. Seguía conmocionada, enfrascada en sus pensamientos, herida en el orgullo, atrapada por la vergüenza, derrotada por el desánimo. Cabizbaja, se encontró, cuando quiso darse cuenta, taconeando por el larguísimo dique, que la separaba de la ciudad. Su pamela rosa pastel la protegía de un sol desnudo e hiriente, que parecía desangrarla de sudor. Su largo traje de telas vaporosas se volvía húmedo y pesado, adhiriéndose a su cuerpo pegajoso.

Victoria Eugenia había perdido la noción del tiempo, no sabía cuánto tiempo llevaba caminando cuando creyó oír nuevamente la sirena del barco, la oía cada vez más nítida, como si estuviese regresando, quizás en su búsqueda, incluso una leve sonrisa se apoderó de sus labios, dándole un aspecto idiotezco y una cierta gracia decadente. Esperanzada, no se dio cuenta que se aproximaba a ella un camión pesado a gran velocidad, en el mismo momento que ella caminaba por el arcén, junto a un gran charco que invadía la carretera. Cuanto más fuerte e insistente sonaba la bocina del camión, más sonreía nuestra protagonista. El tsunami, que surgió de aquel gran charco, fue a dar con tal violencia sobre Victoria Eugenia que la desprevenida mujer se desequilibró hasta caer sobre el “lago”. Fue algo más que un “jarro de agua fría” devolviéndola a una realidad que se iba haciendo cada vez más cruel con ella. Sentada sobre aquel charco y dolorida por la caída, rompió a llorar, como lloran los recién nacidos al darse cuenta del duro mundo en el que han caído.


La escena era dantesca: la pamela se había convertido en un gracioso bote que surcaba aquellas aguas, el bolso se había vaciado desparramando todo su interior para decorar la charca, los zapatos de talones yacían, bocabajo, ahogados en medio de todo aquello, como si fuesen cisnes negros que barruntaban nuevas desgracias. Victoria Eugenia parecía otra. Su voluminoso pelo, que se recogía entorno al barroco moño, se había convertido en un manojo chorreante con mas pena que gracia.


De repente, su llanto se calmó, al ver acercarse una motocicleta, con dos ocupantes, que al llegar hasta donde estaba ella, se bajaron inmediatamente con la intención aparente de socorrerla, parecían chicos jóvenes por su indumentaria, ya que sus rostros, protegidos por grandes cascos de motoristas, quedaban en el anonimato. Victoria Eugenia, que aun gimoteaba, extendió su mano, al acercársele uno de los chicos, sin embargo, se detuvo primero a recoger el bolso, mientras el otro se dedicó a salvar el resto del naufragio. Cuando terminaron de recogerlo todo, seleccionaron algunas de las pertenencias, miraron a Victoria Eugenia, que estaba en silencio con la mano extendida, se miraron entre ellos, y, tras romper a reír a carcajada limpia, se subieron a la moto lanzándose a toda velocidad por la larga carretera, llevándose con ellos su botín y dejando tras de sí a la mujer que imitaba ser la sirenita de Cophenague .

La sal de tu ausencia

Alguna veces, cuando los días nos dejan solos huelo la sal de tu ausencia y presiento el murmullo de tus secretos que se petrifica...