viernes, 25 de diciembre de 2009

Hoy



Tu mirada me secuestra
cuando la noche llega
y entre el bosque de la multitud
siempre escucho tus silencios,
y tu expresión severa
se hunde en mi piel
dejando heridas abiertas
para cobijarte.

Los años clandestinos
nos han vuelto camaradas,
cómplices en la guerra
guerreros en el amor.
Y de nuestros ideales
hemos bordado una bandera,
que ondea a media asta,
sin juramentos ni promesas
porque el presente es nuestra patria
y tu risa una batalla por ganar.

Son los amaneceres los más tristes
cuando tu lado se vuelve ausencia
y los labios lloran tu partida,
mujer de media noche,
de atardeceres sin Sol.
Te busco en la noches sin Luna
en los mares secos
en la flor sedienta
que echa raíces
cuando el olvido
no me alivia y me atormenta
si no estás tú.

martes, 22 de diciembre de 2009

Pensé


Y pensé, alguna vez, que la realidad esta hecha de razones, de esferas perfectas, calculadas por fórmulas exactas, en las que las dudas se esconden temerosas, hasta que son cazadas en pleno vuelo, cayendo al suelo en el momento esperado, por el peso de la gravedad, y se petrifican en leyes irrefutables; que las secuencias ordenan un mundo aparentemente desordenado y los pensamientos son construidos bioquímicamente, cómo las lágrimas o la risa, resultado de emociones básicas aprendidas en los primeros pasos de la vida, predecidas por psicólogos y pediatras.

Y pensé todo eso mientras oía sonar un violín repartiendo ondas en el aire, mezclándose con las notas de un piano, y esa poesía inesperada, delicada como el cristal, transparente, sin dejar de ser sobria; esas líneas de palabras que te cortan hasta atravesarte, y oyes la palabra amistad de alguien que no conoces, y tu nombre colgado en un árbol, no importa que sea cursi, tampoco importa que las esferas sean perfectas, pero siento, más que pienso, que la realidad es más que eso, es también sueño, y dudas que vuelan con nuestro permiso para hacernos reír o llorar, y luego cerrar los ojos tras un profundo suspiro.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Sueños



En la oscuridad del tiempo perdido
se oyen gritos de silencios
que desgarran las paredes fangosas
del pozo profundo de tu alma,
donde habitan las siluetas avergozadas
de tus anhelos moribundos,
de tus fantasías irrealizadas,
de tus hambrientas ambiciones,
esperando raquíticas,
mientras pierden la fe en ti,
en tus proyectos inacabados,
enredadas en las raíces podridas
que no supiste alimentar.
Los años se convirtieron en losas
que cegaron la entrada
y el eco agonizante repite,
desde entonces,
las palabras que callaste
para dejar de ser tuyas.
Ahora cuando la vejez te reclama,
los sueños vuelven a visitarte
y a susurrarte al oído
recuerdos y esperanzas,
caminos perdidos…
Y mientras tus labios se vuelven sonrisa,
la luz ilumina las profundidades
de aguas limpias,
en un mar de corales,
espejismo de ilusiones,
en el que te contemplas
engañado,
donde mueren tus traiciones.

lunes, 14 de diciembre de 2009

Memorias


No sabría explicar como ocurrió todo, ni tan siquiera en que preciso momento sucedió, tampoco recuerdo cómo era ese extraño lugar. El tiempo no nos deja ver más allá de su sombra y es posible que, ya, haya transcurrido demasiado desde entonces. Pero esa idea me da vueltas y vueltas sin parar, y no puedo concentrarme en otra cosa. Antes, al menos, era capaz de distinguir las sombras, de las nubes grises, de la oscuridad de la noche; el frío del calor, pero ya..., ya no. Los silencios me asustan, es como un túnel largo y oscuro del que pueden surgir los extraños seres, que caminan vacilantes, como si estuvieran a punto de desvanecerse, pero en realidad nos acechan, lo sé. Hay que estar atento, nunca puedes cerrar los ojos, si lo haces te atacan despiadadamente, a la vez que gritan enfurecidos: “¡agüelo, agüelooo!”.

Si al menos pudiese recordar…

Hogar


El Sol toca la mañana,
desperezándose,
y acaricia la fría piel temblorosa,
los ojos se cierran despacio,
mientras susurra la brisa al oído,
para sentir su calor.
El tiempo se adormece,
retorciéndose sobre sí mismo,
sin que nada cambie.
Los segundos se vuelven latidos
y los minutos sangre
que fluye por los arroyos
hasta abrazarse a los ríos, que besan el mar.
La soledad se llena de recuerdos,
como adornos navideños,
que acompañan en el recorrido,
mientras los pensamientos nos buscan,
a los nómadas del desierto,
un espacio cálido donde vivir:
en las inmensas praderas del pasado,
agrietadas por vertiginosos abismos;
en la espesura del bosque selvático,
incierto destino soñado;
en las playas arenosas de espuma blanca,
orilla de horizontes
donde se desvanece el eco
en forma de olas.
Pero cuando abrimos los ojos
volvemos a caminar,
siempre por los mismos caminos,
atrapados por las mismas paredes
como tumbas hogareñas.

domingo, 6 de diciembre de 2009

Si tú quisieras



Si quisieras
podríamos mirarnos a los ojos
y verter nuestra rabia contenida
en el campo de batalla
desangrando nuestras venas
de tanto veneno fermentado.
Si quisieras…
escupiríamos palabras
y saldríamos de las trincheras
recorriendo las colinas
para luchar cuerpo a cuerpo
en los fangos miserables.
Si tú quisieras
moriríamos de sed
ahogando nuestros lamentos
en un mar de arenas movedizas,
para enterrar los reproches almacenados
entre la pólvora humedecida.
Si tú quisieras
nos abrazaríamos
entre alambradas
desgarrándonos la piel
en el ataque suicida
hasta desfallecer.
Y lejos del frente
cuando la paz se hace muerte
junto a tu lado
cuando la guerra está perdida,
los ojos cerrados,
grito en silencio:
¡y si tú quisieras…!

viernes, 4 de diciembre de 2009

A veces


A veces,
solo a veces,
cuando el camino se pierde
llevándonos con él,
nos alejamos de nosotros mismos
hasta desconocernos,
ignorándonos en la superficialidad,
mientras que la piel se vuelve inútil y ajena
en medio de la resaca otoñal.
A veces,
solo a veces
cuando el frío nos despierta
arropados por la hipocresía
nos sentimos desnudos y vulnerables.
Transparentes, nos observamos vacíos
y nos aprestamos a decorar nuestros huesos
pintándolos de colores,
pero siempre resultan grises
como las cenizas.
A veces,
solo a veces,
desandamos el camino
buscando huellas en la memoria,
echándonos de menos,
recordando nuestras gracias,
esperando que regresemos al mismo sitio,
y cuando por fin nos vemos,
a veces,
y solo a veces,
nos damos cuenta
que ya somos otros.

sábado, 28 de noviembre de 2009

Ya es tarde


En esta noche te recuerdo como una noche,
entre el sueño dormido y atormentado,
cuando la brisa se convierte en sudor
sin saber si realmente exististe alguna vez.
Cuando despertaba en medio de la oscuridad,
recuerdo ver tus ojos, mirándome
sentir tu pelo, acariciándo mi cara,
mis latidos golpeándome
en medio de un silencio de susurros,
cuando los labios se humedecen
y la piel grita.
El espacio se llenaba de ti
y la soledad de tu recuerdo.
Alrededor de la cama,
no nos dimos cuenta de que el mundo giraba
y las agujas del reloj,
los segundos eternos se hicieron minutos
y éstos pasaron y pasaron…
El tiempo moldeándonos a su antojo nos separó
por un mar infinito lleno de horizontes,
en la distancia donde los ecos mueren,
donde la pasión se vuelve añoranza
y después recuerdo.
Aún me quedaron palabras que decirte
porque no fueron suficientes,
aún te debo casi la vida
porque entonces me sentí tan vivo
y quisiera decirte, explicarte y sentirte
pero se que ya es tarde.
Y sé
Que no sé si realmente exististe alguna vez.

Historias de nosotros


Dicen que después de todo aquello las cenizas cayeron cubriéndolo todo. Pasó mucho tiempo hasta que una tenue luz fue surgiendo en la oscuridad, que se fue haciendo cada vez más intensa, en medio del viento y el oleaje, rompiendo el techo plomizo, y dejando al descubierto un inmenso cielo azul, cubierto de noches estrelladas y amaneceres radiantes.

Las olas mecieron las semillas hasta que germinaron pariendo vida. Las raíces rompieron la piedra y en los bosques surgieron sonidos de las hojas, balanceadas por la brisa y del murmullo del agua, que pronto se fueron confundiendo con otros ruidos hasta que se oyeron los primeros gritos. Los simios se contaban viejas historias con sus miradas, desde que fueron expulsados del paraíso, y cuando descendieron, temerosos, comenzó la gran aventura.

Las áridas tierras se helaron y, en las acogedoras cuevas, ratas y cucarachas se convirtieron en convidados de aquellos seres. Cuando todo pasó volvieron los ríos, donde nacieron los dioses y los héroes, para protegernos. Sus milagros y hazañas fueron contados de boca en boca durante generaciones. Asia se moría de riqueza cuando sus hijas fueron raptadas, fue entonces cuando los escribas lo contaron todo en sus escritos.

Los hombres se pintaban la cara antes de morir en la lucha y sus mujeres parían más hijos para llorarlos. Las lágrimas recorrieron los valles azotados por los hombres de las llanuras y las cadenas se apoderaron de los esclavos. El amor se volvió pasión y deseo. Hombres y mujeres fueron perseguidos y ultrajados. El rencor y la venganza nacieron de la traición y el engaño, y nuevos puñales atravesaron las gargantas maldiciéndolos por sus infamias, infanticidios, parricidios, celos o envidias.

El infierno se abrió bajo sus pies para atormentar a los pecadores, a los ignorantes, a los que no tenían nada que perder. De él surgió la cruz y la espada para propagar la fe en el amor, el amor en la fe, la guerra santa. Los herejes perdieron la razón para volverse santos y los caballeros lucharon contra el mal, los dragones y los molinos de viento, mientras sus soñadas princesas se acostaban con reyes y papas. Nunca más se supo la verdad y los chorros de sangre se confundieron con los ríos de tinta, que inundaban los papeles, escupidos por plumas de todos los colores.

