jueves, 25 de junio de 2009

Las Canteras

En la leve sonrisa de un día cualquiera,
en el cálido rayo de sol de un amanecer embriagado,
la piel se retuerce vagamente de placer,
estirándose, hasta casi romperse,
ausente de pasados ni ayer,
sin agobios de futuros inciertos,
recreándose en el paisaje, casi sin mirar,
permaneciendo…,
como si fuera un cuadro de segundos eternos,
con los sentidos ordenados:
sintiendo el pesado cuerpo,
rozando en la arena, algo húmeda,
oyendo el murmullo lejano de las olas,
roto por el quejido de alguna gaviota.
Olor a mar salado.
Junto a las huellas de amigos desconocidos
cierro los ojos para no pensar,
sin encontrar nada en mi interior,
sin importarme ese vacío que me inunda,
echando de menos el presente, casi infinito,
sin querer terminar estas letras que me transportan...
y vuelvo a recordar que no estoy en las Canteras,
que no soy un lobo marino de otra época,
que ya no hay gaviotas que vuelen,
que la mar está desabrida,
que los rayos de la Luna no iluminan,
que la piel se marchita,
que ya es tarde,
que ya es hora,
que ya duermo…
y vuelvo
a soñar.

martes, 23 de junio de 2009

Decadencia

En las suaves llanuras donde pacen las dudas
siempre escucho un silencio aplastante ,
en medio del susurro de un viento, intrigante,
que acaricia el rostro ensangrentando,
como si lo desgarrara con profundas heridas.


Me gusta oler las flores amargas que me adormecen
sobre la fresca hierba de tu piel
Sin saber quien eres, conozco tu calor
que hierve mi sangre, a fuego lento,
hasta convertirse en un tibio sudor.

La luz de tus mentiras no me molestan
porque son como mías cuando me engaño,
para no perderte en los horizontes,
para no perderme en los desiertos
entre sábanas blancas.

Y mientras el amor se marchita en largos otoños
recuerdo las lejanas primaveras y sus tormentas tropicales
las noches calurosas entre doseles
adormecido en las frías mañanas
sobre la fresca hierba de tu piel.

Andamana VII

El silencio acompañaba a los pasos del reo, un desgraciado muchacho de no más de catorce o quince años. Cabizbajo andaba casi arrastrando los pies descalzos mientras era empujado por los alguaciles que lo custodiaban. Sus ojos, casi sellados por las lágrimas secas, se escondían en su cara curtida y polvorienta colgada en su enjuto y sucio cuerpo desnudo. Un hermoso canario de color verde rompía el aire quieto al pasar revoloteando, casi rozando al niño-hombre, mientras le cantaba un triste secreto.
Los notables de la asamblea presenciaban casi ausentes la terrible escena. Sus frías miradas y helados cuerpos dejaban solos a los atormentados parientes del delincuente. Su joven madre moría de dolor retorciéndose y tapándose la cara. Como si estuviese ensayado, de repente los dos levantaron sus miradas para encontrarse y romper a llorar entre gritos, mientras la una y el otro eran agarrados por fayacanes y familiares. El cuerpo atado y tembloroso fue presa fácil de las rudas y fuertes manos de los fayacanes que arrastrándolo y empujándolo hasta la pared del fondo cayó desplomándose sobre la arena bruscamente. Los gritos de desesperación se transformaban en gritos de terror a medida que escuchaba la sentencia. Nuevos gritos ahora de dolor recibían los impactos precisos de las piedras que rebotaban en el cuerpo ensangrentado. Los desgarradores gritos se ahogaban hasta adormecerse. Momentos después, los lamentos también se alejaban siguiendo la estela del cuerpo inerte que era arrastrado al exterior del recinto. El triste y tierno recuerdo se mezclaba con el remordimiento de aquel padre que había visto suplicar a su hijo pidiéndole perdón por haberlo ofendido.
Tras unos minutos las frías estatuas parecían volver a respirar, unas aliviadas, otras suspirando como si le faltase el aire. El Gran Mencey luchaba por evitar que manasen pequeñas lágrimas de sus nerviosos ojos enrojecidos. Otras barbas mojadas disimulaban torpemente el interior de sus almas encogidas.
Poco a poco fue surgiendo, en aquel lugar, algunos sonidos que en forma de burbujas ascendían junto al humo que empezaba a salir de las cachimbas envolviéndolo todo. Los gentiles hombres carraspeaban antes de hablar con los más próximos en voz baja pero grave. Iban surgiendo algunas sonrisas que de vez en cuando terminaba en carcajada en las que se podían ver grandes dientes desgastados por masticar la arenilla de los molinos de piedra que se mezclaba con el gofio triturado.

jueves, 18 de junio de 2009

Andamana, la reina mala (VI)

