sábado, 13 de febrero de 2010

Haití



Lejos,
el pecho se desgarra,
y no queremos oír
el silencio ensordecedor
de la miseria
cuando huele a muerte.
La ciudad se vuelve cenizas,
cementerio desordenado,
y sus flores se manchan de sangre
en el carnaval desolado
tras la resaca.
El luto hecho piel,
empolvada,
enviuda Haití,
quedando huérfana para siempre,
mientras sus hijos mueren
bajo los escombros,
como si fueran semillas
de donde nacen otros muertos,
y sus gritos se oyen en la noche quieta,
y las manos buscan las bocas
para no gritar
y esconder las lágrimas
en el mar donde se hunde tu rabia,
donde se ahogaron tus sueños
de libertad,
y ahora
la tristeza
se extiende como un bálsamo,
que adormece,
en sus aguas sin espuma,
donde la esperanza no crece
sin tiempo para creer en ti,
pero vuelves,
y resurges
tras una sonrisa,
en la canción que cruza la mañana,
con los ojos húmedos
y cerrados,
cuando el sol descubre entre tus brazos
la palidez del hijo muerto,
la despedida que se repite
para alimentar
las raíces profundas
que te sustentan.

viernes, 5 de febrero de 2010

Tras la sonrisa (III)



Siempre coqueto y elegante, brillante y ocurrente, le gustaba vestir su alto cuerpo erguido y delgado, con vistosos trajes y coloreadas corbatas. Su repeinado pelo enlacado y teñido de rubio intenso, luchaba por esconder las pérdidas sufridas en tantas batallas.

La sirena del barco, con el pretexto de saludar al pasaje, trataba de despertarlos para convencerlos de que aquello no era un sueño. Una sonrisa se iba apoderando de aquellos tristes seres, a medida que entraban en las entrañas del barco de la felicidad. Eran como almas ligeras, que abandonaban sus cuerpos fatigados en el otro mundo.

Incluso a Isabel, sin darse cuenta, se le deslizó una sonrisa, que de golpe le quitó diez años. Nadie diría que acababa de jubilarse, ni que su difunto marido la dejó de acompañar a todos lados el seis de enero de ese año, como si se tratara de un regalo de mal gusto. Desde entonces, su dulce hija, Yeni, intentaba consolarla y distraerla todo lo que podía, sin lograrlo. Su vida siempre había girado en un círculo perfecto. En el seno de su republicana familia pequeñoburguesa, se forjó sus sólidos principios morales, culturales y políticos. Era como una escultura griega, en la que el orden, la proporción y la razón formaban un todo, y le daba a la vida un sentido de una cierta belleza graciosa y serena. Desde joven compartió con el que sería después su marido el gusto por la Historia y el Arte. Se conocieron en la Universidad, y en ella permanecieron después como profesores. Su vida era muy sencilla y familiar. Tras el nacimiento de Yeni se redujeron los encuentros con los amigos, que no eran muchos, y el hogar se inundó de horas de lecturas y música clásica, que después comentaban a lo largo de almuerzo o de la cena, entre las preguntas, cada vez más sofisticadas, de Yeni, a medida que iba creciendo, y las protestas de Lincol, su perro.

La dulce Yeni era una especie de gracioso regalo en forma de juguete. Linda, educada y cariñosa, era la ilusión de la familia. Su éxito en el estudio enorgullecía a sus padres. Carlos tenía acostumbrado a sus compañeros, en especial Xavi, el más íntimo, a tener que soportar sus comentarios, respecto a lo inteligente y buena niña que era su hija, mientras los demás sonreían y se miraban entre sí. La admiración de Carlos era correspondida por Xavi. Siempre la ponía como ejemplo a seguir, frente a sus tres fracasados hijos, y cuando visitaba a su íntimo amigo siempre tenía unas palabras de adulación para la avergonzada hija perfecta.

