viernes, 24 de julio de 2009

Tierna infancia

Lejos, entre la nada y el tiempo,
cuando los ojos no pueden cerrarse
ante tanta miseria,
cuando los niños dejan de serlos,
para confundirse con los desperdicios,
las pisadas descalzas
en las encharcadas calles de podredumbre,
gusanos retorciéndose entre el lodo,
luchando por el excremento,
endureciendo su piel,
afilando sus miradas,
muriendo todos los días,
un poco,
vigilantes
cerca de la trampa,
coqueteando con la muerte,
vendiendo sus almas,
victimas y verdugos
de otras almas sin almas,
secos,
vacíos
sin lágrimas,
desafiando al reloj
que avisa a los que mueren
de que ya no están vivos.
La navaja por el videojuego,
el pintalabios por la muñeca,
el hoy por el mañana.
Y sobre el charco
pasa la gente,
impasible,
inmune,
sin saber,
sin importale
que es de sangre.

lunes, 13 de julio de 2009

Andamana, la reina mala IX

Los niños corrían despavoridos al ver aquel ser acercarse a ellos. La niña que vieron subir hacía dos años bajaba ahora en forma de mujer arrastrando una larga sombra enlutada cuando Magec se empezaba a esconder tras aquella Fortaleza de Chipude, uno de los más impresionantes macizos de las islas sobre el que se sostenía el cielo.
- ¿Eres Andamana, verdad? – Le preguntó una de las viejas que adelantándose a los chiquillos asustados parecía querer protegerlos del misterioso ser.
- Sí, soy yo – Respondió la joven mujer que parecía que a acababa de descubrirlo, mientras miraba a su alrededor como comprobando que todo estaba en su sitio. En su interior retumbaba una y otra vez la misma idea – Soy Andamana, ¡Soy Andamana!.
- ¡Pero mi niña! ¿Cómo te has atrevido a bajar sola por ese peligroso sendero? Preguntó preocupadala vieja con un tono tierno y cariñoso, mientras intentaba rodearla con sus gruesos brazos sin conseguirlo, pretendiendo protegerla sin saber de qué.
- No he bajado sola – Contestó Andamana con gesto indiferente a la vez que seguía mirando a ninguna parte.
- ¿Ah, no? ¿y dónde está Gerehagua? ¿Se ha quedado atrás? – Preguntaba la vieja a la vez que unas preguntas hacían de respuestas a las anteriores.
- Llegaron antes que yo – Respondió la joven princesa antes que la vieja la soltase dando un paso para atrás y mirando para todos los lados buscando a la repugnante pareja sin entender nada.
Andamana, indiferente, siguió su camino. Los del lugar no entendían nada, era imposible que hubiesen bajado por el sendero sin que los hubiesen visto. No había otro modo de bajar o eso creían. Unos días más tarde algún pastor encontró a Gerehagua y su mujer. Yacían aplastados contra unos peñascos en el fondo del barranco, sobre el que se colgaba un acantilado de más de cien metros de alto y por el que se ceñía un estrecho y peligroso sendero que bajaba de la Fortaleza.

jueves, 2 de julio de 2009

Andamana, la reina mala VIII

Desde hacía algún tiempo la palabra gentilhombres había perdido su masculinidad. Ciertas mujeres habían accedido a la asamblea por designación real. Algunas harimaguadas y la guayresa Andamana resumían la aportación femenina. Los hombres aún no se habían acostumbrado a su presencia y, aunque correctos con ellas, no solían darles conversación. Quizás se debía a que los nobles tenían prohibido dirigirse a las mujeres cuando se las encontraban solas por los caminos, delito que estaba castigado con la pena de muerte.
Andamana no necesitaba oír ni hablar con nadie para darse cuenta de las cosas. Perspicaz, observadora y más inteligente que cualquiera de los hombres presentes, poseía un olfato especial para presentir los acontecimientos. Su demoledora oratoria estaba provista de una afilada ironía que destrozaba a sus adversarios, a los que después golpeaba con una profunda y sonora carcajada ahogándolos definitívamente.
A sus cuarenta y tantos años largos disfrutaba de una madurez exquisita. Para ser mujer tenía una respetable altura que exageraba su delgadez. En los días de calor asomaban sus hombros de suave piel dorada. Su largo cuello tensado por esbeltos músculos quedaba desnudo cuando se recogía su larga cabellera sobre su espalda, bajo la que aparecían unas afiladas orejas. A veces, cuando el calor aligeraba su ropa, se adivinaban unos pechos decididos, bajo los cuales las ordenadas costillas se sucedían estrechando su vientre hasta su marcada cintura, donde nacían unas caderas cómplices de hermosas nalgas por las que se deslizaban fuertes pero delgadas piernas contorneadas.
La alegre mirada del curioso se sobresaltaba cuando de repente la mirada penetrante de sus brillantes ojos negros, que sobresalía del antifaz, se clavaban en los ojos de los atrevidos profanadores. Un escalofrío recorría sus cuerpos antes de poder liberarse, apresuradamente, de su imagen. Andamana no dejaba de ser un personaje controvertido. Mitad princesa mitad bruja o adivina, siempre era el centro de todas las miradas escondidas y los comentarios sordos.
Los más viejos aún recordaban a la pequeña dulce y juguetona antes de ingresar en el cenobio. Sus correrías siempre terminaban en los brazos de su orgulloso padre mientras, desde lejos, la dulce mirada atenta de su madre la vigilaba complacientemente. Andamana no era la misma. Lo dejó de ser cuando el humo asfixió su adolescencia y el fuego su gracioso joven rostro. La muerte trágica e inesperada de su madre pareció hundirla en un mundo gris e insensible y sobre sus delicados hombros cayó el peso de muchos años que aplastó su juventud. Sin embargo, no se refugió en la locura o la desesperación ni se marchitó su vitalidad como su belleza. Los dos largos años en la que estuvo recluida en Chipude, recuperándose de sus graves heridas, la hizo más fuerte. Sus lágrimas se endurecieron para nunca más volver a llorar. Ni siquiera las siguientes desgracias ensombrecieron su mirada. Aún se sorprenden los lugareños cuando recuerdan haberla visto bajar sola por el escabroso sendero que baja desde la Fortaleza de Chipude hasta el pueblo. Parecía un ser fantasmal envuelta en harapos y el rostro cubierto. Sabían que era ella, no podía ser otra, la princesa Andamana, aunque nunca la hubiesen visto desde que la dejaron allí al cuidado del viejo Gerehagua y su mujer. El despreciado Gerehagua hacía las funciones de enterrador y embalsamador pero sus amplios conocimientos lo facultaban como sanador. Muchos acudían a él, a pesar de despertar en sus pacientes un cierto pavor y repugnancia. No era de extrañar, aquel viejo descuidado y maloliente, tenía un carácter irascible que lo hacía acreedor de su fama de loco solitario.