Los faycanes eran los mandadores de los distitos grupos de luchadores. De todos ellos el faycán de Tede, Rodríguez Semidán, era de lo más expertos. Su rotunda mirada castigaba a los jóvenes luchadores que, casi desnudos con vistosos dibujos amarillos en sus cuerpos, se movían ágilmente en el terreno, para evitar las envestidas del contrario o esquivar la bola de cuero, que los adversarios blanquiazules lanzaban violentamente contra ellos. Cuando el impacto era tan fuerte, que hacía sangrar al jugador por la nariz u otra parte de su cuerpo, este quedaba descalificado y era expulsado del terreno ante las advertencias del público que gritando ¡roja!¡roja! hacía referencia a la sangre, que tanto repugnaba a esta sociedad.Varias horas transcurrían hasta que quedaba descalificado algunos de los dos grupos, cuando superaban con creces las descalificaciones del contrario. Terminado el encuentro los gritos de alegría de los vencedores ahogaban los lamentos de los vencidos y sus seguidores que se llevaban las manos a sus cabezas golpeándose y saliendo del recinto apresuradamente.En ocasiones, cuando el honor no resistía la derrota, algunos guayres y faycanes se lanzaban al vacío gritado ¡vacaguaré! (¡quiero morir!). En otras eran los mismos desesperados seguidores los que tomaban esa decisión, despeñando a los faycanes que consideraban ser responsables de la derrota, con la esperanza que un mejor mandador recuperase el honor perdido.Una vez concluido el encuentro una nube de frailes franciscanos, que eran los únicos que sabían escribir, rodeaban a los luchadores y faycanes para escribir las crónicas, que luego contaban en las distintas parroquias. Solían ser muy prudentes en sus preguntas y comentarios. Más les valía. No era la primera vez que aparecían aplastados por grandes piedras o despeñados a las profundas simas o barrancos.

martes, 16 de junio de 2009

Andamana, la reina mala (V)

Tras él se exhibían sus nueve hijos varones. A diferencia del Gran Mencey, éstos eran altos, muy corpulentos y con grandes barbas. Sus duras facciones y miradas severas delataban su origen real, confirmado por sus respectivos bastones de mando o añepas. De todos ellos llamaba la atención el de mayor edad, por su larga cabellera y barba encanecida. Realmente parecía de más edad que su propio padre. Al celoso y desconfiado mencey le sorprendía y le costa creer la verdadera paternidad * de su primogénito. Aún recordaba, con extrañesa, haber jugado, cuando era niño con sus propios nietos. Quizás, por eso, siempre desterraba a sus sospechosos hijos a los bandos más alejados y le incomodaba su presencia.

Aguahuco, su hijo bastardo, siempre se sentaba en las gradas de enfrente, en lo más alto, junto a los jóvenes alzados o ultras. Estos iban casi desnudos con sus cuerpos pintados de azul y blanco mientras gritaban, bailaban y reían sosteniendo sobres sus manos sus grandes cachimbas de extraños olores.

En las grandes ocasiones como ésta, el Gran Mencey siempre se hacía acompañar del Guanarteme de turno. El Señor de los Vientos era conocido como el Gran Traidor, por ser el autor del Tratado de Catalayud, por el cuál Canarias se sometía a la Corona castellana-aragonesa a cambio de ciertos fueros o derechos. Su elevada estatura impresionaba casi tanto como el impresionante estandarte o pendón, que colgaba sobre el mástil de diez metros de altura, y que siempre hacía llevar con él. Con la elegancia que lo caracterizaba no usaba llevar tamarco sino lujosos trajes flamencos, florentinos o de otras plazas europeas. Su afamada superstición explicaba siempre su ubicación sobre siete escalones más alto que los demás. Decían que su meteórico ascenso en el poder provenía de ciertos poderes mágicos, que le permitía conseguir todo aquello que se proponía. De hecho, algunos aseguraban haberlo visto pescar salmones en el mismísimo barranco de Tauro.

Todo estaba a punto de empezar. Como era costumbre, antes de la asamblea, se realizaban rituales religiosos y juegos deportivos, en los que participaban los más famosos luchadores. Hacía tiempo que no se reunían lo más selecto de las islas.

La rivalidad existente entre los luchadores de las distintas islas era manifestada por los respectivos grupos de seguidores en las gradas. Un histerismo colectivo ensordecía el recinto entre gritos y cantos, a la vez que se agitaba el bravo mar de brazos provistos de ramas y hojas de palma. Los más grandes luchadores y las jóvenes promesas saltaban a la arena desfilando fríamente, a la vez que se saludaban los dos bandos contrincantes. El aplomo de los veteranos contrastaba con la excitación de los más jóvenes, pero en todos ellos se reflejaban en sus rostros un espíritu de nobleza y humildad, en el que el honor se hallaba muy por encima del orgullo.