La dulzura se volvía espesa y empalagosa, a medida que pasaba los años. Al cumplir los treintas, sus padres no recordaban la presencia de ningún hombre al lado de su hija, eso le daban cierta tranquilidad. Pero Yeni escondía algo tras su amable, tierna y tímida sonrisa. En los últimos años pasó de ser la pequeña mascota de sus padres a “Lazarillo” de su madre, a la que acompañó, durante la larga enfermedad de su padre, recorriendo juntas los hospitales de media España. Tan sólo el último verano, antes de morir su padre, estuvo fuera realizando un pequeño master de economía. Fueron los meses más intensos y felices al lado de su amante, Xavi. (CONTINUARÁ)

miércoles, 3 de febrero de 2010

La noche

Duerme la noche a ritmo de bachata
con sus luces abotonando las calles,
por donde pasan las despedidas,
y las sirenas rasgan el aire destemplado
que hace tiritar a las hojas de la arboleda.
Cementerio alegre de nichos acristalados
donde se esconden los cuerpos sin almas,
donde descansan los sueños vencidos
entre el taconeo desafinado que hiere los adoquines.

La luz embriagada se desparrama entre sombras
y de sus reflejos nacen siluetas que se besan,
mientras otras, agigantadas, huyen hacia el muelle
para sumergirse descomponiéndose en colores
y romperse en trocitos que parecen flotar.

La noche se abraza y se adormece,
con su propio arrullo,
cierra los ojos y tararea
esa canción salsera
que sale por sus labios
quebrando la leve sonrisa
que se desvanece.

Y cuando ya se arrastra
en franca retirada
cerrando los parpados
cobijándose en las pocas sombras
que se van secando
inundados por el amanecer
muere desgarrada.
Amenazante.

martes, 2 de febrero de 2010

Anónimo


Tras el cristal,
lejos de todo,
observo,
indiferente,
sin que nada importe,
la luz de un día enumerado,
como si fuese una pecera,
donde se repiten los movimientos
con leves variaciones,
huérfanos de sonido y aire,
igual que un cuadro
imitado mil veces,
anónimo, como yo,
mirándonos,
sabiéndonos,
sin reproches,
sostenidos en esa línea que transcurre
ajena a sí misma,
como en la que flota el hielo,
la mirada perdida,
como la partida sin final,
cuando el presente se resiste,
parapetado,
incrustado
en la desmemoria,
y el día se resiste,
y las horas no llegan,
y los pensamientos no fluyen
ahogados en la pecera…
espacio…
solo espacio.

sábado, 30 de enero de 2010

El bulto (V)

Ya se que soy pésimo con las matemáticas, nunca entendí las ecuaciones de segundo grado, ni la importancia que pudiese tener. Siempre creí que eran inútiles, y una majadería de los profesores, hasta ahora. La moneda seguía en el aire dando vueltas sin parar. Mis pasos temblorosos se preguntaban quién o qué podía ser aquello, mientras recordaba la imagen de Montse escapando de mis brazos. Al menos los cerditos, ranitas y fantasmas no entraban en la ruleta, o eso esperaba. Y mis pasos seguían llevándome con ellos, sin yo querer. El bulto parecía crecer y mi temor con él. No me atreví a tocar aquella cosa, irreconocible, empaquetada en mantas, como si fuese un regalo impredecible. Bordeé la cama, hasta el otro lado, sobre el que se recostaba, y adiviné un rostro que a duras penas sobresalía. Me acerqué, con cuidado, con miedo, temiendo algo, que a lo mejor ya sabía y lo miré: ¡¡era él!! Quiero decir: ¡era yo! ¡¿Cómo él podía ser yo?! Bueno, dejémonos de ecuaciones” –pensé.
Era joven para estar muerto. Nadie me había avisado. ¿Cuántas veces en la vida experimentamos algo por primera vez?; sin embargo, ésta era la primera vez que era la última. Lo miraba y me miraba, mirándolo a él. Inmóvil con los ojos abiertos, con una fúnebre palidez de sudor seco. “Pobre infeliz” –pensé. Sin darme cuenta, el ateo comenzó a rezar una oración y los ojos se le llenaron de lágrimas que nunca llegaban a caer sobre el suelo. “¡¡Me jode ser un fantasma, un espíritu, ni siquiera se oye una música de fondo como en Ghost!!” –Dije gritando y llorando de rabia. Un extraño ruido me sobresaltó, era como un quejido y el bulto giró para volver a quedar inmóvil boca arriba. Sus ojos, mis ojos, miraba aquel extraño cielo y de repente, algo me llamó la atención y mi mirada se dirigió a aquella luz estridente que había sobre la mesilla de noche: las 8:55, marcaba el reloj digital. Oí una voz: “Levántate Jose”. No sé como llegué río abajo hasta la cocina y me senté al lado de la gran mesa. Ella estaba allí de espaldas junto al fregadero haciendo no se qué.
-Vaya, parece que tuviste una buena noche –me dijo, burlona- Oye trae el pan y el periódico que está en la entrada, para que desayunes algo antes de ir al trabajo –me dijo
Tras el agotador periplo volví a la mesa y comí algo a duras penas: un tazón de leche con un sándwich de jamón y queso fue suficiente, mientras hojeaba el periódico deshojado. Busqué la primera página y la coloqué en su sitio, dándole unos estirones al aire, como si fuera la ropa recién recogida de la liña. ¡Y los …!, Eran mis amigos: Montse, su hermano y Catherine! ¡¡joderr!! Me levanté lleno de rabia y salí corriendo al trabajo.
Jose, termina de desayunar que aún es temprano! –Me gritó mi madre, antes de acercarse al periódico y leer, sobre la imagen de los dos jugadores entre el arbitro: El Barça, campeón de Europa tras derrotar al Manchester por 2-0.
-¡Que raro es este chico! –dijo mi madre, antes de volver a sus quehaceres sin entender nada.