Ahora, dicen que todo eso fue mentira, que en realidad todos se volvieron esclavos que buscaban la libertad, la igualdad y la patria para crear nuevos esclavos. En las guerras se excavaron grandes fosas que sirvieron como tumbas lloradas por los románticos mientras los surrealistas se buscaban en los sueños y los expresionistas se horrorizaban al descubrir quienes éramos realmente. El mundo cambió, los bosques desaparecieron y el humo de las chimeneas cayó cubriéndolo todo en medio de esa sensación de hastío.

sábado, 21 de noviembre de 2009

Respirar

No quiero oír más palabras
que me hablen del llanto aletargado
entre las telarañas del rencor;
de la furia desenfrenada que nos ciega
víctimas de un odio heredado;
de la injusticias en las noches tristes
cuando los depredadores amanecen hambrientos;
de los recuerdos lejanos
para fustigarnos en la autocomplacencia.
Me resisto a creer en un futuro incierto
cuando la vida se ofrece insaciable,
cuando tu sonrisa no espera.
…Y oler el aire sereno
con los ojos cerrados
absorbiendo todos sus colores
para pintar en mi imaginación
un mundo abstracto
llenos de matices
donde los niños corran
en direcciones opuestas
persiguiendo horizontes sin barreras.
Quisiera que nos mirásemos a los ojos
para vernos,
y sentir como la piel se eriza
al comprender que es la misma,
darnos la mano
para recorrer los caminos,
sin pretender llegar a ningún lugar,
solo caminar y caminar
juntos, si quieres,
sin volver la mirada
y cerrar los ojos
y oler el aire sereno…

viernes, 20 de noviembre de 2009

Reflexiones


No me gusta tú cara. Pareces un machista prepotente que intentas evadirte de tus putas frustraciones, mientras te sacas esa mierda entre los dientes y acribillas con tu asquerosa mirada irreverente a la chica, que está al otro extremo de la barra. Son las once de la mañana y me tomo una cerveza. Sé que termino de trabajar a las dos de la tarde y me da igual. Los perros, de distintas clases sociales, pasan con sus mascotas. La viejita mira de arriba abajo al joven, que mea sin pudor al lado del contenedor de la basura, y lo maldice en silencio. Unos metros más allá, su perro se caga en toda la acera, sin que ella se inmute. No se para y sigue. El sevillano también bebe. Tiene dos hijos pequeños y desde hace diez meses no consigue trabajo. Está preocupado, el Betis ha vuelto a perder. La chica del otro lado está incómoda, sabe que la miran y se ha dado cuenta de que su pelo planchado se ha desordenado, por culpa del ventilador que está tras ella. Mis pensamientos fluyen deshaciéndose como el humo, que inunda el pequeño y estrecho bar, mezclándose con el aire irrespirable que compartimos. Me resisto a tragarme el aire vahoso que entra y sale por tus narices de cerdo. Abdul entra dándonos palmadas en la espalda con su tierna sonrisa y alguien le grita y ríe: “¡moro échate una cerveza!”. Él lo mira sin dejar de sonreír pero dejando adivinar su respuesta. La mañana se va convirtiendo en tarde y yo me aburro.”¡Qué asco de domingo”!.

Cobardía


Volar bajo
y rezar
perseguido por la sombra
reflejada sobre el cristal
que insinúa malos presagios.
Traicionado por el tiempo
buscas nuevos nidos en el horizonte
para volver a ser,
rompiendo nuevos cascarones:
has sido tú tantas veces tú…
y todas tan diferentes,
Infinitos momentos,
momentos de eternidades,
luciendo un gesto insolente
como si fueras inmortal:
hibris,
los dioses ya no te perdonarán.
Y ahora
Fugitivo
escondido en las noches
para que las sombras no te delaten,
enterrado en la sorda rutina
de agobios calurosos,
disfrazado
en el sentir insípido,
rastrero
robando días,
indigno,
cobarde
que te ocultas
bajo tierra
incapaz de morir.

domingo, 15 de noviembre de 2009

Tics




Sus grandes ojos tenían un brillo especial. Un brillo que se prolongaba en el tiempo, cuando conoció a Jose hacía cinco años. Entonces, aún, los años no pesaban y la vida resultaba ligera. Mensi siempre había sido despistada, era una tradición familiar que se respetaba de generación en generación. Recordaba en la cocina, mientras ordenaba las tazas de café por colores, en ordenadas filas, como si se tratase de una jura de bandera y con las asas siempre hacia el exterior; aquel día en que conoció a quien sería su marido. Cuando habló con él por el móvil por primera vez no entendía como podía haber puesto su número, en vez de el de él en su billete electrónico. Sus labios dibujaban una cierta sonrisa que el tic nervioso trasformaba en una expresión de asco. La pulcritud de Jose es lo que más llamó la atención de la madre de Mensi cuando lo conoció: “Qué limpito parece ese chico”, a la vez que Mensi reía sin ningún tic. La silla parecía un ejecutivo espantapájaro, abrigada por la impecable chaqueta de moda, la corbata de rayas azules, los zapatos brillantes. Sus manos siempre repasaban su cuerpo para asegurarse de que todo estuviese en orden, a la vez que revisaba minuciosamente los cuadros del salón y el pasillo haciéndoles recuperar su milimétrico equilibrio. Nunca faltaba el beso sobre las mejillas de Mensi y los correspondientes a sus tres hijos que reposaban tiernamente en sus frentes a la hora de comer. La paz familiar se adornaba con las risas y anécdotas de la jornada. Jose siempre era el primero en levantarse para servirle el café a Mensi y se ponía a recogerlo todo, observado por aquellos ojos brillantes. Desde la cocina Jose oyó el ruido de la taza de café al caer al suelo, era cuando Mensi lo veía aparecer por la puerta del comedor, serio, estupefacto durante unos segundos hasta que rompía a gritar: “¡Pero tú eres imbécil! ¡no sabes hacer nada biien! ¡Inútil! ¡Serás hija de la gran puta!” Y por la noche, en la cama, mientras la lágrima descendía, se maldecía por ser tan despistada, por no haber puesto el número correcto.

viernes, 13 de noviembre de 2009

Reflejos

La luz tibia de amaneceres templados
acaricia las sombras escondidas
de porosos secretos, que se pierden
en sus cuerpos cavernosos,
deshaciéndose en la arena mojada,
donde se reflejan peces multicolores
ausentes de las miradas torpes,
casi miopes a la imaginación
inundando los mares vacíos
que son sobrevolados por gaviotas,
colgadas de un cielo incoloro,
aún por pintar
del color preferido.
Y después, al bajar la marea,
descubrimos las fantasías soñadas
en forma de caracolas,
que nos cuentan lo que queremos oír;
de charcas donde se ahogan las dudas
y olvidamos los pensamientos
que oprimen nuestras conciencias.
En sus aguas limpias y transparentes
buscamos nuestra imagen reflejada
reclamando ser nosotros mismos
y nos aferramos como rocas,
batidas por el oleaje sereno,
sintiendo la brisa fresca,
respirando libertad,
hasta que llega la tormenta
para sumergirnos entre engaños
para escondernos como cangrejos
en una realidad que nos ahoga.

jueves, 12 de noviembre de 2009

Andama, la reina mala (X)

Como si fuera un sueño, una neblina de polvo recorría el barranco, que se desprendía de las grandes paredes, que ahora quedaban atrás, para abrirse en una inmensa llanura, queriendo abrazarse al mar, que ya se divisaba a lo lejos. El millar de cabras invadía las tierras bajas, como un carnaval de intensos olores. El canto desafinado de las hembras, que replicaban, a modo de coro, la llamada del macho, llenaba el espacio, como lamentos burlescos de una murga embriagada. El aire se espesaba con el olor penetrante de los animales, que salpicaban el paisaje con sus colores amarillentos, ocres y marrones, rompiendo la monotonía de las piedras grisáceas del barranco y el verde de los balos, tabaibas y ahulagas. Acostumbrados a las tierras altas, en el llano los pastores se sentían vulnerables, indefensos ante cualquier peligro. Los achicaxnas que trabajaban los campos de cultivos lo respetaban, sabían que eran muy habilidosos en el manejo del palo y el garrote, eran orgullosos y a veces soberbios; pero, también, sabían que eran la cantera de donde salían los mejores guerreros, en los que descansaban su seguridad ante las amenazas.
Los cuerpos, sudorosos por el fuerte calor y el duro trabajo, mostraban una morenez brillante, que parecían salir de sus tamarcos a medida que descendían de las montañas al llano, y ascendía la temperatura a lo largo de la mañana. El rostro de Dácil tenía un atractivo camuflaje. Su piel oscura y brillante se embarraba con el sudor y el polvo, dándole un aspecto realmente guerrero. Hacía algún tiempo que había perdido aquel semblante serio. El esfuerzo casi no le afectaba, contagiada por una alegría desbordante, iluminada por una sonrisa y una mirada que deslumbraba. Sus silbidos y gritos se mezclaban con su risa contagiosa y juguetona, cómplice de las locuras de Taré. El joven bárbaro siempre hacía de las suyas, ante las sobresaltadas cabras que, sin embargo, siempre reclamaban su compañía, especialmente los pequeños baifos, acostumbrados a sus juegos y tiernas caricias. A los pocos meses de convertirse en pastor, su comportamiento había cambiado. Ahora era más maduro y sus sueños más nítidos, aunque, en ocasiones, volvía a la adolescencia para recuperar sus traviesas manías.

domingo, 8 de noviembre de 2009

El Metro

En los extraños recovecos de la mente,
donde el vapor asfixiante nos ahoga,
como en las profundidades del metro,
los recuerdos se vuelven fantasías
entre el gentío que nos asimila
para convertirnos en masa, casi uniforme,
que se mueve entre tuberías oxidadas
en los que los cuerpos se abrazan sin quererse
en medio de atascos sudorosos
a velocidades de vértigo.
Y cuando nuestros pensamientos nos abandonan,
o cuando somos traicionados por ellos,
despertamos para volver a ser,
para volver a estar solos,
anónimos entre ojos que no se miran,
entre cuerpos que se tocan,
cuando los latidos sordos se borran
por el ruido del tren
exhalando vapor por la boca.
Junto al oído de una mujer,
entre su pelo y su aroma,
los dedos de su mano te rozan
y sus pechos te invaden
para descansar sus pezones afilados,
mientras tu mano resbala entre su ropa
temblorosa, agitada.
Y el susurro eriza la piel
y sus muslos otras cosas,
en medio de oscuridades,
sin tiempo para amarse
cuando el deseo llega en la próxima parada
cuando las puertas se cierran.