Aunque en su mayoría eran nobles, que ostentaban el título de guayre, algunos eran de origen humilde, que con su proezas bélicas o deportivas habían conseguido la admiración y el reconocimiento de todos, como era el caso del joven valeroso de Arehucas, Doramas, más conocido como Tonono. Estos héroes estaban en el corazón de todo un pueblo y aún recordaban con orgullo y nostalgia a los ya desaparecidos o los que, como aquel joven Guayre, fueron vendidos en España. Se sabía que desde Villareal sería vendido a otros lugares recorriendo su nombre por media España.

lunes, 15 de junio de 2009

Andamana, la reina mala (IV)

Las risas, el murmullo y los gritos se extendían por toda la grada. La gente iba de acá para allá, saludándose y abrazándose. Los más jóvenes saltaban y hasta bailaban, agitando ramas en sus manos, siguiendo el ritmo de chácaras y tambores, mientras sonaban las caracolas, y los guayres y fayacanes golpeaban sus baras en el suelo.
El tufo a higos y manteca de cerdo con gofio se mezclaba con el fuerte olor a tabaco, que salía de las cachimbas de los más viejos e incluso de los más jóvenes, escondidos entre el gentío para no ser recriminados. De vez en cuando, se veían pasar a manadas de muchachos de un mismo bando, que cruzaban miradas amenazantes con otros, que sentados se reían y burlaban de ellos. Cada bando solía sentarse en un sitio distinto, arropado en torno a sus machos, que eran los mas fuertes y bravucones. Los líderes de la manada, casi siempre, se hallaban de pie haciendo aspavientos y gestos amenazantes a los machos de otros bandos, a los que les recordaban sus victorias en la brega o proferían desafíos.
El sol del mediodía iluminaba la Bombonera, el Gran Tagoror que se extendía cerca del barranco, por donde iban subiendo una hilera de gentes de todo tipo y de todos los lugares de las islas. Sus ropajes delataban su origen y condición social. Los nobles barbudos iban entrando en el recinto, mientras los plebeyos trasquilados merodeaban por los alrededores. Estaban adornados con plumas y collares y llevaban las caras pintadas. Las bellas muchachas parecían revolotear de un lado para otro, chismorreando al ver pasar a los hieráticos achimenceyes.
Algunos jóvenes príncipes y valerosos guerreros arrastraban tras de sí legendarias historias, en las que el arrojo, valor y honor era sus principales ingredientes. Muchos los seguían con sus miradas, en un gesto de admiración. Otros, en cambio, que por su fama en el combate y mayor edad, a medida que caminaban hasta la tribuna, fulminaban con sus miradas al gentío que se precipitaban a agachar la cabeza. El cotilleo perseguía a los siempre enamorados Gara y Jonay o a la bella Tenesoya acompañada por su francesísimo marido. El caso de la desafortunada y triste Iballa era distinto. La burla y la envidia daba paso a la pena y el desconsuelo.
Entre los príncipes y delegados de las distintas islas destacaba Tiguiza, primo de Zonzamas, antiguo rey de Titerogay, por su altivez y elegancia. Decían de él, en cambio, que no era digno de las cualidades de un noble. Algunos rumores hablaban de su afición a los juegos de azar, su vida ociosa y de ciertos escarceos amorosos con mujeres vulgares que no buscaban otra cosa que la fama.Como era de costumbre, pasada algunas horas se oían el sonar sordo de las caracolas que anunciaban la llegada del séquito real. Desde lejos se divisaba como ascendía por el graderío un bosque de varas, lanzas y pendones hasta la Tribuna. Ya en ella se podía ver al Gran Mencey sentado en su trono, con los pies apoyado sobre un pequeño y coqueto taburete, dado la cortedad de sus miembros inferiores, los cuales no alcanzaban a llegar al lejano suelo

Extraño





Extraño tus silencios
cuando pienso en ti,
mujer sin rostro,
de palabras acariciadas por tus dedos
que acarician tus labios
de sonrisa inexistente

Te presiento cerca,
como un halo de esperanza,
como un gesto de cariño,
suspiros de madrugadas,
como hojas secas,
de árbol noble,
que sienten mis pisadas.

Me muero dentro
buscando tus pensamientos,
tus deseos,
tus anhelos,
tus miedos

Creo verte en todo lo que miro,
en mi mano
y en mis letras,
en la mirada perdida,
en esta noche ciega.

Esperando tus palabras,
en soledad
sin que la suerte llegué.

sábado, 13 de junio de 2009

Tras la sonrisa (II)

El gentío se agolpaba junto al edificio acristalado, mirando hacia lo alto, como tratando de adivinar en las entrañas de qué barco se iban a aventurar a realizar su sueño, que los más pesimistas sospechaban que sería una pesadilla. De todo aquello iba surgiendo una gran manada desorientada, que más allá se iba peinando en ordenadas filas, a medida que las preguntas encontraban las respuestas correctas, enfilándose hacia los mostradores del fondo, donde iban desapareciendo las mascotas como por arte de magia. Llegados a ese punto, los cruceristas se relajaban y con risas nerviosas comentaban lo grande que era el barco, hasta que le indicaban que el verdadero quedaba tras el edificio, por donde apenas se asomaba una tímida chimenea. Las quejas se multiplicaban, sintiéndose éstos engañados y defraudados. Pronto el desánimo se olvidaba cuando los viajeros mas expertos explicaban las ventajas de un barco mas pequeño: Desde luego resultaría más familiar y convivirían menos idiomas entre la tripulación y el pasaje.

Tras las primeras preocupaciones, que parecían que iban a ser las últimas, fueron apareciendo miles de móviles y cámaras fotográficas de todos los tipos y tamaños, con los que los argonautas retransmitían las últimas jugadas, antes de quedar sin cobertura, y los fotógrafos se empeñaban en inmortalizar tal trascendental acontecimiento. Poco a poco, y tras un periplo por escaleras, rampas y escalas, el Gran enano iba engulliendo a hombres, mujeres y niños, como si del mismísimo Crono se tratara, devorando a sus hijos.

