martes, 25 de enero de 2011

Alma de arena




            El aire se volvió arena y los rostros se convirtieron en esculturas, que se arrastraban entre las dunas. Las huellas cayeron en el olvido y el tiempo borró el recuerdo; la memoria de aquellos humanos quedó reducida a los últimos gritos, ahogados por los aullidos eólicos. Luego, sus carnes se secaron y se pudrieron rápidamente, y los huesos emblanquecieron  y se separaron de su armazón, para viajar libremente por el desierto, arrastrados por el viento, hasta que se sumergieron en él. Si alguna vez existieron lo fueron exclusivamente para ellos.
            Sus almas, desesperadas, recorrieron el mundo buscando su reconocimiento, pero no encontraron a nadie que los recordaran. Entristecidas, las almas lloraron durante muchos años; fue, entonces, cuando sus lágrimas se confundieron con la lluvia, y muchos vieron como sus cuerpos se empapaban respirando esa humedad triste y desgarrada. No tardaron en caer en la locura y despertar en desiertos arenosos de una belleza indescriptible, bajo un cielo limpio de un azul intenso, y un aire que embriagaba por su pureza, pero lo más que sorprendió fue el silencio absoluto que lo llenaba todo. Quedaron admirados, contemplando aquello durante horas, hasta que comenzó a rugir el viento.

6 comentarios:

PilarA dijo...

¡caramba Marcos, que relato tan estremecedor! :-o

Marcos Alonso dijo...

ES que cuando me pongo llorón... Gracias Pilar. Un besote.

Narci M. Ventanas dijo...

Cada civilización reposa sobre los escombros de la anterior, y el aire siempre es más puro cuando las almas ocupan un mundo nuevo.

Toda una alegoría.

Saludos

Marcos Alonso dijo...

Gracias Narci por tu comentario. Revivir lo anterior como un ciclo interminable es una idea que me atrae, no importa que sea en la mera imaginación e incluso en la locura.

Amando Carabias dijo...

Como dije en La Esfera, estremecedor. Es tremendo y como también allí ha comentado Isolda es una parábola, Marcos, una parábola.

Marcos Alonso dijo...

Sí, Armando, una o tantas como quiera el lector, en ese ciclo de muerte y vida, destrucción-resurección.

Un abrazo

La sal de tu ausencia

Alguna veces, cuando los días nos dejan solos huelo la sal de tu ausencia y presiento el murmullo de tus secretos que se petrifica...