viernes, 6 de noviembre de 2009

Recuerdos



Sabía que a su padre no le gustaba verlo llorar, era un hombre y los hombres no lloran. Sus lágrimas eran espesas, como la vida que dejaba su madre tras de sí. Una vida de silencios resignados tras cortinas, encerrada en una casa sin calor, tumba irrespirable sin flores. Los colores de sus ojos, azul y pardo, que tanto había llamado la atención en el pueblo, parecían, ahora, derretirse y descolorarse, inundando las pecas incrustadas en su blanca piel. Sus cuarenta dos años surcaban su rostro sembrando un odio entumecido por la frialdad de la vida que le cayó en suerte. Frente a él, un padre acostumbrado a serlo. De mirada certera, de gatillo fácil, orgulloso de matar moros en la Guerra de Marruecos, a los que contaba junto a las cabras que había desgollado sin diferenciar los unos de las otras. El Macho del Bailadero Hondo, moreno de cuerpo y alma, amaba más a los animales que a sus semejantes, al fin y al cabo, sus más de seiscientas cabras le daban un nombre respetado entre aquellas montañas, además de por su habilidad con el naife, que siempre lucía en su cinturón. Muchos no llegaron a terminar la partida y se encontraron perdidos en los charcos de ron y sangre sobre el uno de basto, pero sus crímenes de guerra y paz se sepultaban en silencios bajo el temor y el miedo, cuando las lágrimas temblorosas se ahogan de rabia avergonzada. Sus pequeños ojos, casi cerrados confundían a sus víctimas incapaces de diferenciar la vigilia del sueño. Guillermina, hermana de la difunta, se sentaba al lado de su sobrino, sin perder de vista los ojos de su solterona hermana menor. Como una cáscara dura y amarga las telas negras enfundaban a aquellos seres desde los pies hasta la cabeza. Eran como almas penitentes que solo se liberaban al morir. En los huecos asomaban sus rostros empalidecidos y arrugados, inmóviles como la desesperación cuando se adormece. Parecían insensibles al dolor y desprendían un extraño orgullo, oculto por los silencios y los secretos de noches inconfesables. Y cuando llega la hora Guillermina se levanta para cerrar el ataúd para siempre, porque siempre estuvo cerrado. La hermana menor mira tensa a su otra hermana queriendo mirar a la vez a su cuñado, sin poder controlar un ligero temblor que recorre sus manos y su cabeza, censurado por la mirada de Guillermina que no flaquea. Las miradas persiguen sus lentos pasos hasta la difunta, con semblante sereno y sus manos juntas. Los latidos golpean con fuerza y de sus labios se desprende una sonrisa como despedida, antes de abrazarla entre sollozos. Nadie vio la mano que buscó en el bolsillo de su rebeca, la caricia sobre sus frías mejillas, la foto sobre sus labios, antes que el golpe cerrara la tapa, la tierra cegara la luz y las flores los escondieran. Ya nadie podría verlos: a ella sonriente en el ataúd, a él con sus ojos azul y pardo en aquella foto de hace más de cuarenta y dos años.

viernes, 30 de octubre de 2009

Y si supieras…

Si supieras que pienso en ti,
en tus pasos,
esperando tu regreso,
imaginándote,
en la noche
desnuda,
desnuda
en la noche,
cuando el cansancio muere
tras la ducha,
cuando el cuerpo se vuelve prisionero
entre toallas y sombras,
que esconde exuberancias
que atormentan,
tras el cristal.
Y tu pelo se derrama
entre cortinas,
que atraviesan las miradas
fugitivas,
sedientas
de tu piel mojada,
de tus pechos jugosos
que se reflejan en el espejo,
en mis ojos
que buscan tu boca,
y mi boca te busca
para perderse,
para encontrarte,
para saciarse
en la embriaguez
en medio de la oscuridad.
Y si supieras…
que no te conozco.

jueves, 22 de octubre de 2009

Amiga


En tu nuevo abrigo de madera
se esconden mil tesoros
en forma de secretos
donde brillan las sonrisas,
amables, juguetonas, cómplices.
También lágrimas generosas,
caprichosas, agotadas,
que regaron las primaveras,
escasas,
con tu parasol,
en los días nublados.

Partiste de los puertos
que no elegiste
para llegar con rumbo preciso
a los destinos que te habías propuestos.
¡Qué buen navegante!,
supiste guiarte por las gaviotas
hacia los horizontes lejanos
sabiendo que no volverías.
Nos dejaste el eco de tu voz
que llega con la brisa
como una imagen:
de tu pelo liso,
de noches furtivas,
de tardes de risas
y mañanas…
que no llegan,
cuando la paz se derrama
y los ojos se cierran,
amiga mía.

domingo, 18 de octubre de 2009

Y después

… Y después, entre el follaje gris y azul, que se retuerce en el aire de la habitación hasta agotarse y sucumbir, mi mano se hunde en el mar sereno y castaño de tu pelo liso que baña mi pecho. Mi cuerpo, prisionero de tus abrazos y herido por tus pezones afilados, se rinde acorralado por tus piernas, que trepan desde los pies de la cama, después de la batalla. “¿Por qué hacer el amor y no la guerra si podemos hacer las dos cosas?” –Te pregunto en el silencio roto por un suspiro, mientras cae una lluvia de cenizas sobre la sabana empapada, con sus pliegues cabalgando al ritmo de la respiración. Es ésta la imagen más intensa; la que más me gusta de ti. Escondidos del tiempo y de todos sin importarnos nada más que estar, permanecer, casi morir. Poco a poco las manos se mueven sobre la piel, como los cangrejos tras el temporal, resbalando por tu espalda; las tuyas, sobre mi vientre, pronto se pierden en busca de algún naufragio, para saquear sus tesoros. Ajeno a ello, apago el cigarrillo en el cenicero, que se balancea sobre la cama, para luego coger la cerveza y, antes de beber, pienso en tu sonrisa, esas líneas de tus labios sobre las que cuelgan mi existencia, mi felicidad. Siempre necesito verla, imaginármela, inventarla. “Tu sonrisa a cambio de un trago” –te soborno. Tú levantas la cara y te miro, y tu cara no es tu cara, y cierro los ojos para verte, para besarte.

miércoles, 14 de octubre de 2009

Arrorró


Te dí un nombre
y se me olvidó,
mientras el mar borraba las huellas,
cicatrices de pasos olvidados,
entre caminos que se separan
para perderse.
Luego perdí el amor,
lejos,
entre siluetas irreconocibles,
en los fangos de la desesperación
de las tardes sin sol,
en las lunas vacías,
cuando el eco se pierde
para convertirse en arrorró.
Hoy ya no recuerdo tu piel,
su olor,
su calor tibio entre almohadas
cuando soñábamos horizontes
tras las ventanas.
Hoy ya no siento
y el viento se duerme
en las noches grises,
en las madrugadas.
Tampoco sueño,
ni rezo,
ni me pellizco,
solo me desvanezco
recordando
el arrorró.

viernes, 2 de octubre de 2009

Prisionero de las tardes


Enjaulado entre hilos de humo
siento el peso de esta losa
que enmudecen los gritos agónicos
en un vacío sediento
de polvo gris, en las tardes sin Sol,
cuando los pensamientos escapan por las rendijas,
para dejarme en soledad,
añorando, en la retaguardia, a los enemigos.
Busco en la rabia un refugio,
donde cobijar las mentiras
con las que engañarme,
para no sucumbir en la derrota sin batalla,
Izando banderas, sin colores, por las que luchar;
Imaginando un horizonte donde agarrarme,
del que resbalo en todos los sueños
para despertar sudoroso en una pesadilla
en forma de isla desierta,
sin tesoros,
destino de mil naufragios,
de mil golpes de mar,
donde las sirenas callan
y el viento se ahoga
en medio de la tormenta,
donde las almas se rinden
y se venden,
esclavas del desencanto
llevadas por el vaivén de las olas
a ninguna parte,
destino ciego
de indiferencia incierta.

martes, 29 de septiembre de 2009

¿Sabes...?

¿Sabes..? Creo que nos necesitamos. Somos inseparables. Sé que pronto te irás con otros o con otras. Pero ahora eres mío, o mía, da igual. Por unos segundos, o algo más, si hay suerte, estarás unido, o unida, a mí, y ya será para siempre, como un trocito de eternidad. Algo de mí se colará por tu mente escondiéndose como los gusanos hasta morirse en soledad, sin que te des cuenta, sin que eso te importe. No creo, pero siempre hay una posibilidad de que ese gusano inútil, dispensable, aleatorio, preñado de ideas y formas caprichosas, por no decir estúpidas, reviente entre capilares y tejidos nerviosos para derramar miles de larvas por todos los lados, produciéndote un cosquilleo de vez en cuando. Entonces, te darás cuenta que estoy dentro de ti. Sujeto, alerta ante cualquier temporal, agarrado con uñas y dientes para no perderte. Lo sé. Yo mismo estoy plagado de esos bichos tan incómodos y no paro de rascarme. Nunca aprendo, ya me lo habían advertido pero no lo puedo evitar. Es como prohibirte que abras un regalo. Sí, ya lo creo, nos necesitamos. Necesito tu sangre y tú la mía. Somos víctimas y verdugos de esta cadena alimenticia de los caladeros de las noches, respirando entre ceniceros humeantes, soñando despiertos en las madrugadas.
¿Sabes…? Te estoy hablando a ti, lector, o lectora.

viernes, 25 de septiembre de 2009

Vendetta





La rabia rompe la tierra
para esconder tus raíces,
de avergonzados secretos,
de tantas frustraciones,
que alimenta el agua contaminada
de odios y temores.
Y retorciéndose en el fango,
entre finos hilos de venganza,
brotan los retoños verdes,
orgullosos, elegantes, espigados,
apuntan al cielo inclemente
recordando con sus frutos jugosos
los sinsabores de una vida engañada,
cuando pagas los pecados de los otros,
cuando te dejan en las umbrías soledadades
y tu alma se vuelve oscura,
húmeda, de tantas lágrimas,
rota, de desesperanza.
Ya no tienes ojos,
solo ramas y espinas,
ya no distingues a los amigos
porque todos son otros,
otros sin almas.
No te importan las caricias
Ni que coman tus frutos
Frutos venenosos
Asesina sin alma.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

Amargura

Como con una pinza sujetaba el cigarrillo entre sus dedos, a la vez que lo contemplaba atentamente, igual que si fuera un diamante. El humo giraba retorciéndose en el aire hasta desvanecerse. También sus pensamientos confusos, que abrazaban su mente, extinguidos por los tragos de güisqui con hielo. Su mirada quemaba al camarero, que se negaba a servirle mas copas y le pedía que se fuese, como si fuera el culpable del infierno en el que se encontraba. Inspeccionado, por los allí presentes, los desafiaba entre insultos y gritos, apenas inteligibles. Nadie se atrevía a enfrentarse al médico del pueblo, sabían que no era mala persona, y mucho estaban allí gracias a él. En el fondo todos sabían que solo necesitaba desahogarse y olvidar, había sido un día muy duro. El bar se había convertido en un duelo y todos los que lo apreciaban estaban allí, compartiendo su inmenso dolor. Sin embargo, muchos empezaron a abandonarlo, heridos por la humillación y descalificaciones. Las miradas se cruzaron “¡y tu que miras mentecato! El joven corpulento se levantó sin dejar de mirar al matasanos cincuentón. Tras otro trago de güisqui vomitó fuego en forma de más ofensas contra el joven y su madre. El médico no lo vió venir y cuando quiso darse cuenta estaba rodeado de fuertes brazos: “¡Ya está bien papá, vamos a casa! Ya verás que la próxima temporada volveremos a ascender otra vez”.