Los gritos de advertencia y de enfado de los mayores hacia los más pequeños, que insistían en perderse escaleras arriba, eran acompañados, en ocasiones, de un buen coscorrón o nalgada terapéutica. La sensación de peligro siempre estaba latente. Pocos conocían lo que se avecinaba y no terminaban de creerse lo que otros le habían contado meses atrás.

De todos los niños Gonzalo era el peor. Gonzalo no podía ser otro que Gonzalo, era inconfundible. A sus sesenta y cuatro años, seguía viendo la vida de la misma manera que a sus cincuenta y seis, cuando se separó por cuarta vez. Sus ocho hijos, de sus cuatro matrimonios y sus otras tantas relaciones sin bendición religiosa ni civil, eran como padres y madres que habían renunciado a que se reformara, aunque solo fuese un poco. Como todos los niños, gozaba de una extraordinaria vitalidad, que la derrochaba en continuas travesuras. Osado y divertido, siempre se hacía rodear de un pequeño cortejo de golfos, como él, pero a diferencia de Gonzalo no tenían luz propia. Él mismo se reía de su infancia, recordando como el viejo cura de la aldea se lamentaba de la desaparición de la Inquisición, cuando hacía una de las suyas. Era un perfecto charlatán. Las tertulias se convertían, con frecuencia, en monólogos, en las que el micrófono tomaba la forma de un vaso de güisqui y el escenario forma de barra de un pub o bar cualquiera, de cualquier sitio y a cualquier hora. De nada sirvió los buenos consejos que advertían al pecador sobre el infierno, la mala vida que le esperaba y lo desgraciado que iba a ser. A él le gustaba decir que le encantaba el calorcito del infierno, donde estaban las malas mujeres, y que esperaba ser más desgraciado de lo que había sido hasta ahora. Este Baco de Navarra, predicaba su religión en todos lados, donde era seguido con gran devoción, por una legión de verdaderos apóstoles. La mala vida lo llevó, cuando era joven, a las costas mediterráneas, en pleno boom turístico, donde se hizo con un desgraciado imperio de apartamentos y restaurantes, que compraba y vendía entre copa y copa. Su familia, gente de bien, no dejaba de avergonzarse, sobre todo en las fiestas del pueblo, que es cuando aparecía con su carrusel de apóstoles y extranjeras, convirtiéndose en más protagonista que el propio santo patrón de la aldea, transformada en pequeña ciudad industrial. Quien peor lo pasaba eran sus antiguas novias, encerradas en sus casas por sus maridos, conocedores de las golferías de Gonzalo.

Andamana, la reina mala (III)

-Es cierto, no son buenas noticias –afirmó ahora con mayor dignidad y formalidad– Los maestros se han vuelto a levantar en cuatro faycanatos y diez bandos.
-¡Maldita maná de cabras! –Exclamó Andamana- ¿Y qué quieren ahora? –volvió a preguntar.
-Quieren… quieren los mismos derechos que los sigoñes –respondió el secretario, ahora expectante -¡Jajajajaa..! -rompió a reir como una loca, mientras se inclinaba para apoyarse en la mesa con sus manos -¿Pero quienes se han creido que son esos inútiles? –preguntó, apretando los dientes y arrugando los ojos de su inexpresiva cara –los achimenceyes y sigoñes no podemos trabajar está mal visto. ¿Es que pretenden ir contra nuestras costumbres y normas sagradas?!
-Han exigido poder dejarse el pelo largo –aclaró el secretario mientras Andamana seguía maldiciendo –¡De eso nada!¡Son achicaxnas! ¡Ya les he ofrecido dejarse un dedo más por cada seis años de trabajo!

El secretario, inmóvil, miraba de reojo a la guayresa, que se paseaba alocadamente a lo largo de la habitación. Parecía que estuviese haciendo un gran y doloroso esfuerzo para dar a luz palabras mayores.
-Señora, el Gran Mencey ha convocado el Tagoror, quiere verla urgentemente –dijo apresuradamente, hasta que finalmente se sintió aliviado, secándose unas gotas de sudor de la frente.
Andamana volvió a estallar convocando a los malos espíritus y maldiciendo una y otra vez al mismísimo mencey - ¡Gran enano de mierda! –Ante el estupor del secretario.

La mala y difícil relación entre el Gran Mencey y su supuesta hija era conocida por todos. Había pasado muchos años desde “aquello” y las heridas no se habían curado y menos las cicatrices que se escondían tras el antifaz de Andamana.

Ella sabía que su supuesto padre la detestaba. No soportaba verla. Veía en el rostro de su hija el recuerdo tortuoso que lo hacía sentir culpable. No era de extrañar que la hubiese desterrado a un lugar tan apartado e inaccesible, como el Valle de Argodoy. No era el odio sino la vergüenza, la duda y el orgullo lo que le separaba de su posible hija a la que abrazaba en su imaginación suplicandole perdón.

