miércoles, 21 de abril de 2010

Castillos



El Sol de la mañana te acompaña
en tu lento caminar por la ladera
y la brisa acaricia tus mejillas
y tus ojos se cierran para soñar
castillos de cartón,
cuando eras princesa.

Impuntual,
siempre llegabas tarde a tus citas
y tus bailes se inundaban
para transformarte en sirena,
juguetona entre olas,
mientras te esperaban en la orilla.

De tu caja de música
brotaron mil chispas
que prendieron en la arena,
para borrar las huellas
que no querías seguir,
preferías las estrellas de mar
con las que jugabas,
mientras te acechaban los horizontes.

Lejos, cuando las lágrimas te ahogan
sigues soñando,
atrapando estrellas en el camino,
construyendo castillos de cartón
en las alturas,
esperando a príncipes,
pero te salen ranas.

Y cuando las alturas
se desploman
y te acercas a la orilla,
tu corazón palpita
y el vértigo te reclama
ante el abismo,
y todo te parece diminuto,
y lo mucho se hace poco,
y lo poco decepción,
y te miras al espejo inoportuno,
como si fueras un retrato,
despreciándote,
desafiándote,
y cuando el abismo te invita
te das cuenta de la inmensidad de las cosas,
del olor de tu música,
de la belleza del paisaje
cuando estás arriba,
de que siempre te has gustado,
que los demás son como son
y no tienen remedio,
que eres lo que quieres ser
que eres sirena
y eres princesa,
que tu risa no tiene precio,
que los castillos pueden ser de cartón
y también de arena,
que no quieres príncipes ni dragones,
que no te asustan
los fantasmas
y sus cadenas,
que tú ya eres bastante
que eres tú
y lo que quieras…

lunes, 19 de abril de 2010

Su silueta



Crees, en la tarde,
adivinar su silueta,
vigilante.

Crees ver sus pisadas
en la arena,
que guían tus pasos
hacia el lugar seguro.

Crees mantenerte
flotando
con su simple mirada,
pero la tibia caricia
del soplo frío de la noche
te devuelve a la incertidumbre
donde todo se desvanece
y morimos, un poco,
también.

Hambrientos de su imagen
nos desconsolamos
al soñar con sus abrazos
que nos devoran.

Luego,
los años nos entierran,
poco a poco
y nos alejamos
sin dejar de mirar atrás
para adivinar su silueta.

sábado, 17 de abril de 2010

Tras la sonrisa (IX)



Pasados unos minutos, Juan seguía firme, junto a la puerta, como si estuviese guardando la entrada del Buckingham Palace. Sin embargo, al cabo de un rato empezó a moverse nervioso, como si estuviese oyendo una canción. Como le solía ocurrir, cuando tomaba una cerveza, necesitaba ir urgentemente al servicio, pero no se atrevía a desobedecer las órdenes. Los minutos seguían pasando y tras consultar el reloj, no pudo resistir más y desertó de su puesto, entrando apresuradamente en el servicio de caballeros. Seguramente tardaría menos que su mujer, y si ésta salía primero lo esperaría. Dentro había una cola de hombres esperando a entrar al baño de inválidos, porque el otro lo estaban limpiando en esos momentos. La espera parecía interminable. Dudó en volver a salir y aguantar las ganas de orinar hasta llegar al barco, pero ya le quedaba poco. Esperó. El último hombre que estaba antes de él tardó bastante tiempo en salir y, cuando lo hizo, salió con una gran sonrisa de satisfacción. Juan, que no dejaba de mirar el reloj, entró en la habitación comprobando toda la satisfacción que había dejado aquel hombre. La obra de arte y el nauseabundo olor estuvo a punto de hacerlo desistir y salir huyendo de allí. En cambio, con gran valor, soportó esa dura prueba y, al momento, salió, también, con una cara llena de felicidad. La sirena del barco lo hizo reaccionar y se acordó de su mujer. Al salir comprobó que no estaba fuera. Eso lo inquietó. Era posible que al no verlo hubiese subido al barco, creyendo que él también lo había hecho. Juan se sentía agitado, fuera de control, una especie de hormigueo recorrió su cuerpo al mirar nuevamente su reloj y comprobar que tan solo quedaban diez minutos. No lo dudó y cuando vio a una señora salir del servicio le pidió que llamara a su mujer. Ésta volvió a entrar y Juan oyó como la llamaba por su nombre.
-Lo siento señor, parece que no está aquí. Nadie responde a ese nombre –Dijo la mujer mientras Juan empalidecía y su rostro se deshacía en una expresión de horror.
Sobresaltado y como si fuera un acto reflejo, Juan empezó a correr por todos los lados de la planta baja. No estaba en la cafetería y el resto era una inmensa sala donde se divisaba todo. Salió incluso al exterior y no estaba, como era de esperar. En ese momento se acordó de aquellos adelantos técnicos, que el consideraba que tenían más desventajas que ventajasy sacó el móvil apresuradamente para llamarla, pero con las prisas se le escapó de las manos y cayó al suelo destartalándose. Suspiró cuando por fin tras ponerle la batería comprobó que aún funcionaba.
Cógelo! –Gritó tras llamarla. Era extraño no contestaba. Parecía una pesadilla. Entonces sus pensamientos se enturbiaron y buscó una respuesta a todo lo que ocurría. Su mujer lo había dejado, pensó, siguiendo el ejemplo de su amiga Juani ¿Sería eso lo que quería? Se preguntó indignado. La sirena del barco volvió a sonar y Juan, instintivamente, salió corriendo hasta las escaleras mecánicas, que subió dando saltos de dos en dos escalones. Jadeante llegó hasta la puerta de seguridad.
-¿Han visto pasar a una mujer por aquí? –Preguntó Juan a los dos guardias, que se miraron entre sí.
-Sí, a más de una –Dijo uno divertido por la curiosa pregunta.
El simple “sí” calmó a Juan, es lo que quería oír, y entendió, rápidamente, que su mujer no podía estar en otro lugar que en las entrañas de aquel barco. Cuando llegó a la escala del barco, los marineros insistían en que se diera prisa, comprobando que era el último en entrar.

