viernes, 23 de marzo de 2012

Cuando cerré los ojos




Cuando cerré los ojos
dejé de oír sus gritos ahogados,
los que encogen el alma
 cuando el miedo revienta
cuando el dolor se desangra.

Primero la zarandearon y la insultaron
luego violaron a mi hermana,
la tuya,
la que siempre paga.

Destrozaron la vieja tele
 y sus cristales cayeron como lágrimas,
 cayeron las cortinas rojas sobre el suelo
y el suelo se llenó de golpes y de sangre.

El aire se tiñó de lamentos,
el amor de odio
el refugio en tumba
el grito en llanto.

Cuando cerré los ojos
las huellas se borraron.
El viento sobre la arena,
La piel quemada,
los tambores de guerra
la tierra mutilada.

Cuando cerré los ojos
hundieron sus uñas en el mar
de sangre negra,
de peces de plástico,
de gaviotas sin plumas,
de piel acerada.

Y sus carnes podridas de oro,
fueron devoradas
por rostros buenos,
por rostros malos,
los que salen en la tele,
los que siempre salen
cuando cerramos los ojos,
cuando apagamos los miedos
cuando nos ignoramos.

miércoles, 14 de marzo de 2012

El vecino de abajo



    Sus pasos acariciaban una alfombra de mentiras, rompiendo las hojas secas del otoño cuando el aire se manchaba de frío. Esa mañana, cerca de Gloucester Road, donde se levantaba su imponente casa victoriana, sus labios perfilaron esa sonrisa que acoge a los seres que parecen flotar en la autosuficiencia: una vida confortable sin sobresaltos, como una zona ajardinada que aseguraba su tranquilidad; una familia perfecta y ordenada en torno a una moral recta y a unos principios sólidos. Su bienestar descansaba en el bien común, en la ayuda al prójimo, y todo aquello que te permite dormir sin  quebrantar tu conciencia. Ya en su casa, tras acariciar a su viejo West Highland White Terrier, que corría a recibirlo, dejaba el abrigo en el perchero de la entrada  y se ponía cómodo. En el salón encontraba a su mujer tomando el té  y sus hijos bajaban a saludarlo para luego seguir con sus quehaceres. Tras excusarse, iba a la cocina donde preparaba rápidamente una especie de sopa muy líquida, casi sin color en la que flotaba, de forma anecdótica, algunos fideos. Al llegar a la puerta camuflada bajo la escalera, la abría y descendía a un  sótano oscuro con paredes de ladrillos mugrientos y húmedos. En ese espacio en el que se respiraba un aire fétido y denso se divisaba una cama en la que yacía alguien. Era un ser grande y fuerte, un hombre negro con el cuerpo cubierto por una sábana sucia y  ensangrentada  hasta el pecho. Al presentir su llegada, habría sus grandes ojos enrojecidos y sombreados por grandes ojeras y trataba de mostrar su gratitud con una forzada sonrisa. Su benefactor lo ayudaba a incorporarse un poco y le daba de comer. Tras terminar, el hombre grande y negro suspiraba, como si temiese algo. Entonces el hombre blanco al retirarle la sábana podía ver como el cuerpo medio podrido tenía parte de sus órganos al descubierto,  lo miraba a los ojos percatándose de su respiración agitada antes de agacharse, y agarrándolo con fuerza mordisqueaba sus intestino, el hígado, los riñones… mientras el hombre negro intentaba contenerse sin poder evitar retorcerse de dolor. Como si estuviera fuera de sí, el hombre blanco, insaciable, revolvía sus tripas y con las manos manchadas extraía jirones de carne de su pecho, algunas costillas,  petróleo, cacao, caucho, diamantes, marfil, esclavos, piedras preciosas…  

lunes, 12 de marzo de 2012


Las mareas

En las mareas,
donde anidan el tiempo perdido,
la cobardía de vivir
se va deshaciendo
lejos de la maleta
que persigue la mirada
cuando los pasos mueren
sobre una alfombra de mentiras.

En las mareas
perdemos los recuerdos
viajando
por los mares de espinas
dejando un reguero de huellas sin pisadas
que juran el retorno sin lamento
cuando las madres reposan en la ausencia
 y sus hijos anidan en sus tumbas.

En las mareas
los años deambulan mendigando
horizontes nuevos que conquistar
en un mar prestado  sin caricias
de sombras indoloras donde hundir las raíces
ahogándonos en la podredumbre
cuando sabemos que todo está perdido
pero incapaces de dejar el juego.

La sal de tu ausencia

Alguna veces, cuando los días nos dejan solos huelo la sal de tu ausencia y presiento el murmullo de tus secretos que se petrifica...