Ella lo despreciaba, pero no era la fuerza del odio, el resentimiento lo que le empujaba a ridiculizarlo y ponerlo en evidencia ante los demás. Despreciaba su pereza y su torpeza y su estatura e inteligencia no era mayor a la de Imbécil. No había tampoco en ella ningún sentimiento de venganza, era una fuerza mayor la que la hacía sonreir, mientras se acariciaba su cara de piel de cerdo: Era su ambición.

Sabía que ahora tendría que dar explicaciones y soluciones, que no poseía, ante aquel Gran enano. Su orgullo le quemaba más que el fuego en la cara. El inútil de su supuesto padre era más inútil que aquella mana de cabras que reclamaban tener el pelo mas largo.

Finalmente, y a modo de conclusión, inspiró profundamente y, pensando en el Gran enano, exclamó -¡Imbecil! –de repente, y ante el asombro de los dos, se abrió la puerta y una cabeza blanquiroja preguntó - ¿Sí, señora…? ( CONTINUARÁ )

viernes, 12 de junio de 2009

Tras la sonrisa (I)

La ciudad dormida despertaba perezosamente, encandilada por los primeros rayos del amanecer, que se reflejaban en el puerto. Los grandes edificios parecían estirarse, alargando sus sombras sobre los demás, como si tropezaran unos con otros. Un trueno ensordecedor inundó todo el espacio. El reactor, cada vez más diminuto, terminó por desaparecer, perforando las altas nubes, que parecían cansadas para proseguir el viaje. Algunos coches, deambulaban perdidos en medio de la resaca. Los de color negro parecían más activos, recogiendo a las diminutas personas que se movían torpemente sobre las aceras, intentando sortear las mesas y sillas de las terrazas que estaban esparcidas por ellas. Las calles sudaban, empapadas por las cubas de la limpieza, en medio de un ambiente cargado de humedad cuando ya el calor empezaba a apretar. Las motos parecían avispas incordiando con su molesto zumbido que revoloteaban alrededor de las glorietas y rotondas. El gran hormiguero se resistía a ponerse en píe ese domingo de verano.

El taconeo nervioso y apresurado invitaba a trasnochadores y madrugadores curiosos de las alturas a seguir su rastro. Las dos jóvenes uniformadas, con pantalones piratas y camisetas blancas, arrastraban grandes maletas, como si fueran sus mascotas. De repente una de ellas, moviendo sus manos, gritó insistentemente hasta que el taxi paró. El fornido taxista metió rápidamente las mascotas en el maletero como si hubiese ensayado la escena cien veces. Tres golpes secos de las puertas precedieron a la carrera vertiginosa ramblas abajo. Como si de una carrera se tratase otros coches negros se iban sumando saliendo de otras calles en dirección al puerto. La procesión iba haciéndose más larga, a medida que se acercaban a la dársena exterior. Las grandes grúas, que se inclinaban respetuosamente a su paso, dejaban ver entre sus huesos los grandes barcos del fondo. A medida que el cortejo se acercaban, los barcos parecían que crecían sobresaliendo por encima de los edificios del alrededor. Al enfilar el largo muelle, la comitiva pasaba revista a los engalanados protagonistas, que parecían mirar de reojo a la minúscula hilera de taxis que iban aterrizando en la parada para dejar los pasajeros con sus mascotas.

El gentío se agolpaba junto al edificio acristalado, mirando hacia lo alto, como tratando de adivinar en las entrañas de qué barco se iban a aventurar a realizar su sueño, que los más pesimistas sospechaban que sería una pesadilla. De todo aquello iba surgiendo una gran manada desorientada que más allá se iba peinando en ordenadas filas a medida que las preguntas encontraban las respuestas correctas enfilándose hacia los mostradores del fondo donde iban desapareciendo las mascotas como por arte de magia. Llegados a ese punto, los cruceristas se relajaban y con risas nerviosas comentaban lo grande que era el barco, hasta que le indicaban que el verdadero quedaba tras el edificio, por donde apenas se asomaba una tímida chimenea. Las quejas se multiplicaban, sintiéndose éstos engañados y defraudados. Pronto el desánimo se olvidaba cuando los viajeros mas expertos explicaban las ventajas de un barco mas pequeño: Desde luego resultaría más familiar y convivirían menos idiomas entre la tripulación y el pasaje.

Tras las primeras preocupaciones, que parecían que iban a ser las últimas, fueron apareciendo miles de móviles y cámaras fotográficas de todos los tipos y tamaños con los que los argonautas retransmitían las últimas jugadas antes de quedar sin cobertura y los fotógrafos se empeñaban en inmortalizar tal trascendental acontecimiento. Poco a poco, y tras un periplo por escaleras, rampas y escalas, el Gran enano iba engulliendo a hombres, mujeres y niños, como si del mismísimo Crono se tratara, devorando a sus hijos.

Los gritos de advertencia y de enfado de los mayores hacia los más pequeños, que insistían en perderse escaleras arriba, eran acompañados, en ocasiones, de un buen coscorrón o nalgada terapéutica. La sensación de peligro siempre estaba latente. Pocos conocían lo que se avecinaba y no terminaban de creerse lo que otros le habían contado meses atrás.