martes, 13 de abril de 2010

Despedida

Nadie me salvará de este naufragio; con tan solo veinte años quedo sola en este mundo perdiendo a todo ser que amaba. Cómo puede ser la vida tan injusta, capaz de destruir el corazón de una persona como si de un fino cristal se tratara, dejándonos huérfanos, viudos, desamparados. Las calles por donde ahora camino han perdido su color siendo en este día distintas, pero tampoco son iguales los cientos de rostros sumergidos en tristeza que hoy contemplo desolada, y que antes por muy poco que tuvieran caminaban felices junto a sus hijos, ahora perdidos, quizás, en un barco sin rumbo a la deriva...

sábado, 10 de abril de 2010

Tras la sonrisa (VIII)



Las tres tazas de café espumoso despedían un agradable aroma, confundiéndose con el olor a tabaco. Juan había optado por tomar una caña, tenía calor. Aún estaba sudoroso, su inapropiada camisa de manga larga no le permitía soportar el calor, que empezaba a notarse esa mañana, menos aún, después de la lucha mantenida contra la gran maleta. A Victoria Eugenia, el café le parecía algo fuerte, pero no se quejó. Volvía a reír con su amiga del alma, a la que no veía desde hacía mucho tiempo. Habían estado muy unidas cuando vivían en el pueblo, de hecho el exmarido de Juani le presentó a Juan, su mejor amigo, que vivía en un pueblo cercano. Pasados unos años, las dos parejas se casaron con apenas una diferencia de unos meses. Ahora eran compadres y seguían viéndose con frecuencia. Roberto, el ex de Juani, era el más hablador y bromista. Solía contar, con éxito, historias curiosas de cuando eran más jóvenes, en la que los protagonistas, Juan siempre representaba el papel mas destacado, salían ridiculizados y mal parados. Ahora que él, Roberto, se había convertido en uno de esos protagonistas, andaba amargado y callado en la barra de cualquier bar, donde sus antiguos amigos siempre tenían una disculpa para quitárselo de encima. Juani no había visto a Juan desde aquel día, cuando se marchó para siempre, sin decir nada a nadie. Se notaba algo incómoda, quizás se sentía algo culpable ante el mejor amigo de su exmarido. Antes se llevaban realmente bien y se notaba un aprecio mutuo, aunque hablasen poco entre sí. Juani sentía una cierta necesidad de explicarle a Juan muchas cosas, quería que no la juzgara mal, que la entendiese por lo que había hecho tiempo atrás. No era necesario. Juan recordaba muy bien la tristeza que empezó a rodear a Juani a los pocos años de casarse, parecía que había envejecido más de lo normal, como si estuviese muriéndose poco a poco. En realidad se alegró al verla nuevamente, y ¡estaba estupenda! –pensó Juan. Joaquín, que estaba entre las dos mujeres y Juan, se entrometía, de vez en cuando, en la conversación de éstas, además de seguir bromeando con Juan, dando la impresión de que le había caído muy bien. Eso le gustaba a Juani
-Bueno, chicos, ya es hora de ir subiendo al barco ¿no creéis? –Dijo de repente Joaquín, mirando su reloj de oro.
-Sí, será mejor, no vaya a ser que nos quedemos en tierra –Dijo Victoria Eugenia, en el preciso momento en que sintió un vuelco en su estómago.
Cuando Juan se levantó del taburete, para seguir a su nuevo amigo, notó como su mujer lo cogía por el brazo para detenerlo.
-Suban ustedes, nosotros vamos ahora –Dijo Victoria Eugenia, ante la extrañeza de Juan.
-De acuerdo, pero no tarden que ya solo queda media hora para partir -Les advirtió Juani.
Cuando la pareja se alejó hasta las escaleras metálicas, Victoria Eugenia le pidió a Juan que la acompañara hasta los servicios.
-Uff, qué mal me ha sentado el café. Voy al baño un momento ¡Tú no te muevas de aquí ni por un momento! –Le ordenó Victoria Eugenia a su obediente marido.
-Sí pero date prisa, que se nos hace tarde, ya deberíamos estar dentro del barco –Dijo intranquilo Juan.