sábado, 19 de septiembre de 2009

I´m yours

Una vez más, sobre el pegajoso sillón de piel, hacía equilibrio para no resbalar. Las palabras argentinas de aquella mujer de horteras gafas de pasta, pararrayos de las miradas que caían sobre sus grandes tetas bailonas, se mezclaban con el “I´m yours” que bajaba por el patio del edificio para colarse entre las persianas y bañar la consulta que parecía una sala del Louvre. Durante meses su mente sufrió el retorcimiento psicológico que prometía escupir unas pocas gotas enclaustradas desde hacía treinta y tantos años. Una inmensa cruz de granito paleozoico asfixiaba su garganta de la cual solo salía un hilito de pequeñas palabras en forma de papilla. Día a día fue perdiendo la . Aburrido, tarareaba la canción, mentalmente, en medio de los monótonos discursos de la doctora, sin dejar de mirar las zapatillas de cuero que se balanceaban en el extremo de aquellas piernas, enfundadas en unos pantalones amarillos de pata ancha. Arrepentido de perder su tiempo no tenía grandes esperanzas, a lo sumo ver levantarse a la bonaerense para contemplar su inmenso culo respingón.
-Evidentemente, la sobreprotección de su mamá y sus valores tradicionales y religiosos han condicionado el desarrollo de su personalidad y su carácter. Eso es lo que dificulta su capacidad de expresión.
-Si usted lo dice…
-Hoy vamos a hacer la sesión resolutiva de este problema. Déme la mano, cierre los ojos y concéntrese. Ahora, piense que yo soy su mamá, y que yo soy la culpable de su situación. Intente soltar mi mano mientras yo lo sujeto fuertemente. Cuando se suelte, es decir, cuando vos se libere, tendrá su propia voz y sus propias palabras. Ya no dirá más “pis” sino mear, cagar en vez de “hacer caca” y polla en vez de “pesetilla”.
El hombre enrojecido y sudoroso hacía un gran esfuerzo por abrir los ojos, sin desprenderse de su nueva mamá.
-Cuando cuente tres, vos se soltará de mí y me insultará de la forma más grotesca que pueda ¿Entendés?
-Sí, creo que sí… -titubeaba.
-Uno, dos y … tres.
-¡Me defeco en todos tus antepasadoss! –El grito inundó la habitación como un destello, ahogando la voz de Jordan Mraz. Los ojos del paciente parecían salirse de sus orbitas y una enorme sonrisa se abrió, pero pronto se analizó la frase buscando palabras de independencia y libertad y todo se volvió sombrío como la derrota, inútil y acabado. Un silencio en forma de sábana que cubre el cuerpo sin alma sepultó el trabajo de tantos meses. La respiración agitada se volvió cada vez más débil hasta convertirse en un suspiro y las manos restregaban las frentes decepcionadas.
-Bueno… vos no se preocupe. Esto es solo un pequeño tropiezo.
-No, lo siento, esto no funciona. Ha sido una pérdida de tiempo –Dijo el hombre trajeado mientras recogía su chaqueta y se ajustaba la corbata con un deseo inmenso de salir corriendo de allí, mientras volvía a escucharse “I´m yours”.
En medio del silencio abrió la cartera:
-¿Cuánto son sus honorarios?
- Bueno…, pues mil doscientos euros.
-¡Mil doscientos euros! ¡Hija de la gran puta! ¡Mil doscientos euros! –repetía sin parar- ¡Me cago en tu puta madre! –Fuera de sí, le tiró a la cara algunos billetes antes de despedirse -¡Vete a la mierda! –Y desapareció tras un portazo.

domingo, 13 de septiembre de 2009

Consuelo

“Tuve que salir de allí”, me repetía insistentemente, como intentado justificarme, mientras, sudoroso, me aflojaba la corbata de aquel traje negro. “Ella me perdonará, lo sé, ella lo entenderá”. Como un autómata, con los ojos enrojecidos, mi mirada se perdía entre calles, persiguiendo las escasas sombras que se colgaban de algunas paredes sin apenas querer tocar el suelo. A esa hora de la tarde los sádicos rayos de sol se colaban por el cuerpo, como perforándolo, hasta llegar al estómago, recalentando todo el café que había tomado durante la noche. La acidez se mezclaba con el cansancio, la rabia y la pena, era como un barrizal que no dejaba fluir las ideas empantanadas. No sé cuanto tiempo pasó, ni cuantas calles vacías recorrí hasta que fuí tropezando con otras gentes, que me empujaban hacia dentro. Ahora, recuerdo sus lágrimas temblorosas, uniéndose al agua que salía por su nariz para empapar sus labios asustados. Cuando me vio, dio unos pasos vacilantes hasta agarrarme, como cuando los niños aprenden a caminar, y me lo dijo, a bocajarro, entre sollozos. Y ahora, tres meses más tarde, estoy aquí, sentado entre tanta gente, que no conozco, ni ellos a mí, mirando a un mismo sitio, a mismo hombre, apretando los dientes, cerrando los puños, afilando nuestras miradas, aguantando la respiración, levantándonos sigilosamente y … ¡Goooooooool!
Gritamos, lloramos y nos abrazamos mientras oigo los golpes de martillo sobre la lápida.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

A tu lado

Cuando muere el calor en tus manos,
ahogado por las lágrimas vacías,
tu sonrisa vacila, hasta perderse,
mientras tu piel se vuelve de un gris sin brillo
ahumando tu morenez.

Cuando una mirada amiga
te observa,
desde lejos,
ve como tus otoños se precipitan en tu alma,
escarchas astilladas por el golpe,
Duro y seco,
de agitada desilusión,
de arrastradas pisadas
que se niegan a recorrer el camino inverso.

Cuando te grito,
la voz se vuelve inútil
con el viento en contra
que roba las palabras.
Tu sombra,
mala sombra,
que te da la espalda,
avergonzada,
enlutada,
muerta en vida,
maltratada.

Cuando corro y te alcanzo,
mi aliento,
tu mirada
perdida,
desenamorada.

Y te abrazo,
como un amigo.
Y te beso,
como un hermano.

Tus sollozos
se pierden entre mis brazos
y de tu risa
brotan tibias primaveras
y de tus labios carnosos
mil gracias.
Y mi mano acaricia tu pelo.
Y mi corazón escondido muere enamorado.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

HOY

Este día quiero salir de mí,
de puntillas, sin mirar atrás
dejando ese cuerpo dolorido,
desgastado, incoloro.

Hoy no quiero ser más esclavo de mi esclavo.
Hoy quiero romper la cadenas de papel
que me momifican como un mal regalo;
alejarme lo suficiente y retorcerme en el éter,
sin necesidad de respirar,
y ahogarme en la lluvia fresca,
acribillándome, deshaciéndome
en una muerte limpia, en una muerte dulce
con champiñones y salsa de Champagne,
como si me degustara en lentos y breves sorbos.

Hoy quiero probarme,
para saber si me gusto;
mirarme con atención,
con cuidado,
con respeto.

Hoy quiero quererme,
como a un recién nacido,
y llorar, si fuera necesario,
sin dejar de reír.
Y mimarme…
Y crecer, sin prisas,
con el tiempo imprescindible
para contar estrellas,
muriendo las veces que sean precisas,
aprendiendo de mis errores,
bromeando con ellos.

Hoy quiero bañarme
en las lagunas de las dudas,
entre sus olas,
de espuma fresca,
sin temer navegar,
dejando estelas en el olvido.


Hoy quiero traspasar el espejo
y abrazarme,
como si fuera yo,
para quererte,
como si fueras tu.

viernes, 24 de julio de 2009

Tierna infancia

Lejos, entre la nada y el tiempo,
cuando los ojos no pueden cerrarse
ante tanta miseria,
cuando los niños dejan de serlos,
para confundirse con los desperdicios,
las pisadas descalzas
en las encharcadas calles de podredumbre,
gusanos retorciéndose entre el lodo,
luchando por el excremento,
endureciendo su piel,
afilando sus miradas,
muriendo todos los días,
un poco,
vigilantes
cerca de la trampa,
coqueteando con la muerte,
vendiendo sus almas,
victimas y verdugos
de otras almas sin almas,
secos,
vacíos
sin lágrimas,
desafiando al reloj
que avisa a los que mueren
de que ya no están vivos.
La navaja por el videojuego,
el pintalabios por la muñeca,
el hoy por el mañana.
Y sobre el charco
pasa la gente,
impasible,
inmune,
sin saber,
sin importale
que es de sangre.

lunes, 13 de julio de 2009

Andamana, la reina mala IX

Los niños corrían despavoridos al ver aquel ser acercarse a ellos. La niña que vieron subir hacía dos años bajaba ahora en forma de mujer arrastrando una larga sombra enlutada cuando Magec se empezaba a esconder tras aquella Fortaleza de Chipude, uno de los más impresionantes macizos de las islas sobre el que se sostenía el cielo.
- ¿Eres Andamana, verdad? – Le preguntó una de las viejas que adelantándose a los chiquillos asustados parecía querer protegerlos del misterioso ser.
- Sí, soy yo – Respondió la joven mujer que parecía que a acababa de descubrirlo, mientras miraba a su alrededor como comprobando que todo estaba en su sitio. En su interior retumbaba una y otra vez la misma idea – Soy Andamana, ¡Soy Andamana!.
- ¡Pero mi niña! ¿Cómo te has atrevido a bajar sola por ese peligroso sendero? Preguntó preocupadala vieja con un tono tierno y cariñoso, mientras intentaba rodearla con sus gruesos brazos sin conseguirlo, pretendiendo protegerla sin saber de qué.
- No he bajado sola – Contestó Andamana con gesto indiferente a la vez que seguía mirando a ninguna parte.
- ¿Ah, no? ¿y dónde está Gerehagua? ¿Se ha quedado atrás? – Preguntaba la vieja a la vez que unas preguntas hacían de respuestas a las anteriores.
- Llegaron antes que yo – Respondió la joven princesa antes que la vieja la soltase dando un paso para atrás y mirando para todos los lados buscando a la repugnante pareja sin entender nada.
Andamana, indiferente, siguió su camino. Los del lugar no entendían nada, era imposible que hubiesen bajado por el sendero sin que los hubiesen visto. No había otro modo de bajar o eso creían. Unos días más tarde algún pastor encontró a Gerehagua y su mujer. Yacían aplastados contra unos peñascos en el fondo del barranco, sobre el que se colgaba un acantilado de más de cien metros de alto y por el que se ceñía un estrecho y peligroso sendero que bajaba de la Fortaleza.