Andamana , la reina mala (II)

Ya no parecía ni fría, ni negra, ni dura, ni inmóvil. Sus gritos quebraron la noche, cuando ya aclaraba el día. Su larga cabellera rizada se agitaba, desordenadamente escondiendo un rostro tapado por las sombras, que iban desapareciendo. Sus manos, donde las venas se confundían con arrugas, coincidieron en la cara al encenderse la luz.
-¿Qué ocurre Señora?
¡Apaga la luz imbécil! –Respondió airadamente, mientras su cuerpo se retorcía, entre el asco y la furia.
Imbécil, era un ser rechoncho y bajito, con los ojos fuera de sus órbitas. El rojiblanco de su piel y sus canas caracterizaban la parte visible de su cuerpo, que sobresalía más allá de su cuello encorbatado. Posiblemente, ya no recordaba su nombre, simplemente era Imbécil. A sus sesenta y tantos años se apresuraba, cojeando, en llegar hasta la puerta. Tras cerrarla se oyó un suspiro. Al fin y al cabo había corrido mejor suerte que la anciana araña.
La mirada volvió a su sitio natural, reclamada por un lejano sonido. El claxon de la guagua, que iba contando las vueltas de la polvorienta carretera, que se precipitaba montaña a bajo. Las montañas ya sacaban sus colores, y la estela de polvo, como si de un meteorito se tratara, delataba a Ramón, el joven chofer y antiguo corredor de la escudería de Telde. Disfrutaba, deslizándose ladera abajo, como si estuviese haciendo surf. Sin embargo, el resto del pueblo soñaba con la tan anhelada nueva carretera. En menos de media hora se llegaría hasta La Candelaria ,y de ahí a Añaza solo quedaba un suspiro.
Aún, quedaría media hora para que la escandalosa guagua dejara de balar y de levantar polvo. Para cuando eso, ya el peine de púas y otros instrumentos habría desistido de arreglar aquella cabellera. Su larga bata había desaparecido; en su lugar: collares, un jersey negro y unas botas negras largas, que aprisionaban los pantalones estrechos, sujetados en la cintura por un gran cinturón. La atenta mirada del pastor parecía admirar aquella figura. Parecía una princesa, de hecho lo era y, además, era Guayresa, Consejera del Gran Tinerfe, Mencey de Canarias. El viejo pastor lamentaba, tras su admiración el trágico accidente, mientras la Guayresa Andamana se cubría su rostro con su antifaz de piel de cerdo.
El olor a café ya inundaba el despacho, cuando se oyó dos pausados golpes secos sobre la puerta ,como si el primero anunciase al segundo y el segundo a Imbécil.
-¡Pasa! –dijo Andama con una voz entre seca y amenazante.
-El secretario está aquí -dijo la cabeza rojiblanca pegada al extremo de la puerta entreabierta.
- Buenos días -dijo el secretario que mediaba los cuarenta años, apareciendo por detrás de Imbécil, mientras se ajustaba la corbata con una mano y agarraba el maletín con la otra.
- Humm -Fue la respuesta.
- ¿Qué me cuentas? –preguntó Andamana, sin hacer caso a los torpes comentarios aduladores del secretario que quería aparentar seguridad.
- Buenoo..-Titubeó -¿Bueno? –repitió interrogando Andamana para preguntar después- ¿Parece que quieres decir malo?
A medida que el secretario perdía la seguridad y ganaba nerviosismo, se afanaba en apretarse la corbata, ahora con las dos manos, como si quisiera ahogarse más de lo que estaba.
( CONTINUARÁ )

martes, 9 de junio de 2009

"Smara"


Flor del desierto,
sonrisa de arena
grabada al rojo vivo
en mi alma.

Eres todos mis horizontes
que contemplo desde la orilla,
sintiendo tus latidos
en mi sangre.

Viajeros,
recorrimos la soledad,
de mares secos
bañados en polvo,
buscando caminos sedientos
te encontramos,
en una mañana perdida,
cuando el amor llena el pecho
hasta dolerte,
cuando una madre grita
hasta parirte,
cuando una lágrima cae
y despiertas.

Echaste raíces
en mi corazón
levaste ancla
para partir,
navegando
entre dunas,
dejando huellas
para seguirte.

Tus pétalos púrpuras
es mi bandera,
tu felicidad
Mi patria.

Eres el calor sereno
que me abraza,
el tormento
que me da vida
y me mata.

Eres todo.
Eres única.
Eres flor
en mi alma.

domingo, 7 de junio de 2009

Andamana , la reina mala (I)

Cuando las noches enviudan son mas largas. Quizás, pierden el sentido del tiempo recordando la Luna, que con su velo blanco cubre el valle dormido. Las horas pasan lentamente, posiblemente sean las mismas, que dan vueltas y vueltas, sin querer despertar del sueño mágico. Ese sueño dormido que siempre tiene una leve sonrisa sobre la cara amable de la Luna. Pero a veces, la noche cerrada frunce su ceño y aprieta el puño golpeando las montañas. Retumba el valle aterrado, entre histéricos truenos y relámpagos, que dejan ver siniestras siluetas. Es en ese instante cuando salen los extraños animales de la noche, que se ocultan durante el día. También, es cuando sale lo peor de nosotros mismos: nuestros miedos, nuestros deseos… gritan, desesperados, queriendo respirar insistentemente el aire de la noche oscura. Sin embargo, algo esta atado a nosotros mismo, mil cadenas lo rodean asfixiantemente y en cada imperceptible movimiento, cada mínimo respiro nuestros ojos se encienden gritando a nuestro cuerpo que se sacude e incorpora violentamente bañado en sudor: son nuestros secretos.