sábado, 3 de abril de 2010

Tras la sonrisa (VII)




Gonzalo, al pasar al lado de las dos chicas, con sus dos sabuesos, les saludó con una reverencia, que fue imitada de forma grotesca por uno de sus pupilos, provocando una expresión de repugnancia en las dos jóvenes. El “niño travieso”, con paso seguro y decidido, fue subiendo las escaleras hasta llegar a la puerta de seguridad, donde saludó cortésmente a los extrañados guardias de seguridad, como si los conociera de toda la vida. Una amplia galería acristalada los separaba de la escala. Una vez dentro del barco, los tres hombres lo recorrieron todo, subiendo escaleras arriba hasta llegar a la cubierta. Ramón, el más bajito, regordete y moreno, con los ojos pequeños y achinados, miraba extrañado a su colega Honorio, algo más alto que él, flacucho, canoso, de inexpresivos ojos azules, y una extraña piel pálida, que le daba un carácter enfermizo y decaído. Sin embargo, su fe ciega en el jefe los disuadía de cualquier acto indisciplinario. Los únicos que protestaban, por aquel paseo naval, eran sus pulmones, que se quejaban cada vez más. Finalmente, llegaron hasta la última planta, donde, tras recorrer un largo pasillo, salieron a la cubierta en medio del gentío que curioseaba el barco, muchos de ellos con exóticos cócteles de todos los colores. Aún, quedaban unas empinadas escaleras exteriores, que Gonzalo superó ágilmente y, con mayor dificultad, el sudoroso Ramón, que parecía cada vez más negro, en cambio, el empalidecido Honorio tomaba un aspecto realmente fantasmal. Desde la última cubierta se podía divisar todo el barco y los muelles con todos sus tinglados. Desde allí, la gente parecía diminuta, yendo de un lado para otro, como si fuera un oleaje que se movía por las cubiertas y subía y bajaba por las distintas escaleras. Gonzalo vaciló un momento y siguió por un lateral del barco que lo conduciría hasta el puente de mando. Daba la impresión que se trataba del rodaje de una película de policías, en la que el inspector del FBI era seguido por sus subordinados. Desde luego, Ramón sería un agente de Miami, con su hortera camisa de flores y de colores muy llamativos. Al acercarse a la puerta, el marinero que la custodiaba se cuadró, cuando el aparente inspector dijo, tras saludarlo: “Soy el señor Gonzalo”. Sin duda, el moreno marinero, de aspecto y acento sudamericano, también había visto las mismas películas que inspiraban a “nuestro inspector”, aunque quizás pensó que era el mismo dueño del barco, ya que no dudó en abrir la puerta. Ya dentro se le acercó de una forma más decidida un oficial, que, antes de ordenar a los intrusos que salieran de la sala, recibió un efusivo saludo de Gonzalo estrechándole la mano, mientras miraba de reojo la sala y levantaba la otra mano, con la que saludaba a Mario, cuyos galones daban a entender que era el capitán del barco.

-Hola soy Gonzalo, no quiero entretener al capitán, ya veo que está ocupado. Dígale, por favor, que ya lo saludaré en otro momento –Le dijo Gonzalo al desconcertado oficial, que miraba alternativamente a Gonzalo y al capitán, situado al otro lado, sin saber que hacer ni que decir. Despidiéndose de la marinería, “el inspector” volvió sobre sus pasos hasta desaparecer. El oficial no reaccionó, y tuvo que ser el intrigado Mario, que estaba tomando un café con el práctico del puerto, el que se acercara para interesarse sobre aquel extraño.
-¿Qué ocurre oficial? –Preguntó.
-Nada, solo que el señor Gonzalo quería saludarlo, pero se percató que usted estaba ocupado y no quiso interrumpir –Le respondió el oficial.
Daba la sensación que allí todos sabían quién era el señor Gonzalo menos Mario. El capitán observó que el sorprendido oficial tenía una tarjeta entre sus dedos, éste al darse cuenta de que se la había entregado el famoso Gonzalo, justamente antes de despedirse, se la entregó al capitán. Intrigado, Mario giró la tarjeta por su parte impresa y la leyó: “Don Gonzalo Echevarría Arriaga, Presidente de CASAMAR”. Sin duda, su nombre tenía pinta de corresponder a un ilustre empresario y el nombre de su empresa a la de una corporación pesquera o, posiblemente, una importante consignataria. En realidad, Gonzalo era un mentiroso compulsivo, al que no le gustaba mentir. No era necesario, su arte radicaba en confundir a la gente, que caían en la trampa engañándose ellos mismos. Efectivamente, Casamar era el nombre de un chiringuito de su propiedad, especializado en pescado frito, que consiguió permutándole a un alemán a cambio de unos “valiosos terrenos” cercanos a una “playa de Salamanca”.