viernes, 29 de enero de 2010

El bulto (IV)

Peggy estaba tan fuera de sí que la tomaba con todos los allí presentes.
Montse, no te rías que mí no tener gracia! –Le gritó, con su peculiar acento británico, a la chica X , haciéndole perder la incógnita.
-Perdona Catherine, es que no me esperaba tu reacción ante tal acto romántico – dijo Montse para volver a reír.
-Aaah, no…? ¿Tú que haber hecho si ser yo? –Le preguntó Catherine, sin esperar que la catalana se ruborizara.
-Puess…, no sé, a lo mejor estoy a tiempo de hacer lo mismo –Dijo con una mirada afilada y amenazante, pero con sonrisa divertida. A mí se me ponía una sonrisa de tímido corderito indefenso, a medida que Catherine se iba acercando hasta donde estaba yo.
- Uff, Jose que mal te veo, –Dijo Musculitos– no te imaginas de lo que es capaz de hacer mi hermana –añadió el enlutado hermano.
Aaaah es tu hermano! –Dije, casi gritando de alegría, y todos volvieron a explotar de risa. Mi reacción les resultaba absurda e inesperada. Montse celebró mi ocurrencia frotándome la cabeza con su puño como si estuviese lavando un trapo.
-Creo que voy a echarme un ratito, estas risas me han agotado –Dijo, mientras me guiñaba un ojo, y se fue por la puerta que daba al pasillo. Mi corazón palpitaba con fuerza, era como si hubiese recuperado aquel bulto de forma inesperada.
-Chico, no se que cojones te pasa. Lo de anoche parece que te ha afectado. Ni que fuera la primera vez… -Dijo Musculitos- Deberías darte una ducha fría –Concluyó.
-Si…, bueno, la verdad es que aún estoy fuera de juego –Acerté a contestarle.
-Bueno, tortolitos me voy a darme un baño, que si no se me hará tarde -Dijo el hermano de Montse, antes de salir de la cocina con una tostada en la mano.
No había entendido aquello de tortolitos “¿Sería una broma?” pensé. Sin embargo, al mirar a Catherine me vino un presentimiento. Su boca se había derretido en una extraña sonrisa y sus ojos se habían achinado aún más.
-Tú perdonarme, Jose, pero ya sabes que no gustarme que me besen en público –Dijo Catherine.
Quedé paralizado, indefenso, ante el beso británico, antes de que se marchara río arriba. Mi cabeza daba mil vueltas, intentando recomponer y entender los muchos datos que había que procesar, sin un ventilador interno que me refrescara.
Algunos minutos más, me ocuparon en comer algo, sin que mi mente ocupada me permitiera recordar qué. Necesitaba desconectar, desaparecer, invernar de todo aquel absurdo. Ya no entendía nada, ni siquiera como volví otra vez a la habitación. Cerré la puerta y suspiré pro fúndamente, en medio de la oscuridad, permaneciendo de pie y apoyado en la puerta durante algunos minutos. Al poco tiempo fue apareciendo imágenes a mi alrededor: el ropero, el Ché, la cama ,¡¡el bulto!! “¡joderrr!” –Grité en silencio. Cuántas veces los humanos quieren vivir en la ignorancia para que la verdad no les dañe, y cuántas veces la fortuna, en un cara o cruz, nos toca, para que nuestras vidas cambien para siempre. Respiré eternos silencios, hasta que oí una voz, más allá de la puerta “¡Montse, tu tener mi secador?” ¡Qué voz más angelical me pareció!, anunciadora de la buena suerte. Una nueva ecuación me daba un resultado esperanzador, pero el bulto no se movía. “¡¡Montseee!!” -volvía a gritar Catherine, y hasta yo quería despertar a gritos a ese bulto catalán, que se resistía a perder su “X”. “!Qué quieres pesadaa¡”, pero el bulto no se movía. Una losa como una lápida se me vino encima cuando Montse volvió a gritar “!Estoy en el bañooo¡”. (CONTINUARÁ)