jueves, 2 de julio de 2009

Andamana, la reina mala VIII

Desde hacía algún tiempo la palabra gentilhombres había perdido su masculinidad. Ciertas mujeres habían accedido a la asamblea por designación real. Algunas harimaguadas y la guayresa Andamana resumían la aportación femenina. Los hombres aún no se habían acostumbrado a su presencia y, aunque correctos con ellas, no solían darles conversación. Quizás se debía a que los nobles tenían prohibido dirigirse a las mujeres cuando se las encontraban solas por los caminos, delito que estaba castigado con la pena de muerte.
Andamana no necesitaba oír ni hablar con nadie para darse cuenta de las cosas. Perspicaz, observadora y más inteligente que cualquiera de los hombres presentes, poseía un olfato especial para presentir los acontecimientos. Su demoledora oratoria estaba provista de una afilada ironía que destrozaba a sus adversarios, a los que después golpeaba con una profunda y sonora carcajada ahogándolos definitívamente.
A sus cuarenta y tantos años largos disfrutaba de una madurez exquisita. Para ser mujer tenía una respetable altura que exageraba su delgadez. En los días de calor asomaban sus hombros de suave piel dorada. Su largo cuello tensado por esbeltos músculos quedaba desnudo cuando se recogía su larga cabellera sobre su espalda, bajo la que aparecían unas afiladas orejas. A veces, cuando el calor aligeraba su ropa, se adivinaban unos pechos decididos, bajo los cuales las ordenadas costillas se sucedían estrechando su vientre hasta su marcada cintura, donde nacían unas caderas cómplices de hermosas nalgas por las que se deslizaban fuertes pero delgadas piernas contorneadas.
La alegre mirada del curioso se sobresaltaba cuando de repente la mirada penetrante de sus brillantes ojos negros, que sobresalía del antifaz, se clavaban en los ojos de los atrevidos profanadores. Un escalofrío recorría sus cuerpos antes de poder liberarse, apresuradamente, de su imagen. Andamana no dejaba de ser un personaje controvertido. Mitad princesa mitad bruja o adivina, siempre era el centro de todas las miradas escondidas y los comentarios sordos.
Los más viejos aún recordaban a la pequeña dulce y juguetona antes de ingresar en el cenobio. Sus correrías siempre terminaban en los brazos de su orgulloso padre mientras, desde lejos, la dulce mirada atenta de su madre la vigilaba complacientemente. Andamana no era la misma. Lo dejó de ser cuando el humo asfixió su adolescencia y el fuego su gracioso joven rostro. La muerte trágica e inesperada de su madre pareció hundirla en un mundo gris e insensible y sobre sus delicados hombros cayó el peso de muchos años que aplastó su juventud. Sin embargo, no se refugió en la locura o la desesperación ni se marchitó su vitalidad como su belleza. Los dos largos años en la que estuvo recluida en Chipude, recuperándose de sus graves heridas, la hizo más fuerte. Sus lágrimas se endurecieron para nunca más volver a llorar. Ni siquiera las siguientes desgracias ensombrecieron su mirada. Aún se sorprenden los lugareños cuando recuerdan haberla visto bajar sola por el escabroso sendero que baja desde la Fortaleza de Chipude hasta el pueblo. Parecía un ser fantasmal envuelta en harapos y el rostro cubierto. Sabían que era ella, no podía ser otra, la princesa Andamana, aunque nunca la hubiesen visto desde que la dejaron allí al cuidado del viejo Gerehagua y su mujer. El despreciado Gerehagua hacía las funciones de enterrador y embalsamador pero sus amplios conocimientos lo facultaban como sanador. Muchos acudían a él, a pesar de despertar en sus pacientes un cierto pavor y repugnancia. No era de extrañar, aquel viejo descuidado y maloliente, tenía un carácter irascible que lo hacía acreedor de su fama de loco solitario.

jueves, 25 de junio de 2009

Las Canteras

En la leve sonrisa de un día cualquiera,
en el cálido rayo de sol de un amanecer embriagado,
la piel se retuerce vagamente de placer,
estirándose, hasta casi romperse,
ausente de pasados ni ayer,
sin agobios de futuros inciertos,
recreándose en el paisaje, casi sin mirar,
permaneciendo…,
como si fuera un cuadro de segundos eternos,
con los sentidos ordenados:
sintiendo el pesado cuerpo,
rozando en la arena, algo húmeda,
oyendo el murmullo lejano de las olas,
roto por el quejido de alguna gaviota.
Olor a mar salado.
Junto a las huellas de amigos desconocidos
cierro los ojos para no pensar,
sin encontrar nada en mi interior,
sin importarme ese vacío que me inunda,
echando de menos el presente, casi infinito,
sin querer terminar estas letras que me transportan...
y vuelvo a recordar que no estoy en las Canteras,
que no soy un lobo marino de otra época,
que ya no hay gaviotas que vuelen,
que la mar está desabrida,
que los rayos de la Luna no iluminan,
que la piel se marchita,
que ya es tarde,
que ya es hora,
que ya duermo…
y vuelvo
a soñar.

martes, 23 de junio de 2009

Decadencia

En las suaves llanuras donde pacen las dudas
siempre escucho un silencio aplastante ,
en medio del susurro de un viento, intrigante,
que acaricia el rostro ensangrentando,
como si lo desgarrara con profundas heridas.


Me gusta oler las flores amargas que me adormecen
sobre la fresca hierba de tu piel
Sin saber quien eres, conozco tu calor
que hierve mi sangre, a fuego lento,
hasta convertirse en un tibio sudor.

La luz de tus mentiras no me molestan
porque son como mías cuando me engaño,
para no perderte en los horizontes,
para no perderme en los desiertos
entre sábanas blancas.

Y mientras el amor se marchita en largos otoños
recuerdo las lejanas primaveras y sus tormentas tropicales
las noches calurosas entre doseles
adormecido en las frías mañanas
sobre la fresca hierba de tu piel.

Andamana VII

El silencio acompañaba a los pasos del reo, un desgraciado muchacho de no más de catorce o quince años. Cabizbajo andaba casi arrastrando los pies descalzos mientras era empujado por los alguaciles que lo custodiaban. Sus ojos, casi sellados por las lágrimas secas, se escondían en su cara curtida y polvorienta colgada en su enjuto y sucio cuerpo desnudo. Un hermoso canario de color verde rompía el aire quieto al pasar revoloteando, casi rozando al niño-hombre, mientras le cantaba un triste secreto.
Los notables de la asamblea presenciaban casi ausentes la terrible escena. Sus frías miradas y helados cuerpos dejaban solos a los atormentados parientes del delincuente. Su joven madre moría de dolor retorciéndose y tapándose la cara. Como si estuviese ensayado, de repente los dos levantaron sus miradas para encontrarse y romper a llorar entre gritos, mientras la una y el otro eran agarrados por fayacanes y familiares. El cuerpo atado y tembloroso fue presa fácil de las rudas y fuertes manos de los fayacanes que arrastrándolo y empujándolo hasta la pared del fondo cayó desplomándose sobre la arena bruscamente. Los gritos de desesperación se transformaban en gritos de terror a medida que escuchaba la sentencia. Nuevos gritos ahora de dolor recibían los impactos precisos de las piedras que rebotaban en el cuerpo ensangrentado. Los desgarradores gritos se ahogaban hasta adormecerse. Momentos después, los lamentos también se alejaban siguiendo la estela del cuerpo inerte que era arrastrado al exterior del recinto. El triste y tierno recuerdo se mezclaba con el remordimiento de aquel padre que había visto suplicar a su hijo pidiéndole perdón por haberlo ofendido.
Tras unos minutos las frías estatuas parecían volver a respirar, unas aliviadas, otras suspirando como si le faltase el aire. El Gran Mencey luchaba por evitar que manasen pequeñas lágrimas de sus nerviosos ojos enrojecidos. Otras barbas mojadas disimulaban torpemente el interior de sus almas encogidas.
Poco a poco fue surgiendo, en aquel lugar, algunos sonidos que en forma de burbujas ascendían junto al humo que empezaba a salir de las cachimbas envolviéndolo todo. Los gentiles hombres carraspeaban antes de hablar con los más próximos en voz baja pero grave. Iban surgiendo algunas sonrisas que de vez en cuando terminaba en carcajada en las que se podían ver grandes dientes desgastados por masticar la arenilla de los molinos de piedra que se mezclaba con el gofio triturado.

jueves, 18 de junio de 2009

Andamana, la reina mala (VI)

Los faycanes eran los mandadores de los distitos grupos de luchadores. De todos ellos el faycán de Tede, Rodríguez Semidán, era de lo más expertos. Su rotunda mirada castigaba a los jóvenes luchadores que, casi desnudos con vistosos dibujos amarillos en sus cuerpos, se movían ágilmente en el terreno, para evitar las envestidas del contrario o esquivar la bola de cuero, que los adversarios blanquiazules lanzaban violentamente contra ellos. Cuando el impacto era tan fuerte, que hacía sangrar al jugador por la nariz u otra parte de su cuerpo, este quedaba descalificado y era expulsado del terreno ante las advertencias del público que gritando ¡roja!¡roja! hacía referencia a la sangre, que tanto repugnaba a esta sociedad.Varias horas transcurrían hasta que quedaba descalificado algunos de los dos grupos, cuando superaban con creces las descalificaciones del contrario. Terminado el encuentro los gritos de alegría de los vencedores ahogaban los lamentos de los vencidos y sus seguidores que se llevaban las manos a sus cabezas golpeándose y saliendo del recinto apresuradamente.En ocasiones, cuando el honor no resistía la derrota, algunos guayres y faycanes se lanzaban al vacío gritado ¡vacaguaré! (¡quiero morir!). En otras eran los mismos desesperados seguidores los que tomaban esa decisión, despeñando a los faycanes que consideraban ser responsables de la derrota, con la esperanza que un mejor mandador recuperase el honor perdido.Una vez concluido el encuentro una nube de frailes franciscanos, que eran los únicos que sabían escribir, rodeaban a los luchadores y faycanes para escribir las crónicas, que luego contaban en las distintas parroquias. Solían ser muy prudentes en sus preguntas y comentarios. Más les valía. No era la primera vez que aparecían aplastados por grandes piedras o despeñados a las profundas simas o barrancos.

martes, 16 de junio de 2009

Andamana, la reina mala (V)

Tras él se exhibían sus nueve hijos varones. A diferencia del Gran Mencey, éstos eran altos, muy corpulentos y con grandes barbas. Sus duras facciones y miradas severas delataban su origen real, confirmado por sus respectivos bastones de mando o añepas. De todos ellos llamaba la atención el de mayor edad, por su larga cabellera y barba encanecida. Realmente parecía de más edad que su propio padre. Al celoso y desconfiado mencey le sorprendía y le costa creer la verdadera paternidad * de su primogénito. Aún recordaba, con extrañesa, haber jugado, cuando era niño con sus propios nietos. Quizás, por eso, siempre desterraba a sus sospechosos hijos a los bandos más alejados y le incomodaba su presencia.

Aguahuco, su hijo bastardo, siempre se sentaba en las gradas de enfrente, en lo más alto, junto a los jóvenes alzados o ultras. Estos iban casi desnudos con sus cuerpos pintados de azul y blanco mientras gritaban, bailaban y reían sosteniendo sobres sus manos sus grandes cachimbas de extraños olores.

