
Sus almas, desesperadas, recorrieron el mundo buscando su reconocimiento, pero no encontraron a nadie que los recordaran. Entristecidas, las almas lloraron durante muchos años; fue, entonces, cuando sus lágrimas se confundieron con la lluvia, y muchos vieron como sus cuerpos se empapaban respirando esa humedad triste y desgarrada. No tardaron en caer en la locura y despertar en desiertos arenosos de una belleza indescriptible, bajo un cielo limpio de un azul intenso, y un aire que embriagaba por su pureza, pero lo más que sorprendió fue el silencio absoluto que lo llenaba todo. Quedaron admirados, contemplando aquello durante horas, hasta que comenzó a rugir el viento.
6 comentarios:
¡caramba Marcos, que relato tan estremecedor! :-o
ES que cuando me pongo llorón... Gracias Pilar. Un besote.
Cada civilización reposa sobre los escombros de la anterior, y el aire siempre es más puro cuando las almas ocupan un mundo nuevo.
Toda una alegoría.
Saludos
Gracias Narci por tu comentario. Revivir lo anterior como un ciclo interminable es una idea que me atrae, no importa que sea en la mera imaginación e incluso en la locura.
Como dije en La Esfera, estremecedor. Es tremendo y como también allí ha comentado Isolda es una parábola, Marcos, una parábola.
Sí, Armando, una o tantas como quiera el lector, en ese ciclo de muerte y vida, destrucción-resurección.
Un abrazo
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