sábado, 23 de enero de 2010

El bulto (III)

Cuando llegué a la cocina, maniatado por pensamientos confusos, la encontré de espalda, junto al fregadero haciendo no sé qué. Su silencio y su indiferencia a mi “Hola…”, que salió vacilante y tímido de mi boca, como queriendo decir: “te buscaba, pero no se que decirte”, me dejó abatido. Decepcionado me senté para no dejar de contemplarla. Su largo pelo ondulado, de color castaño, con reflejos más claros, se extendía sobre su camiseta azul, que a duras penas cubría sus culottes rojos. La camiseta disimulaba un cuerpo llenos de curvas que daban forma a aquella delgadez. Su morenas piernas parecían fuertes y contorneadas como un balaustre. Lo que quiera que estuviese haciendo con sus manos se reflejaba en su atractivo trasero, que parecía equilibrar los movimientos de sus miembros superiores. De repente, su cuerpo pareció temblar, como si hubiese recibido una descarga eléctrica. Pero era un temblor sensual y rítmico que se extendía desde su cabeza hasta los gruesos calcetines rojiazules. Cuando se volvió hacia mí, con su cabeza inclinada, me di cuenta que llevaba puesto unos auriculares, en el justo momento que al levantar la vista y mirarme dio un salto, precedido por un grito que me levantó de la silla. “¡Jolines, qué susto!”. Era un “jolines” catalán, gracioso y melodioso en aquella cara de ensueño. Su piel, suave y brillante, de morenez cálida, de donde sobresalían aquellos ojos, entre grandes pestañas y cejas pobladas, encerraban una boca más atractiva que sensual, en la que destacaba sus blancos dientes, como si fuera un collar de perlas. Sentí una sensación de ahogo que me inundaba totalmente y que me impedía decir el reglamentario “hola, ¿qué tal?”.
-¡Vaya, eres tú … Qué susto me has dado! –me dijo mientras se quitaba los cascos.
Yo intenté sonreír pero solo me salió una mueca de asco. “Per-per... perdona, ya te había saludado antes, pero no me oías –le respondí.
Bueno, no te preocupes Jose -dijo tranquilizándome. ¿Te apetece un café? –me preguntó.
“¡Sabía mi nombre!” Sin duda “ella” era mi “bulto”, “¡Por fin mi bulto tenía rostro!¡y era preciosa!”. ¿Pero cómo sabría su nombre? Desde luego no se lo iba a preguntar. Sin duda, lo de acostarnos juntos y luego preguntarle como se llamaba era un orden que alteraba el producto.