En las grandes ocasiones como ésta, el Gran Mencey siempre se hacía acompañar del Guanarteme de turno. El Señor de los Vientos era conocido como el Gran Traidor, por ser el autor del Tratado de Catalayud, por el cuál Canarias se sometía a la Corona castellana-aragonesa a cambio de ciertos fueros o derechos. Su elevada estatura impresionaba casi tanto como el impresionante estandarte o pendón, que colgaba sobre el mástil de diez metros de altura, y que siempre hacía llevar con él. Con la elegancia que lo caracterizaba no usaba llevar tamarco sino lujosos trajes flamencos, florentinos o de otras plazas europeas. Su afamada superstición explicaba siempre su ubicación sobre siete escalones más alto que los demás. Decían que su meteórico ascenso en el poder provenía de ciertos poderes mágicos, que le permitía conseguir todo aquello que se proponía. De hecho, algunos aseguraban haberlo visto pescar salmones en el mismísimo barranco de Tauro.

Todo estaba a punto de empezar. Como era costumbre, antes de la asamblea, se realizaban rituales religiosos y juegos deportivos, en los que participaban los más famosos luchadores. Hacía tiempo que no se reunían lo más selecto de las islas.

La rivalidad existente entre los luchadores de las distintas islas era manifestada por los respectivos grupos de seguidores en las gradas. Un histerismo colectivo ensordecía el recinto entre gritos y cantos, a la vez que se agitaba el bravo mar de brazos provistos de ramas y hojas de palma. Los más grandes luchadores y las jóvenes promesas saltaban a la arena desfilando fríamente, a la vez que se saludaban los dos bandos contrincantes. El aplomo de los veteranos contrastaba con la excitación de los más jóvenes, pero en todos ellos se reflejaban en sus rostros un espíritu de nobleza y humildad, en el que el honor se hallaba muy por encima del orgullo.

Aunque en su mayoría eran nobles, que ostentaban el título de guayre, algunos eran de origen humilde, que con su proezas bélicas o deportivas habían conseguido la admiración y el reconocimiento de todos, como era el caso del joven valeroso de Arehucas, Doramas, más conocido como Tonono. Estos héroes estaban en el corazón de todo un pueblo y aún recordaban con orgullo y nostalgia a los ya desaparecidos o los que, como aquel joven Guayre, fueron vendidos en España. Se sabía que desde Villareal sería vendido a otros lugares recorriendo su nombre por media España.

lunes, 15 de junio de 2009

Andamana, la reina mala (IV)

Las risas, el murmullo y los gritos se extendían por toda la grada. La gente iba de acá para allá, saludándose y abrazándose. Los más jóvenes saltaban y hasta bailaban, agitando ramas en sus manos, siguiendo el ritmo de chácaras y tambores, mientras sonaban las caracolas, y los guayres y fayacanes golpeaban sus baras en el suelo.
El tufo a higos y manteca de cerdo con gofio se mezclaba con el fuerte olor a tabaco, que salía de las cachimbas de los más viejos e incluso de los más jóvenes, escondidos entre el gentío para no ser recriminados. De vez en cuando, se veían pasar a manadas de muchachos de un mismo bando, que cruzaban miradas amenazantes con otros, que sentados se reían y burlaban de ellos. Cada bando solía sentarse en un sitio distinto, arropado en torno a sus machos, que eran los mas fuertes y bravucones. Los líderes de la manada, casi siempre, se hallaban de pie haciendo aspavientos y gestos amenazantes a los machos de otros bandos, a los que les recordaban sus victorias en la brega o proferían desafíos.
El sol del mediodía iluminaba la Bombonera, el Gran Tagoror que se extendía cerca del barranco, por donde iban subiendo una hilera de gentes de todo tipo y de todos los lugares de las islas. Sus ropajes delataban su origen y condición social. Los nobles barbudos iban entrando en el recinto, mientras los plebeyos trasquilados merodeaban por los alrededores. Estaban adornados con plumas y collares y llevaban las caras pintadas. Las bellas muchachas parecían revolotear de un lado para otro, chismorreando al ver pasar a los hieráticos achimenceyes.
Algunos jóvenes príncipes y valerosos guerreros arrastraban tras de sí legendarias historias, en las que el arrojo, valor y honor era sus principales ingredientes. Muchos los seguían con sus miradas, en un gesto de admiración. Otros, en cambio, que por su fama en el combate y mayor edad, a medida que caminaban hasta la tribuna, fulminaban con sus miradas al gentío que se precipitaban a agachar la cabeza. El cotilleo perseguía a los siempre enamorados Gara y Jonay o a la bella Tenesoya acompañada por su francesísimo marido. El caso de la desafortunada y triste Iballa era distinto. La burla y la envidia daba paso a la pena y el desconsuelo.
Entre los príncipes y delegados de las distintas islas destacaba Tiguiza, primo de Zonzamas, antiguo rey de Titerogay, por su altivez y elegancia. Decían de él, en cambio, que no era digno de las cualidades de un noble. Algunos rumores hablaban de su afición a los juegos de azar, su vida ociosa y de ciertos escarceos amorosos con mujeres vulgares que no buscaban otra cosa que la fama.Como era de costumbre, pasada algunas horas se oían el sonar sordo de las caracolas que anunciaban la llegada del séquito real. Desde lejos se divisaba como ascendía por el graderío un bosque de varas, lanzas y pendones hasta la Tribuna. Ya en ella se podía ver al Gran Mencey sentado en su trono, con los pies apoyado sobre un pequeño y coqueto taburete, dado la cortedad de sus miembros inferiores, los cuales no alcanzaban a llegar al lejano suelo

Extraño





Extraño tus silencios
cuando pienso en ti,
mujer sin rostro,
de palabras acariciadas por tus dedos
que acarician tus labios
de sonrisa inexistente

Te presiento cerca,
como un halo de esperanza,
como un gesto de cariño,
suspiros de madrugadas,
como hojas secas,
de árbol noble,
que sienten mis pisadas.

Me muero dentro
buscando tus pensamientos,
tus deseos,
tus anhelos,
tus miedos

Creo verte en todo lo que miro,
en mi mano
y en mis letras,
en la mirada perdida,
en esta noche ciega.

Esperando tus palabras,
en soledad
sin que la suerte llegué.

sábado, 13 de junio de 2009

Tras la sonrisa (II)

El gentío se agolpaba junto al edificio acristalado, mirando hacia lo alto, como tratando de adivinar en las entrañas de qué barco se iban a aventurar a realizar su sueño, que los más pesimistas sospechaban que sería una pesadilla. De todo aquello iba surgiendo una gran manada desorientada, que más allá se iba peinando en ordenadas filas, a medida que las preguntas encontraban las respuestas correctas, enfilándose hacia los mostradores del fondo, donde iban desapareciendo las mascotas como por arte de magia. Llegados a ese punto, los cruceristas se relajaban y con risas nerviosas comentaban lo grande que era el barco, hasta que le indicaban que el verdadero quedaba tras el edificio, por donde apenas se asomaba una tímida chimenea. Las quejas se multiplicaban, sintiéndose éstos engañados y defraudados. Pronto el desánimo se olvidaba cuando los viajeros mas expertos explicaban las ventajas de un barco mas pequeño: Desde luego resultaría más familiar y convivirían menos idiomas entre la tripulación y el pasaje.

Tras las primeras preocupaciones, que parecían que iban a ser las últimas, fueron apareciendo miles de móviles y cámaras fotográficas de todos los tipos y tamaños, con los que los argonautas retransmitían las últimas jugadas, antes de quedar sin cobertura, y los fotógrafos se empeñaban en inmortalizar tal trascendental acontecimiento. Poco a poco, y tras un periplo por escaleras, rampas y escalas, el Gran enano iba engulliendo a hombres, mujeres y niños, como si del mismísimo Crono se tratara, devorando a sus hijos.

Los gritos de advertencia y de enfado de los mayores hacia los más pequeños, que insistían en perderse escaleras arriba, eran acompañados, en ocasiones, de un buen coscorrón o nalgada terapéutica. La sensación de peligro siempre estaba latente. Pocos conocían lo que se avecinaba y no terminaban de creerse lo que otros le habían contado meses atrás.

De todos los niños Gonzalo era el peor. Gonzalo no podía ser otro que Gonzalo, era inconfundible. A sus sesenta y cuatro años, seguía viendo la vida de la misma manera que a sus cincuenta y seis, cuando se separó por cuarta vez. Sus ocho hijos, de sus cuatro matrimonios y sus otras tantas relaciones sin bendición religiosa ni civil, eran como padres y madres que habían renunciado a que se reformara, aunque solo fuese un poco. Como todos los niños, gozaba de una extraordinaria vitalidad, que la derrochaba en continuas travesuras. Osado y divertido, siempre se hacía rodear de un pequeño cortejo de golfos, como él, pero a diferencia de Gonzalo no tenían luz propia. Él mismo se reía de su infancia, recordando como el viejo cura de la aldea se lamentaba de la desaparición de la Inquisición, cuando hacía una de las suyas. Era un perfecto charlatán. Las tertulias se convertían, con frecuencia, en monólogos, en las que el micrófono tomaba la forma de un vaso de güisqui y el escenario forma de barra de un pub o bar cualquiera, de cualquier sitio y a cualquier hora. De nada sirvió los buenos consejos que advertían al pecador sobre el infierno, la mala vida que le esperaba y lo desgraciado que iba a ser. A él le gustaba decir que le encantaba el calorcito del infierno, donde estaban las malas mujeres, y que esperaba ser más desgraciado de lo que había sido hasta ahora. Este Baco de Navarra, predicaba su religión en todos lados, donde era seguido con gran devoción, por una legión de verdaderos apóstoles. La mala vida lo llevó, cuando era joven, a las costas mediterráneas, en pleno boom turístico, donde se hizo con un desgraciado imperio de apartamentos y restaurantes, que compraba y vendía entre copa y copa. Su familia, gente de bien, no dejaba de avergonzarse, sobre todo en las fiestas del pueblo, que es cuando aparecía con su carrusel de apóstoles y extranjeras, convirtiéndose en más protagonista que el propio santo patrón de la aldea, transformada en pequeña ciudad industrial. Quien peor lo pasaba eran sus antiguas novias, encerradas en sus casas por sus maridos, conocedores de las golferías de Gonzalo.

Andamana, la reina mala (III)

-Es cierto, no son buenas noticias –afirmó ahora con mayor dignidad y formalidad– Los maestros se han vuelto a levantar en cuatro faycanatos y diez bandos.
-¡Maldita maná de cabras! –Exclamó Andamana- ¿Y qué quieren ahora? –volvió a preguntar.
-Quieren… quieren los mismos derechos que los sigoñes –respondió el secretario, ahora expectante -¡Jajajajaa..! -rompió a reir como una loca, mientras se inclinaba para apoyarse en la mesa con sus manos -¿Pero quienes se han creido que son esos inútiles? –preguntó, apretando los dientes y arrugando los ojos de su inexpresiva cara –los achimenceyes y sigoñes no podemos trabajar está mal visto. ¿Es que pretenden ir contra nuestras costumbres y normas sagradas?!
-Han exigido poder dejarse el pelo largo –aclaró el secretario mientras Andamana seguía maldiciendo –¡De eso nada!¡Son achicaxnas! ¡Ya les he ofrecido dejarse un dedo más por cada seis años de trabajo!