Entre las almas vagabundas, algunas se confunde con los pastores del amanecer, que con sus mantas bordadas o pieles de cabras, delatados por el humo de sus cachimbas, siempre esperan escondidos, entre montañas la llegada de Acorán, en forma de Magec. Un largo, suave, respetuoso silbido precede el despertar y en majestad, rodeado por sus cegadores rayos naranjas, rojos y amarillos, trepa sobre las montañas.

Lejos, pero muy cerca, se alza la Fortaleza, entre abismos anunciadores de antiguos suicidios, que fueron casi siempre asesinatos. Tras la ventana, como una gárgola desafiando los abismos, surge su mirada, que parece intentar rescatar a los inocentes. Su fría figura, negra como la noche, dura como el basalto, inmóvil como la muerte, permanece inalterable sin querer soñar, como si sospechara que inevitablemente perdería algo, quizás todo, si no estuviese alerta. Siguiendo el tic tac del viejo reloj, sus pensamientos se cruzan, como si estuviese tejiendo los hilos de una tela de araña.
-¿Una araña…? ¡Una araña!
El terrible golpe acabó, fulminantemente, con la vida de aquel anciano insecto, que se tambaleaba por las esquinas del palacio. Maldecidos, siempre, los insectos y lagartijas que salían de la tierra eran tan odiados como temidos. Al fin y al cabo, no dejaba de ser una de las tantas formas en la que aparecía Guayota.

Ya no parecía ni fría, ni negra, ni dura, ni inmóvil. Sus gritos quebraron la noche, cuando ya aclaraba el día. Su larga cabellera rizada se agitaba, desordenadamente escondiendo un rostro tapado por las sombras, que iban desapareciendo. Sus manos, donde las venas se confundían con arrugas, coincidieron en la cara al encenderse la luz.
-¿Qué ocurre Señora?
-¡Apaga la luz imbécil! –Respondió airadamente, mientras su cuerpo se retorcía, entre el asco y la furia.
Imbécil, era un ser rechoncho y bajito, con los ojos fuera de sus órbitas. El rojiblanco de su piel y sus canas caracterizaban la parte visible de su cuerpo, que sobresalía más allá de su cuello encorbatado. Posiblemente, ya no recordaba su nombre, simplemente era Imbécil. A sus sesenta y tantos años se apresuraba, cojeando, en llegar hasta la puerta. Tras cerrarla se oyó un suspiro. Al fin y al cabo había corrido mejor suerte que la anciana araña. ( CONTINUARÁ )

El bulto (I)