Seguimos hablando un rato. Ella me decía que esa noche fue inolvidable y que difícilmente se repetiría. Lo decía cerrando los ojos mientras su sonrisa se rendía. Yo parecía soñar.“ ¡Dios, que bella era!” Irradiaba un calor tierno y penetrante que lo llenaba todo. A medida que hablaba, sus manos removían el aire, para encontrarse en su larga cabellera, donde recogió su pelo, dejando desnudo su elegante cuello de cisne. No dejaba de hablar con su voz cálida y mediterránea. Ni siquiera el susurro de la cafetera la hizo callar. A medida que se acercaba con las tazas en sus manos el olor a café invadía mi alma entregada. Llegó hasta mí rozando su cuerpo mientras se agachaba. Yo no me percaté de que mis manos rodearon su cintura y cuando sorprendida me miró mis labios buscó los suyos. No recuerdo cuando tardé en darme cuenta que se alejaba de mí, como queriendo escapar. En silencio y dándome la espalda movía la cabeza como si no entendiera lo que estaba pasando. Inesperadamente la puerta que estaba dentro de la cocina se abrió y salió un hombre joven, alto y corpulento. Enlutado por su camisilla y calzoncillos, sus numerosos músculos se empeñaban en salir inútilmente. Me regaló un gesto, adornado con una sonrisa, antes de sorprender, de nuevo, a mi confuso bulto en un abrazo hermético, mientras la zarandeaba suavemente. Ella me miraba fijamente, sobre el hombro de aquel hombre como queriéndome decir algo. Sentí que pronto iba a perder el aire, como si me hundiera en arenas movedizas. El deseo de gritar aumentó cuando, sin esperarlo, se abrió la puerta de la cocina que daba al pasillo anunciando a Peggy.

Todos los que tienen mi edad conocen a Peggy. Aquella inglesita llenita, pelirroja y pecosa, de ojos pequeños; que no se quitaba nunca de encima aquel gran lazo rojo con lunares blancos de la cabeza; que conocimos en los textos de inglés de 6º de EGB. Ésta, además, parecía tener mala milk. Prepotente y malhumorada solo le faltaba como a Peggy el muellito detrás para parecerse a un cerdito gruñón. Lo peor de las ecuaciones es que cuando la solucionas no tienen vuelta atrás: Si X es igual a la novia del musculito; ¡Peggy es igual al “bulto”!. Cuando, desde el otro lado de la larga mesa, la vi “moviéndose” hacia mí, me levanté ligeramente para comprobar si se estaba arrastrando de rodillas. El blanco de su bata empalidecía aún más el rostro de la chica de Albión, acentuando ese carácter espectral Eso no fue lo peor: también hablaba: “¡Hello mis amigos!” Su voz parecía que estaba poseída por una mezcla de Joaquín Sabina y la Duquesa de Alba hablando en spidinglis. En esos momentos uno siempre tira de los sabios consejos. Mi padre repetía una y otra vez que “a lo hecho pecho”. No era cuestión de salir espantado como un cobarde, solo porque se acercara aquel extraño animalito. Cuando llegó a mi altura, antes que ella tomara la iniciativa, cerré los ojos y la besé en los labios, con la esperanza de que se transformara en una ranita, quizás mas graciosa y simpática. Era un acto de de orgullo y venganza hacia la chica X lo que quizás me hizo tomar esa decisión. Lo que no esperaba es que me impactara tanto, no el beso, sino la “hostia” que casi me desencaja la mandíbula. Mientras me retumbaba todo, observé que los ojos se le abrían, como si quisieran explotar en aquella encolerizada cara enrojecida, mientras escupía todo tipo de palabras inglesas, maldiciéndome a mí y a toda mi ascendencia hasta el 5º grado. Más allá, los dos espectadores, aún abrazados se agarraban con fuerza para no caer desternillados al suelo. Cuando la chica X recuperó la respiración exclamó –“¡Vaya con el Casanova!” -y siguió riendo sin parar. (CONTINUARÁ)

La sal de tu ausencia

Alguna veces, cuando los días nos dejan solos huelo la sal de tu ausencia y presiento el murmullo de tus secretos que se petrifica...