domingo, 28 de marzo de 2010

Tras la sonrisa (VI)


-Lo siento mucho señor ¿Se encuentra bien? –Dijo Alicia nerviosa y avergonzada, tratando de incorporarse, cuando ya Yolanda y los allí presentes se acercaron a socorrerlos.
-Joooo…. –Se lamentaba Juan –No te preocupes, no es nada –Dijo quitandole importancia a lo que había ocurrido, mientras se revolvía para levantarse, apoyando la rodilla en el suelo y levantándose con la ayuda de varias manos anónimas que lo rodearon por todos los lados.

El insignificante Juan se había convertido de repente en el protagonista de aquel tumulto. Joaquín, que también intentaba levantar a Juan, le susurró bromeando algo al oído –¡Joo macho, qué conquistador, corren a tus brazos!. A Juan no le dio tiempo de contestar, al ser recriminado por Victoria Eugenia –¡Siempre tienes que llamar la atención adonde quieras que vayas!

Alicia volvió, cojeando, a interesarse por Juan, tratando de explicarle lo que había ocurrido.
-Eso le puede pasar a cualquiera –Le dijo Juan.
-Bueno sí, esperemos que esto sea lo peor del viaje –Dijo Alicia, mientras Juan miraba sus pies –Qué contratiempo ahora tendré que ir descalza o cojeando hasta el barco –Se lamentaba Alicia, suspirando.
-Bueno aún queda una solución –Replicó Juan.
-¿Sí? –Preguntó intrigada.
-A ver, déjame esa pierna –Le ordenó señalando la pierna contraria a la que había causado el accidente, mientras se agachaba para sujetarla. Alicia no tuvo tiempo de reaccionar e instintivamente se sujetó agarrando los hombros de Juan. Con un gran esfuerzo, Juan liberó el otro tacón. Alicia se observó. Eran unos zapatos muy originales. Ahora era bajos con las puntas hacia arriba. Con ellos podía caminar incluso mejor que antes. Se sintió feliz y risueña, mientras todos reían y reconocía el ingenio del Don Nadie. Sin pensarlo dos veces, Alicia le dio un beso de agradecimiento a su salvador y se despidió, esperando volver a ver lo en el barco.

La facturación fue rápida. Juan se quitó realmente un gran peso de encima. Además, ahora necesitaba las dos manos para atender al nuevo huésped, que se había presentado, sin previo aviso, tras su cabeza. Aún quedaba más de una hora para embarcar, la propuesta de Joaquín fue inmediatamente aceptada y todos se dirigieron a la cafetería. Los dos hombres siguieron a las mujeres. Joaquín parecía despertar cierta simpatía por Juan, al que le echó el brazo por encima, mientras seguía bromeando sobre lo recién ocurrido. Victoria Eugenia, molesta por la escena montada por su marido, se sentía un tanto traicionada, y no dudó en quejarse a su amiga de las torpezas de Juan, para seguir después criticando a la descarada joven, que había provocado aquel desaguisado. Todo parecía indicar que las jóvenes iban a integrar la larga lista negra, que las dos amigas recién reencontradas estaban a punto de inaugurar. El chismorreo y la crítica sería uno de los entretenimientos preferidos durante el viaje, no dejarían títere con cabeza, al igual que hacían en el pueblo cuando eran más jóvenes.

Las jóvenes seguían riendo cuando salieron del servicio de señoras. Yolanda no podía dejar de reír cada vez que miraba los originales zapatos de Alicia. Era una risa escandalosa y desordenada, como si hubiese estado escondida durante mucho tiempo, que reclamaba todas las miradas. Juani le dio un codazo a Victoria Eugenia, nada más descubrirlas, y sus miradas descaradas se lanzaron a quemarropa sobre ellas, a lo que siguió el correspondiente comentario.
-Míralas. Parecen dos fulanas –Dijo Juani.
-¡Qué poca vergüenza! –Concluyó Victoria Eugenia, con la esperanza de que todos la oyeran.

La sal de tu ausencia

Alguna veces, cuando los días nos dejan solos huelo la sal de tu ausencia y presiento el murmullo de tus secretos que se petrifica...