Cuando me di cuenta que tenía los ojos abiertos, aún tardé en comprender que miraba. El azul borroso parecía un cielo extraño, lleno de zonas oscuras, como si fueran humedades. No había estrellas ni nubarrones y, pronto, empecé a observar como la luz, cada vez más intensa, descubría aquellas esquinas. No me resultaba un ambiente familiar, o al menos no lo recordaba con claridad. Mis pensamientos eran torpes, como mi seca boca entreabierta; las ideas se sucedían lentamente como gotas que caen del deshielo. Mis ojos inauguraron los primeros movimientos, para hacer descender la mirada, siguiendo la esquina de aquella pared hasta descubrirlo. Allí estaba, inspeccionándome, con esos ojos profundos, casi desafiantes, e inmóvil. Su gorra estrellada y su barba revolucionaria me recordó su acento argentino y casi podía olfatear el humo de su cohiba. Su presencia abarcaba toda la pared desnuda, que parecía ser sostenida por un viejo ropero, que ocupaba la pared vecina. La penumbra se resistía a luz, que entraba a hurtadillas, entre las cortinas ondeantes de aquel ventanal. Como la marea en pleamar, sus continuos vaivenes anunciaban una pronta victoria. Perdiendo el equilibrio, al deslizarse las pupilas hasta los extremos de los ojos, como intentando salir de sus contornos, mi cabeza se ladeó, volcándose con ella todo lo que había en su interior. Pareciese que mil pequeños trocitos de cristales rotos, mezclados con chatarra y arena, se precipitaban en una estruendosa avalancha, que me provocó un ensordecedor dolor de cabeza. Los párpados se cerraban fuertemente como queriendo asirse para no caer. Un pequeño suspiro hizo exhalar un vaho ácido, del que se desprendía un fuerte olor a alcohol, que salía levemente de la boca, aún entreabierta, a modo de enérgica protesta por el trato inhumano de toda aquella tortura. No sé cuánto tiempo pasó hasta que pude volver a pensar, quizás el tiempo suficiente para que mis manos reaccionaran tímidamente, arrastrando con ellas mis brazos hasta el extremo de la cama. Allí se unieron para intentar erguir el pesado cuerpo en un esfuerzo inútil. Mi cabeza apenas se despegó unos centímetros para volver a caer violentamente sobre el catre, seguida de ahogados lamentos. Una sensación de fatiga y náusea recorrió mi cuerpo, empapado en sudor. Torpemente, intenté deshacerme de una mezcla de sábanas, mantas y piezas de ropas varias que me enredaban. Pies y manos se aprestaban, sin grandes éxitos, a liberarme. La batalla fue extenuante y solo el sudor frío y los suspiros entrecortados me aliviaban. De repente, algo me llamó la atención y mi mirada se dirigió a aquella luz estridente que había sobre la mesilla de noche: las 9:00, marcaba el reloj digital. ¿Pero de qué día? ¿De qué mes? Eran preguntas sin importancia con respecto a otras que tendría que hacerme, por ejemplo ¿qué hacía allí?,¿dónde coño estaba? No dejaba de mirar todo aquello buscando respuestas, pero era inútil, sólo encontraba más y más preguntas. Sin esperármelo, al girar la cabeza, al otro lado, encontré una nueva pregunta forrada en la gruesa manta en aquel extremo de la cama. ¿Quién sería ese bulto? No entendía ni recordaba nada. Mi memoria estaba agotada y cualquier esfuerzo solo me remitía a vagos recuerdos de luces y sombras, música bailona y un decorado de rostros desfigurados por el vértigo, el ruido ensordecedor y el martilleo de los vasos que naufragaban en la tempestad de alcohol. Cuando por fin mi cuerpo desnudo se incorporó en el extremo de la cama observé que el suelo estaba helado sin sentirlo. Mis pies parecían prestados, solo me informaba de la baja temperatura, sin permitirme que yo mismo lo experimentara. Más allá, esparramada sobre una silla, una coqueta bata de algodón saltó sobre mí, arropándome. A medida que caminaba, mis pies se iban calzando de diversas zapatillas que se encontraba por el camino. La habitación empezó a ladearse, como si estuviese en un velero. Extenuado me dirigía a la puerta de la habitación a medida que el peso de mi cabeza parecía pretender aplastarme, cerraba los ojos fuertemente sustituyéndolos por mis manos que, a modo de antenas, intentaban guiarme hasta la puerta, mientras chocaban contra las paredes. Por fin llegué hasta ella, abriéndola con cuidado, para no despertar a aquel bulto que quedaba inmóvil en la cama. Al salir al exterior me encontré con un largo y oscuro pasillo, que se perdía hasta el fondo. Del otro lado salía uno más corto hasta alguna habitación, en medio de un patio acristalado. Sin casi estudiar la situación, mis piernas empezaron a arrastrarse por aquel corredor, la sensación de náusea iba y venía como un oleaje y las arcadas prometían inundar todo aquello.

TARDES

El mar en calma sin color
brilla levemente
sediento de sal.

Rocas pensativas
recordando el oleaje,
su espuma.

Gaviotas sin alas
que se masturban
queriendo soñar.

Arenas sin huellas,
sin historias
sin estrella de mar.


Dulces sueños, sin sueños,
de serpientes
mordidas.

Alma vendida,
Comprada,
paz.

Piel gris
curtida al sol
de fuegos apagados
(cenizas).

Baja la marea
sobre un cielo
sin Luna.

Vuelven los cangrejos,
sin querer,
de sus escondrijos.

Late el corazón muerto
de sangre
envenenada.

TE BUSCABA

Te buscaba.
Busqué en el templo vacío
y no estabas,
entre las sábanas frías
y te habías ido.

Busqué entre los sueños
y me los habías robado;
fuí hasta el mar
y me habías ahogado.

Tampoco te encontré
porque no te buscaba
en las altas montañas,
en las montañas nevadas,
donde están los corazones de hielo,
las lágrimas congeladas.

Grité
en el vacío
sin tener palabras,
lloré
y llovieron ranas.
Príncipes azules como yo
entre dragones sin damas.

Bebí
de los arroyos
que tú lloraste
y ví tu imagen
sin mirate.

Frío,
errante
volví a caminar
sobre tus pasos
para llegar
a ninguna parte.

Perdido,
miré en tus horizontes
donde las olas contaban
tristes canciones.

Lejos
te olvidé,
y si te buscaba
ya no recuerdo
el porqué.

Me matas

Acaricio tu piel con mis dedos,
mis labios,
constantemente,
sintiendo tu perfume
envenenado,
en lo más profundo.

Siempre juntos,
Besándonos
en las noches solas,
y en los tristes amaneceres
sin hablar
sin mirarnos

Como un rastro, te mueves
girando en el aire,
entre finos hilos,
dentro de mí,
robándome.


Tus cadenas,
oxidadas
de tanto tiempo,
de tantos años
secuestrándome,
me van asfixiando,
te voy detestando.

Tu egoísmo
asesino,
me va mordiendo,
me va matando
en silencio
engañando.

Te maldigo y te escupo,
te rompo
con saña,
pero vuelves riéndote,
encendido
envenenado.

Tus cenizas son las mías
que van cayendo
enterradas
en el cenicero
mortal.