El secretario, inmóvil, miraba de reojo a la guayresa, que se paseaba alocadamente a lo largo de la habitación. Parecía que estuviese haciendo un gran y doloroso esfuerzo para dar a luz palabras mayores.
-Señora, el Gran Mencey ha convocado el Tagoror, quiere verla urgentemente –dijo apresuradamente, hasta que finalmente se sintió aliviado, secándose unas gotas de sudor de la frente.
Andamana volvió a estallar convocando a los malos espíritus y maldiciendo una y otra vez al mismísimo mencey - ¡Gran enano de mierda! –Ante el estupor del secretario.

La mala y difícil relación entre el Gran Mencey y su supuesta hija era conocida por todos. Había pasado muchos años desde “aquello” y las heridas no se habían curado y menos las cicatrices que se escondían tras el antifaz de Andamana.

Ella sabía que su supuesto padre la detestaba. No soportaba verla. Veía en el rostro de su hija el recuerdo tortuoso que lo hacía sentir culpable. No era de extrañar que la hubiese desterrado a un lugar tan apartado e inaccesible, como el Valle de Argodoy. No era el odio sino la vergüenza, la duda y el orgullo lo que le separaba de su posible hija a la que abrazaba en su imaginación suplicandole perdón.

Ella lo despreciaba, pero no era la fuerza del odio, el resentimiento lo que le empujaba a ridiculizarlo y ponerlo en evidencia ante los demás. Despreciaba su pereza y su torpeza y su estatura e inteligencia no era mayor a la de Imbécil. No había tampoco en ella ningún sentimiento de venganza, era una fuerza mayor la que la hacía sonreir, mientras se acariciaba su cara de piel de cerdo: Era su ambición.

Sabía que ahora tendría que dar explicaciones y soluciones, que no poseía, ante aquel Gran enano. Su orgullo le quemaba más que el fuego en la cara. El inútil de su supuesto padre era más inútil que aquella mana de cabras que reclamaban tener el pelo mas largo.

Finalmente, y a modo de conclusión, inspiró profundamente y, pensando en el Gran enano, exclamó -¡Imbecil! –de repente, y ante el asombro de los dos, se abrió la puerta y una cabeza blanquiroja preguntó - ¿Sí, señora…? ( CONTINUARÁ )

viernes, 12 de junio de 2009

Tras la sonrisa (I)

La ciudad dormida despertaba perezosamente, encandilada por los primeros rayos del amanecer, que se reflejaban en el puerto. Los grandes edificios parecían estirarse, alargando sus sombras sobre los demás, como si tropezaran unos con otros. Un trueno ensordecedor inundó todo el espacio. El reactor, cada vez más diminuto, terminó por desaparecer, perforando las altas nubes, que parecían cansadas para proseguir el viaje. Algunos coches, deambulaban perdidos en medio de la resaca. Los de color negro parecían más activos, recogiendo a las diminutas personas que se movían torpemente sobre las aceras, intentando sortear las mesas y sillas de las terrazas que estaban esparcidas por ellas. Las calles sudaban, empapadas por las cubas de la limpieza, en medio de un ambiente cargado de humedad cuando ya el calor empezaba a apretar. Las motos parecían avispas incordiando con su molesto zumbido que revoloteaban alrededor de las glorietas y rotondas. El gran hormiguero se resistía a ponerse en píe ese domingo de verano.

El taconeo nervioso y apresurado invitaba a trasnochadores y madrugadores curiosos de las alturas a seguir su rastro. Las dos jóvenes uniformadas, con pantalones piratas y camisetas blancas, arrastraban grandes maletas, como si fueran sus mascotas. De repente una de ellas, moviendo sus manos, gritó insistentemente hasta que el taxi paró. El fornido taxista metió rápidamente las mascotas en el maletero como si hubiese ensayado la escena cien veces. Tres golpes secos de las puertas precedieron a la carrera vertiginosa ramblas abajo. Como si de una carrera se tratase otros coches negros se iban sumando saliendo de otras calles en dirección al puerto. La procesión iba haciéndose más larga, a medida que se acercaban a la dársena exterior. Las grandes grúas, que se inclinaban respetuosamente a su paso, dejaban ver entre sus huesos los grandes barcos del fondo. A medida que el cortejo se acercaban, los barcos parecían que crecían sobresaliendo por encima de los edificios del alrededor. Al enfilar el largo muelle, la comitiva pasaba revista a los engalanados protagonistas, que parecían mirar de reojo a la minúscula hilera de taxis que iban aterrizando en la parada para dejar los pasajeros con sus mascotas.

El gentío se agolpaba junto al edificio acristalado, mirando hacia lo alto, como tratando de adivinar en las entrañas de qué barco se iban a aventurar a realizar su sueño, que los más pesimistas sospechaban que sería una pesadilla. De todo aquello iba surgiendo una gran manada desorientada que más allá se iba peinando en ordenadas filas a medida que las preguntas encontraban las respuestas correctas enfilándose hacia los mostradores del fondo donde iban desapareciendo las mascotas como por arte de magia. Llegados a ese punto, los cruceristas se relajaban y con risas nerviosas comentaban lo grande que era el barco, hasta que le indicaban que el verdadero quedaba tras el edificio, por donde apenas se asomaba una tímida chimenea. Las quejas se multiplicaban, sintiéndose éstos engañados y defraudados. Pronto el desánimo se olvidaba cuando los viajeros mas expertos explicaban las ventajas de un barco mas pequeño: Desde luego resultaría más familiar y convivirían menos idiomas entre la tripulación y el pasaje.

Tras las primeras preocupaciones, que parecían que iban a ser las últimas, fueron apareciendo miles de móviles y cámaras fotográficas de todos los tipos y tamaños con los que los argonautas retransmitían las últimas jugadas antes de quedar sin cobertura y los fotógrafos se empeñaban en inmortalizar tal trascendental acontecimiento. Poco a poco, y tras un periplo por escaleras, rampas y escalas, el Gran enano iba engulliendo a hombres, mujeres y niños, como si del mismísimo Crono se tratara, devorando a sus hijos.

Los gritos de advertencia y de enfado de los mayores hacia los más pequeños, que insistían en perderse escaleras arriba, eran acompañados, en ocasiones, de un buen coscorrón o nalgada terapéutica. La sensación de peligro siempre estaba latente. Pocos conocían lo que se avecinaba y no terminaban de creerse lo que otros le habían contado meses atrás.

Andamana , la reina mala (II)

Ya no parecía ni fría, ni negra, ni dura, ni inmóvil. Sus gritos quebraron la noche, cuando ya aclaraba el día. Su larga cabellera rizada se agitaba, desordenadamente escondiendo un rostro tapado por las sombras, que iban desapareciendo. Sus manos, donde las venas se confundían con arrugas, coincidieron en la cara al encenderse la luz.
-¿Qué ocurre Señora?
¡Apaga la luz imbécil! –Respondió airadamente, mientras su cuerpo se retorcía, entre el asco y la furia.
Imbécil, era un ser rechoncho y bajito, con los ojos fuera de sus órbitas. El rojiblanco de su piel y sus canas caracterizaban la parte visible de su cuerpo, que sobresalía más allá de su cuello encorbatado. Posiblemente, ya no recordaba su nombre, simplemente era Imbécil. A sus sesenta y tantos años se apresuraba, cojeando, en llegar hasta la puerta. Tras cerrarla se oyó un suspiro. Al fin y al cabo había corrido mejor suerte que la anciana araña.
La mirada volvió a su sitio natural, reclamada por un lejano sonido. El claxon de la guagua, que iba contando las vueltas de la polvorienta carretera, que se precipitaba montaña a bajo. Las montañas ya sacaban sus colores, y la estela de polvo, como si de un meteorito se tratara, delataba a Ramón, el joven chofer y antiguo corredor de la escudería de Telde. Disfrutaba, deslizándose ladera abajo, como si estuviese haciendo surf. Sin embargo, el resto del pueblo soñaba con la tan anhelada nueva carretera. En menos de media hora se llegaría hasta La Candelaria ,y de ahí a Añaza solo quedaba un suspiro.
Aún, quedaría media hora para que la escandalosa guagua dejara de balar y de levantar polvo. Para cuando eso, ya el peine de púas y otros instrumentos habría desistido de arreglar aquella cabellera. Su larga bata había desaparecido; en su lugar: collares, un jersey negro y unas botas negras largas, que aprisionaban los pantalones estrechos, sujetados en la cintura por un gran cinturón. La atenta mirada del pastor parecía admirar aquella figura. Parecía una princesa, de hecho lo era y, además, era Guayresa, Consejera del Gran Tinerfe, Mencey de Canarias. El viejo pastor lamentaba, tras su admiración el trágico accidente, mientras la Guayresa Andamana se cubría su rostro con su antifaz de piel de cerdo.
El olor a café ya inundaba el despacho, cuando se oyó dos pausados golpes secos sobre la puerta ,como si el primero anunciase al segundo y el segundo a Imbécil.
-¡Pasa! –dijo Andama con una voz entre seca y amenazante.
-El secretario está aquí -dijo la cabeza rojiblanca pegada al extremo de la puerta entreabierta.
- Buenos días -dijo el secretario que mediaba los cuarenta años, apareciendo por detrás de Imbécil, mientras se ajustaba la corbata con una mano y agarraba el maletín con la otra.
- Humm -Fue la respuesta.
- ¿Qué me cuentas? –preguntó Andamana, sin hacer caso a los torpes comentarios aduladores del secretario que quería aparentar seguridad.
- Buenoo..-Titubeó -¿Bueno? –repitió interrogando Andamana para preguntar después- ¿Parece que quieres decir malo?
A medida que el secretario perdía la seguridad y ganaba nerviosismo, se afanaba en apretarse la corbata, ahora con las dos manos, como si quisiera ahogarse más de lo que estaba.
( CONTINUARÁ )

martes, 9 de junio de 2009

"Smara"


Flor del desierto,
sonrisa de arena
grabada al rojo vivo
en mi alma.

Eres todos mis horizontes
que contemplo desde la orilla,
sintiendo tus latidos
en mi sangre.

Viajeros,
recorrimos la soledad,
de mares secos
bañados en polvo,
buscando caminos sedientos
te encontramos,
en una mañana perdida,
cuando el amor llena el pecho
hasta dolerte,
cuando una madre grita
hasta parirte,
cuando una lágrima cae
y despiertas.

Echaste raíces
en mi corazón
levaste ancla
para partir,
navegando
entre dunas,
dejando huellas
para seguirte.

Tus pétalos púrpuras
es mi bandera,
tu felicidad
Mi patria.

Eres el calor sereno
que me abraza,
el tormento
que me da vida
y me mata.

Eres todo.
Eres única.
Eres flor
en mi alma.

domingo, 7 de junio de 2009

Andamana , la reina mala (I)

Cuando las noches enviudan son mas largas. Quizás, pierden el sentido del tiempo recordando la Luna, que con su velo blanco cubre el valle dormido. Las horas pasan lentamente, posiblemente sean las mismas, que dan vueltas y vueltas, sin querer despertar del sueño mágico. Ese sueño dormido que siempre tiene una leve sonrisa sobre la cara amable de la Luna. Pero a veces, la noche cerrada frunce su ceño y aprieta el puño golpeando las montañas. Retumba el valle aterrado, entre histéricos truenos y relámpagos, que dejan ver siniestras siluetas. Es en ese instante cuando salen los extraños animales de la noche, que se ocultan durante el día. También, es cuando sale lo peor de nosotros mismos: nuestros miedos, nuestros deseos… gritan, desesperados, queriendo respirar insistentemente el aire de la noche oscura. Sin embargo, algo esta atado a nosotros mismo, mil cadenas lo rodean asfixiantemente y en cada imperceptible movimiento, cada mínimo respiro nuestros ojos se encienden gritando a nuestro cuerpo que se sacude e incorpora violentamente bañado en sudor: son nuestros secretos.

Entre las almas vagabundas, algunas se confunde con los pastores del amanecer, que con sus mantas bordadas o pieles de cabras, delatados por el humo de sus cachimbas, siempre esperan escondidos, entre montañas la llegada de Acorán, en forma de Magec. Un largo, suave, respetuoso silbido precede el despertar y en majestad, rodeado por sus cegadores rayos naranjas, rojos y amarillos, trepa sobre las montañas.

Lejos, pero muy cerca, se alza la Fortaleza, entre abismos anunciadores de antiguos suicidios, que fueron casi siempre asesinatos. Tras la ventana, como una gárgola desafiando los abismos, surge su mirada, que parece intentar rescatar a los inocentes. Su fría figura, negra como la noche, dura como el basalto, inmóvil como la muerte, permanece inalterable sin querer soñar, como si sospechara que inevitablemente perdería algo, quizás todo, si no estuviese alerta. Siguiendo el tic tac del viejo reloj, sus pensamientos se cruzan, como si estuviese tejiendo los hilos de una tela de araña.
-¿Una araña…? ¡Una araña!
El terrible golpe acabó, fulminantemente, con la vida de aquel anciano insecto, que se tambaleaba por las esquinas del palacio. Maldecidos, siempre, los insectos y lagartijas que salían de la tierra eran tan odiados como temidos. Al fin y al cabo, no dejaba de ser una de las tantas formas en la que aparecía Guayota.

Ya no parecía ni fría, ni negra, ni dura, ni inmóvil. Sus gritos quebraron la noche, cuando ya aclaraba el día. Su larga cabellera rizada se agitaba, desordenadamente escondiendo un rostro tapado por las sombras, que iban desapareciendo. Sus manos, donde las venas se confundían con arrugas, coincidieron en la cara al encenderse la luz.
-¿Qué ocurre Señora?
-¡Apaga la luz imbécil! –Respondió airadamente, mientras su cuerpo se retorcía, entre el asco y la furia.
Imbécil, era un ser rechoncho y bajito, con los ojos fuera de sus órbitas. El rojiblanco de su piel y sus canas caracterizaban la parte visible de su cuerpo, que sobresalía más allá de su cuello encorbatado. Posiblemente, ya no recordaba su nombre, simplemente era Imbécil. A sus sesenta y tantos años se apresuraba, cojeando, en llegar hasta la puerta. Tras cerrarla se oyó un suspiro. Al fin y al cabo había corrido mejor suerte que la anciana araña. ( CONTINUARÁ )

El bulto (I)

Cuando me di cuenta que tenía los ojos abiertos, aún tardé en comprender que miraba. El azul borroso parecía un cielo extraño, lleno de zonas oscuras, como si fueran humedades. No había estrellas ni nubarrones y, pronto, empecé a observar como la luz, cada vez más intensa, descubría aquellas esquinas. No me resultaba un ambiente familiar, o al menos no lo recordaba con claridad. Mis pensamientos eran torpes, como mi seca boca entreabierta; las ideas se sucedían lentamente como gotas que caen del deshielo. Mis ojos inauguraron los primeros movimientos, para hacer descender la mirada, siguiendo la esquina de aquella pared hasta descubrirlo. Allí estaba, inspeccionándome, con esos ojos profundos, casi desafiantes, e inmóvil. Su gorra estrellada y su barba revolucionaria me recordó su acento argentino y casi podía olfatear el humo de su cohiba. Su presencia abarcaba toda la pared desnuda, que parecía ser sostenida por un viejo ropero, que ocupaba la pared vecina. La penumbra se resistía a luz, que entraba a hurtadillas, entre las cortinas ondeantes de aquel ventanal. Como la marea en pleamar, sus continuos vaivenes anunciaban una pronta victoria. Perdiendo el equilibrio, al deslizarse las pupilas hasta los extremos de los ojos, como intentando salir de sus contornos, mi cabeza se ladeó, volcándose con ella todo lo que había en su interior. Pareciese que mil pequeños trocitos de cristales rotos, mezclados con chatarra y arena, se precipitaban en una estruendosa avalancha, que me provocó un ensordecedor dolor de cabeza. Los párpados se cerraban fuertemente como queriendo asirse para no caer. Un pequeño suspiro hizo exhalar un vaho ácido, del que se desprendía un fuerte olor a alcohol, que salía levemente de la boca, aún entreabierta, a modo de enérgica protesta por el trato inhumano de toda aquella tortura. No sé cuánto tiempo pasó hasta que pude volver a pensar, quizás el tiempo suficiente para que mis manos reaccionaran tímidamente, arrastrando con ellas mis brazos hasta el extremo de la cama. Allí se unieron para intentar erguir el pesado cuerpo en un esfuerzo inútil. Mi cabeza apenas se despegó unos centímetros para volver a caer violentamente sobre el catre, seguida de ahogados lamentos. Una sensación de fatiga y náusea recorrió mi cuerpo, empapado en sudor. Torpemente, intenté deshacerme de una mezcla de sábanas, mantas y piezas de ropas varias que me enredaban. Pies y manos se aprestaban, sin grandes éxitos, a liberarme. La batalla fue extenuante y solo el sudor frío y los suspiros entrecortados me aliviaban. De repente, algo me llamó la atención y mi mirada se dirigió a aquella luz estridente que había sobre la mesilla de noche: las 9:00, marcaba el reloj digital. ¿Pero de qué día? ¿De qué mes? Eran preguntas sin importancia con respecto a otras que tendría que hacerme, por ejemplo ¿qué hacía allí?,¿dónde coño estaba? No dejaba de mirar todo aquello buscando respuestas, pero era inútil, sólo encontraba más y más preguntas. Sin esperármelo, al girar la cabeza, al otro lado, encontré una nueva pregunta forrada en la gruesa manta en aquel extremo de la cama. ¿Quién sería ese bulto? No entendía ni recordaba nada. Mi memoria estaba agotada y cualquier esfuerzo solo me remitía a vagos recuerdos de luces y sombras, música bailona y un decorado de rostros desfigurados por el vértigo, el ruido ensordecedor y el martilleo de los vasos que naufragaban en la tempestad de alcohol. Cuando por fin mi cuerpo desnudo se incorporó en el extremo de la cama observé que el suelo estaba helado sin sentirlo. Mis pies parecían prestados, solo me informaba de la baja temperatura, sin permitirme que yo mismo lo experimentara. Más allá, esparramada sobre una silla, una coqueta bata de algodón saltó sobre mí, arropándome. A medida que caminaba, mis pies se iban calzando de diversas zapatillas que se encontraba por el camino. La habitación empezó a ladearse, como si estuviese en un velero. Extenuado me dirigía a la puerta de la habitación a medida que el peso de mi cabeza parecía pretender aplastarme, cerraba los ojos fuertemente sustituyéndolos por mis manos que, a modo de antenas, intentaban guiarme hasta la puerta, mientras chocaban contra las paredes. Por fin llegué hasta ella, abriéndola con cuidado, para no despertar a aquel bulto que quedaba inmóvil en la cama. Al salir al exterior me encontré con un largo y oscuro pasillo, que se perdía hasta el fondo. Del otro lado salía uno más corto hasta alguna habitación, en medio de un patio acristalado. Sin casi estudiar la situación, mis piernas empezaron a arrastrarse por aquel corredor, la sensación de náusea iba y venía como un oleaje y las arcadas prometían inundar todo aquello.

TARDES

El mar en calma sin color
brilla levemente
sediento de sal.

Rocas pensativas
recordando el oleaje,
su espuma.

Gaviotas sin alas
que se masturban
queriendo soñar.

Arenas sin huellas,
sin historias
sin estrella de mar.


Dulces sueños, sin sueños,
de serpientes
mordidas.

Alma vendida,
Comprada,
paz.

Piel gris
curtida al sol
de fuegos apagados
(cenizas).

Baja la marea
sobre un cielo
sin Luna.

Vuelven los cangrejos,
sin querer,
de sus escondrijos.

Late el corazón muerto
de sangre
envenenada.

TE BUSCABA

Te buscaba.
Busqué en el templo vacío
y no estabas,
entre las sábanas frías
y te habías ido.

Busqué entre los sueños
y me los habías robado;
fuí hasta el mar
y me habías ahogado.

Tampoco te encontré
porque no te buscaba
en las altas montañas,
en las montañas nevadas,
donde están los corazones de hielo,
las lágrimas congeladas.

Grité
en el vacío
sin tener palabras,
lloré
y llovieron ranas.
Príncipes azules como yo
entre dragones sin damas.

Bebí
de los arroyos
que tú lloraste
y ví tu imagen
sin mirate.

Frío,
errante
volví a caminar
sobre tus pasos
para llegar
a ninguna parte.

Perdido,
miré en tus horizontes
donde las olas contaban
tristes canciones.

Lejos
te olvidé,
y si te buscaba
ya no recuerdo
el porqué.

Me matas

Acaricio tu piel con mis dedos,
mis labios,
constantemente,
sintiendo tu perfume
envenenado,
en lo más profundo.

Siempre juntos,
Besándonos
en las noches solas,
y en los tristes amaneceres
sin hablar
sin mirarnos

Como un rastro, te mueves
girando en el aire,
entre finos hilos,
dentro de mí,
robándome.


Tus cadenas,
oxidadas
de tanto tiempo,
de tantos años
secuestrándome,
me van asfixiando,
te voy detestando.

Tu egoísmo
asesino,
me va mordiendo,
me va matando
en silencio
engañando.

Te maldigo y te escupo,
te rompo
con saña,
pero vuelves riéndote,
encendido
envenenado.

Tus cenizas son las mías
que van cayendo
enterradas
en el cenicero
mortal.